Volvió de Japón con un regalo que no esperaba: lo que le dijo un desconocido tras cantar en Kawamata
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Volvió de Japón con un regalo que no esperaba: lo que le dijo un desconocido tras cantar en Kawamata

Jésica Rubino viajó 18.000 kilómetros para cantar en el festival de Kawamata, el "Cosquín japonés". Entre origami, reverencias y 500 chicos entonando "El Humahuaqueño", una frase de un desconocido la dejó sin palabras.

Jésica Rubino cruzó el planeta para cantar en el festival de Kawamata, el "Cosquín japonés", y volvió con algo que no entra en la valija: la certeza de que el folclore argentino late a 18.000 kilómetros de casa.

En Kawamata, una localidad japonesa, hace medio siglo se celebra un festival dedicado a la música y la cultura argentina. Los vecinos no solo escuchan: aprenden instrumentos, cosen sus trajes típicos, estudian las danzas y se suben al escenario.

Jésica fue una de las artistas invitadas de esta edición y, en diálogo con TN, repasó una experiencia que todavía la descoloca.

De Buenos Aires a Kawamata, sin escalas

El primer contacto con Japón llegó en 2025, cuando viajó junto a "The Kyoto Connection", el proyecto en el que canta y toca el violín desde hace dos décadas. "Con ellos tuvimos la posibilidad de viajar porque la gente nos escucha y nos quiso ayudar a cumplir el sueño de conocer Japón", contó.

En ese viaje conoció el festival de Kawamata y se lo guardó. Cuando este año abrieron las inscripciones, se anotó y quedó seleccionada: "Me llamaron para una jornada y terminé haciendo dos".

La dimensión de lo que le esperaba no la tenía clara desde acá: "Desde la Argentina no tenía la dimensión de lo que iba a pasar o el lugar que me dieron, pero una vez allá no tuve respiro".

Apenas aterrizó la llevaron a recorrer el pueblo. Al día siguiente le pidieron que abriera el festival con "El Humahuaqueño" junto a 500 chicos japoneses.

"Fue una locura, mucho más que un sueño. Todo brillaba de colores, alegría y danza. El espíritu japonés sobre nuestra música produce una magia indescriptible", describió.

El asombro fue tal que lo resumió así: "Pedí que me pellizcaran. La invitación me hizo volver a creer en mi sueño de poder cantar. Cantar en Japón a 18.000 kilómetros de distancia fue una puertita que toqué sin poder imaginar la belleza que se me estaba por presentar".

Medio siglo de folclore en Japón

Lo que más la sorprendió fue el vínculo profundo de los habitantes de Kawamata con las tradiciones argentinas. Desde hace 50 años, el festival convoca a cientos de japoneses que quieren aprender a tocar instrumentos, confeccionan sus propias vestimentas típicas y estudian las danzas del folclore.

Uno de los motores de esa tradición es Hiroyuki Saito, director del festival, que desde hace tres décadas enseña a tocar la quena a chicos de las escuelas del pueblo. Gracias a esa iniciativa, las nuevas generaciones crecen en contacto con una cultura que les queda a miles de kilómetros.

Jésica comprobó ese cariño después de cada presentación, cuando la gente se le acercaba a saludarla y agradecerle: "El público japonés es muy generoso, respetuoso y abierto. Si no hablaban español, se me acercaban y hacían una reverencia o me hablaban igual".

Se llevó figuras de origami, tejidos, comida, juguetes y dibujos. Algunos incluso le hicieron regalos para su hija. Entre todos esos gestos, hubo uno que la marcó para siempre: "Alguien me dijo que mi voz le dio paz".

Chacarera traducida al japonés y un cierre en familia

Para acercar su música al público japonés, Jésica preparó una versión especial de "Chacarera de un triste" con dos estrofas traducidas al japonés. No fue sencillo: "Tuve que adaptar la letra, decir lo mismo con otras palabras y en otro orden, porque su forma de expresarse es distinta a la nuestra y los versos me quedaban larguísimos".

Otro momento que recuerda con emoción fue su versión de "La Pomeña". Antes de cantarla, un traductor explicó la historia detrás de la adaptación y proyectaron el videoclip: "Los aplausos después de la presentación fueron emocionantes".

También invitó a Saito al escenario para agradecerle y entregarle un presente que había llevado desde la Argentina. Y compartió el cierre del concierto con su hija Cielo, que subió vestida de paisana: "Me encantó llevar nuestra bandera, lo hice con mucho amor y sentí mucho orgullo por nuestro país".

El patio de casa, del otro lado del mundo

El folclore entró en la vida de Jésica a los siete años, cuando aprendió sus primeros acordes de guitarra en el patio de la casa de un vecino. De ahí en más absorbió el gusto por el canto y el bombo, aunque también estudió música académica y jazz.

Para ella, el folclore tiene un sentido que va más allá de la infancia: "Lo relaciono directamente con mi infancia, pero siento que hay algo más, que tiene que ver con una necesidad de conexión con la pacha, mis ancestros, las personas y las historias de vida".

Esa conexión se volvió evidente en Japón: "De alguna manera, encontrarme con los japoneses amantes de nuestra cultura fue sentir que estábamos en el patio de casa".

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