Una foto la hizo viral: una madre de tres hijos cruzando un arroyo crecido en canoa para no faltar a clases. Lo que hay detrás de esa imagen es una rutina que muy pocos aguantarían, y un dato que lo cambia todo para su futuro.
Pricila Mishel Kirsch tiene 33 años, tres hijos y una meta que no negocia: recibirse de maestra. Vive en una chacra de Comandante Andresito y, cuando las lluvias taparon el puente y el arroyo El Verde se desbordó, no dudó: se subió a una canoa con sus padres para llegar al instituto.
La imagen de esa travesía se viralizó en cuestión de horas. Detrás del posteo hay una rutina que exige más que voluntad: 40 kilómetros diarios, caminos de tierra que se vuelven barro o polvareda, y una moto prestada que no siempre responde.
Una vida entre la chacra y el aula
Mishel vive en Colonia Soberanía, paraje El Verde, a unos 20 kilómetros del casco urbano de Andresito. Allí comparte la casa con su esposo, Luis, y sus hijos Maikol, Eric y David. En una chacra familiar de cuatro hectáreas, combina la crianza de los chicos con las tareas domésticas, el cuidado de los animales, el ordeñe y el trabajo de la tierra.
Además, dos veces por semana hace tareas de limpieza en la Escuela Rural 713, a cambio de los aportes que pueden hacer las familias. En abril de este año empezó el Profesorado de Educación Primaria en el Instituto Superior Sagrada Familia, extensión áulica de Andresito. Era la chance que esperaba desde hacía años: antes, las distancias y las responsabilidades familiares le impedían trasladarse a otra localidad para estudiar.
El obstáculo que no frenó el sueño
Desde entonces, cada día de clases es una pequeña odisea. Para llegar usa una motocicleta que le presta su padre, el único vehículo de la familia. Varias veces sufrió desperfectos mecánicos, pinchaduras o se quedó sin combustible. Hubo un tramo de quince días en el que debió viajar a dedo y caminar largos trayectos para no abandonar.
Pero la situación más complicada llegó con las últimas lluvias, cuando la creciente del arroyo El Verde cubrió el puente e interrumpió el camino hacia Andresito. Justo uno de esos días tenía clases de Ciencias Naturales y Matemática. No quería perderse las explicaciones de sus profesoras, así que les pidió ayuda a sus padres para cruzar el arroyo en canoa, desafiando la corriente.
“Yo no quería faltar porque eran clases específicas. Si perdés la explicación de las profesoras, después te quedás sin entender”, contó Mishel a El Territorio.
Con el empuje de sus padres logró atravesar el arroyo. Del otro lado la esperaba otro sector inundado, que cruzó a pie. Luego recorrió entre siete y ocho kilómetros por el camino rural hasta llegar al asfalto, donde un vecino la acercó hasta Andresito. Llegó tarde, pero llegó. La creciente le impidió volver a su casa ese mismo día: recién pudo reencontrarse con su familia unos días después.
Polvareda, baño improvisado y una rutina exigente
Las dificultades no se limitan a los días de lluvia. En verano, la polvareda que levantan los vehículos en los caminos de tierra la obliga a salir con mucha anticipación para encontrar un lugar donde bañarse y cambiarse antes de entrar al aula.
“Cuando hay mucha polvareda, llegás que sólo los dientes se te ven, llegás marrón, toda sucia. Tengo que venir una hora antes para buscar un lugar donde bañarme y cambiarme”, relató.
Pese a todo, Mishel no reniega de su vida rural. Al contrario: ama la chacra, el silencio y la posibilidad de criar allí a sus hijos. Estudiar no significa para ella abandonar sus raíces, sino construir un futuro con más oportunidades para toda la familia.
“Mis tres hijos son los que me motivan a venir todos los días de la chacra al pueblo. Quiero darles un futuro diferente al mío, que si quieren seguir estudiando, tenga con qué ayudarlos”, expresó.
En ese camino también es clave el acompañamiento de su esposo, sus padres y su hermana Gabriela, que la ayudan con el cuidado de los niños y la alientan a seguir cuando el cansancio o las dificultades parecen ganar terreno.
El sueño de recibirse y la ola de solidaridad
La repercusión de su historia abrió la posibilidad de recibir colaboración para comprar una motocicleta propia. Hoy usa la de sus padres, indispensable para las tareas cotidianas de la chacra: desde transportar productos hasta llevar a los chicos a la escuela. Quienes quieran ayudar pueden hacerlo mediante el alias Mishelkirsch.
A Mishel todavía le quedan tres años de formación. Sabe que el camino no será sencillo, pero está convencida de que cada sacrificio vale la pena.
“Con fe en Dios, tengo la esperanza de que en cuatro años me reciba. Tengo motivos para eso, tengo una meta, un objetivo y no pienso desistir. No está fácil ahora, pero ya vendrán días mejores”, afirmó.
Detrás de la foto que conmovió a tantos hay mucho más que una mujer sobre una canoa. Está la realidad de quienes viven lejos de los centros urbanos, donde acceder a la educación exige superar obstáculos que van mucho más allá del aula. Y está Mishel, una madre que, entre la chacra, sus hijos y los caminos difíciles, eligió no renunciar a su sueño de ser maestra.