Su padre lo mandó a estudiar a Suiza y él soñaba con ser economista. Volvió a Misiones para hacerse cargo de un campo con yerbales que ya no rendían, y ahí encontró su destino: 60 años en la forestoindustria, una intendencia y la construcción de Papel Misionero.
Pedro Scherer nació en Buenos Aires en 1937, pero a los quince días ya estaba en Misiones. Sesenta años después de meterse de lleno en la forestoindustria, el hombre que fue intendente de Esperanza, cónsul suizo y pieza clave en la llegada de grandes papeleras a la provincia hace un balance simple: "Estoy satisfecho por donde me llevó la vida".
Su historia arranca antes que él. Su padre, ingeniero agrónomo, llegó en 1926 junto a otras tres personas en representación de una firma radicada en Zurich. Detrás había un grupo de inversores que puso 500.000 francos para desarrollar una plantación de yerba. De esa apuesta nació Esperanza, la localidad que el propio Scherer gobernaría décadas más tarde.
Las dos oleadas suizas que marcaron Misiones
Scherer repasa las corrientes migratorias helvéticas que poblaron la provincia. La primera, en los años 20, trajo profesionales a distintos puntos, como Santo Pipó. Pero hubo un detalle que pesó: buena parte de los descendientes de esos pioneros fueron mujeres y, en aquella época, era habitual que las hijas se mudaran con sus maridos una vez casadas. Su padre tuvo cuatro hijos; las tres mujeres viven en Suiza. Él fue el único que se quedó.
La segunda oleada llegó a fines de los 30, empujada por la Segunda Guerra Mundial. "Quienes llegaron no eran profesionales sino artesanos o personas que poseían un oficio que era muy difícil de desarrollar acá", recuerda. La pasaron mal: el clima, el desarraigo, un cambio cultural enorme. Suiza ayudaba a los que emigraban, pero con la guerra ese respaldo se cortó. Recién en los 50 todo empezó a normalizarse.
Trece años y medio lejos, y un regreso que dolió
En Misiones no había muchas instituciones educativas. Para hacer el secundario había que viajar a Buenos Aires, así que sus padres optaron por mandarlo a Suiza. Estuvo fuera del país desde los 9 hasta los 23 años y volvió en 1960.
El retorno no fue sencillo. "Yo tenía todos mis amigos allá. Estaba de novio. Me convertí en un inmigrante en mi propio país", confiesa. Quería ser economista. Pero la década del 60 fue también el arranque de la actividad forestal en Misiones.
Las primeras plantaciones familiares datan de 1942 y 1943, cuando nadie hablaba de forestación: su madre amaba los árboles y se plantaron unas hectáreas de araucarias que hoy quedaron en medio de la ciudad. La actividad como tal empezó después.
De Carolina a la mecanización forestal en Canadá
La propiedad se llamaba Carolina y la administraba un holandés experto en té, café y caucho. Su padre, innovador, plantaba café. Cuando el administrador falleció, le pidió a Pedro que se hiciera cargo. No tenía experiencia, pero contó con la gente del sector: casi todos paraguayos, con oficio, muy leales.
Su padre le propuso quedarse un tiempo para ver si le gustaba. Había 120 hectáreas de yerbales viejos que ya producían poco, y allí se plantaron araucarias. Le gustó el trabajo y decidió quedarse. Antes había viajado a Estados Unidos a especializarse en tung, enviado por su padre, que era directivo de Oleaginosa. Después, con el despegue forestal, fue a Canadá, entonces el país más avanzado del rubro, a formarse en mecanización forestal.
La intendencia, Papel Misionero y la llegada de la celulosa
Con el golpe de Onganía lo invitaron a hacerse cargo de la intendencia de Esperanza. Dudó, no sabía si estaba preparado, pero aceptó. El municipio ocupaba el puesto 42 entre los de Misiones; dos años y medio después estaba en el 12. Además regularizaron una superficie enorme: de algo más de 7.000 hectáreas pasaron a más de 62.000, en su mayoría plantaciones y monte. Estuvo en el cargo desde 1969 hasta 1973, cuando cambió el gobierno.
En su último año lo convocaron para integrar el directorio de Papel Misionero, una fábrica que todavía no existía y había que construir. La levantaron sin plata propia, con una gran gestión bancaria y financiera. Después volvió a Carolina y rechazó un segundo llamado: era muy sacrificado y muchas veces ponían dinero de su bolsillo para viajar con promesas de reembolso que no se cumplían. Aunque, admite, años más tarde, cuando la empresa estaba en vías de liquidación, se acordaron de pagarle.
También participó para que la planta de celulosa se instalara en Esperanza. Un conocido con plantaciones en la zona tenía la misión de elegir el lugar y se entusiasmó con Puerto Segundo, una propiedad de Scherer. Ofrecieron 150 dólares la hectárea, cerca del precio de mercado. La familia quería entrar con el valor de la tierra como inversión en la sociedad, pero el estatuto exigía que los socios fueran solo papeleros. No pudieron.
El desembarco fue importante para la ciudad: crecimiento, profesionales radicados, más trabajo. Pero "todo terminó mal", dice. La empresa tuvo créditos, garantías y exención impositiva por diez años. Al décimo año declaró la quiebra y no le pagó a nadie. "En mi caso ni siquiera cumplieron lo que habían firmado", señala. Después se hicieron cargo los chilenos. Para Scherer, con una buena administración, la historia habría sido otra.
Rotary, el consulado y el presente de Pindó
Fue cónsul suizo y gobernador del Distrito Norte del Rotary Club, que abarcaba Misiones, Chaco, Formosa, Corrientes, el norte de Santa Fe y Paraguay. En su momento fue el gobernador más joven del país. También participó de la cooperativa de servicios de Esperanza, donde instalaron el primer servicio telefónico.
Hoy está alejado del día a día de Pindó, la empresa que define como "internacional, pero privada": no una multinacional, sino una firma con contactos en todo el mundo. La manejan sus hijos y él sigue vinculado de alguna manera.
Del joven que soñaba con la economía y terminó siendo forestal, el balance ya está hecho: "Elegí estar acá, fui intendente, cónsul, gobernador del Rotary, participé de los proyectos de Papel Misionero y Alto Paraná. Muchas cosas".