Vio Neuquén crecer desde adentro: el petrolero que trabajó con explosivos y hoy mira Vaca Muerta
Freddy llegó a Neuquén en 1978, cuando la ciudad terminaba en el campo y el petróleo se extraía con explosivos. Cuatro décadas después, mira atrás y cuenta lo que casi nadie vio: cómo cambió todo, desde las herramientas hasta las calles. ¿Qué fue lo que más le costó aceptar?
Alfredo Enrique Hoyos, conocido por todos como Freddy, tiene 67 años y una historia que se confunde con la de Neuquén. Llegó a la capital en 1978, cuando tenía 20, y dos años después ya estaba metido en el mundo del petróleo. En ese entonces se trabajaba con máquinas que usaban agua y los pozos se cargaban con explosivos.
Nacido en Plaza Huincul, Freddy arrancó en Saiten Argentina, pasó por YPF y terminó su carrera en Mediciones Físicas Omega. Durante más de cuatro décadas fue testigo de una transformación que muy pocos pueden contar en primera persona: la de una industria que pasó de herramientas rudimentarias a la sofisticación de Vaca Muerta, y la de una ciudad que dejó de ser un pueblo rodeado de campo para convertirse en una urbe en expansión permanente.
De Salta y Antártida Argentina al aeropuerto: “Era una eternidad”
Cuando Freddy llegó a Neuquén capital, vivía en la zona de las calles Salta y Antártida Argentina. Para él, la distancia entre el centro y el aeropuerto era casi una aventura. “Era una eternidad”, recuerda. El camino estaba rodeado de campo y la ciudad parecía terminar mucho antes de donde hoy se extiende.
Con los años, esa geografía fue desapareciendo bajo calles, casas, barrios y nuevas construcciones. “La ciudad fue creciendo de una forma muy particular”, cuenta. Primero fueron terrenos que la gente ocupaba y que con el tiempo dieron forma a barrios que después se fueron ordenando. A ese crecimiento le siguió la necesidad de llevar infraestructura y servicios, un proceso que vio repetirse una y otra vez.
Por razones laborales pasó largas temporadas en otras ciudades petroleras como Comodoro Rivadavia y Mendoza, pero asegura que siempre mantuvo su raíz en Neuquén. “Cada vez que me iba y volvía la veía más grande”, recuerda. A veces la diferencia estaba en una calle nueva, otras en la apertura de una avenida o en un barrio que aparecía donde antes no había nada.
Del agua y los explosivos a la tecnología de Vaca Muerta
Si hubo un lugar donde Freddy experimentó una transformación profunda fue en la industria petrolera. Cuando empezó, el petróleo era otro mundo. La tecnología, las herramientas y las condiciones de trabajo eran muy diferentes de las actuales. Recuerda especialmente cómo se desarrollaban las tareas vinculadas con la geofísica y la perforación. “Era otra historia”, resume.
En aquellos años se utilizaban máquinas que trabajaban con agua y los pozos podían cargarse con explosivos. Con el tiempo aparecieron nuevas tecnologías y las herramientas fueron cambiando junto con la manera de explorar y trabajar. También cambió algo tan básico como la posibilidad de comunicarse: cuando empezó, estar lejos significaba realmente estar lejos. No existían los teléfonos celulares ni los mensajes instantáneos que hoy permiten saber en segundos qué está ocurriendo en cualquier lugar.
El trabajo petrolero tampoco era sencillo. Pasar tiempo lejos de la familia, afrontar condiciones difíciles y trabajar en lugares de riesgo formaban parte de una actividad que, para Freddy, siempre tuvo una cuota importante de sacrificio. “Es bastante ingrato el trabajo petrolero porque deja de tener muchas cosas que perdés”, explica. Pero no reniega de esos años: reconoce que le permitió desarrollarse laboralmente y le dejó una enorme cantidad de experiencias.
Hoy observa a las nuevas generaciones y encuentra un escenario completamente diferente. “Ya encontraron todo hecho”, dice, aunque aclara que eso no significa que el trabajo haya perdido dificultades. “Cualquier sector petrolero es de alto riesgo”, advierte.
El hobby que lo une más con Neuquén
Desde 1990 forma parte del Club de Planeadores Neuquén, una institución que considera fundamental para la formación aeronáutica. Allí ocupó responsabilidades en la conducción: fue presidente durante dos años y actualmente es tesorero, con mandato hasta abril de 2027.
El club funciona en el aeropuerto neuquino y cuenta con una escuela. Freddy explica que para quienes comienzan una carrera aeronáutica, el planeador constituye una instancia de aprendizaje fundamental para comprender cómo se vuela. Así, el aeropuerto que alguna vez parecía estar perdido al final de una interminable extensión de campo terminó convirtiéndose también en uno de los lugares donde construyó otra parte de su historia.
Su vida permite mirar Neuquén desde distintos lugares: desde los yacimientos, desde las calles que se fueron abriendo, desde los barrios que aparecieron, desde el aeropuerto y también desde las reuniones con aquellos compañeros de trabajo con quienes esta semana compartió un almuerzo para jubilados y los recuerdos de otra época.
Freddy llegó a Neuquén cuando la ciudad todavía tenía grandes espacios de campo alrededor y cuando la industria petrolera funcionaba con herramientas y tecnologías que hoy parecen lejanas. Desde entonces vio pasar empresas, tecnologías, gobiernos, barrios y generaciones de trabajadores. Y mientras la industria cambiaba, Neuquén también lo hacía. A sus 67 años, jubilado y todavía vinculado a una institución que forma parte de la historia aeronáutica neuquina, Freddy asegura que a Neuquén siempre se vuelve.