Vio la película de Spielberg y reconoció a su padre: el día que quiso hablar con una sobreviviente
La mujer que creció creyendo que su padre había muerto en la guerra se topó con él en la pantalla grande y salió del cine destruida. Años después buscó a la joven judía que había trabajado en su casa: lo que le contó sobre el comandante cambió para siempre la forma en que carga su apellido.
Monika Hertwig creció con una versión de su familia que se parecía poco a la realidad. Su madre le había contado que su padre había muerto en la guerra y que el lugar que él dirigía era apenas un campo de trabajo. Todo eso se derrumbó cuando se sentó frente a la pantalla grande.
En 1993, Monika fue al cine a ver La lista de Schindler. En la película, Ralph Fiennes encarnaba a un oficial de las SS que administraba un campo de concentración y decidía quién seguía vivo. Ese hombre era Amon Göth, su padre.
La función la dejó devastada. Con el tiempo admitió que llegó a odiar a Steven Spielberg por haber filmado esa historia. Sabía que su padre había sido ejecutado tras la guerra y conocía algunos de sus crímenes, pero verlo interpretado en la pantalla la obligó a enfrentar una verdad que todavía no podía asumir.
Una madre que contaba otra historia
Amon Göth era un oficial austríaco de las SS. En febrero de 1943 tomó el mando de Plaszow, un campo cercano a Cracovia, en la Polonia ocupada por los nazis. En ese momento funcionaba como campo de trabajo forzado y en 1944 pasó a ser formalmente un campo de concentración. Göth lo dirigió hasta septiembre de ese año.
Allí conoció a Ruth Irene Kalder. No se casaron, pero convivían en una casa próxima al campo. Monika nació en noviembre de 1945, cuando su padre ya estaba detenido. Diez meses después, Göth fue ejecutado en Polonia. Padre e hija nunca se vieron.
La nena se crió escuchando a su madre hablar con cariño de aquel hombre. Ruth le repetía que había muerto en la guerra y, durante años, minimizó sus crímenes.
Las dudas aparecieron alrededor de los 11 años, en medio de una pelea. Ruth le gritó que se parecía a su padre y que algún día iba a terminar como él. Monika no entendió la frase y fue a buscar respuestas a lo de su abuela materna. La mujer le contó que a su padre lo habían ahorcado por matar judíos.
Al principio no lograba distinguir entre las muertes de una guerra y un genocidio. Su abuela intentó explicárselo y el diario de Ana Frank la ayudó a comprender. En su casa, en cambio, las explicaciones de Ruth suavizaban lo que había pasado en Plaszow.
En 2008, en una entrevista con Katrin Heise para la radio alemana Deutschlandfunk Kultur, Monika recordó cómo su madre defendía esa versión: “Ella me decía que era un campo de trabajo, no un campo de exterminio. Allí no había niños, ni ancianos, ni enfermos, era un campo de trabajo. Y cuando cuestionabas eso, porque siempre había contradicciones, una vez mi madre perdió completamente el control. Aunque no solía pegarme, me golpeó hasta dejarme moretones y no paraba de gritar: ‘No era un campo de exterminio, era un campo de trabajo’. Y sí, al final me lo creí”.
Los chicos en el campo: la verdad que no pudo superar
En la película, Göth disparaba contra los prisioneros desde el balcón de su casa y golpeaba a Helen Hirsch, la joven judía obligada a servirlo. La ficción lo mostraba como un sádico impredecible, alguien de quien nadie podía anticipar una reacción.
Pero lo que más perturbó a Monika fue ver a niños en el campo. Ese detalle contradecía la historia que había escuchado toda su vida. “Mi madre juraba una y otra vez que allí no había niños”, contó en la entrevista radial de 2008. Ruth ya no podía responderle: se había quitado la vida en 1983, diez años antes del estreno.
Monika se enojó con Spielberg y se resistía a creer lo que la película mostraba. Hasta que encontró un breve relato escrito por su madre sobre una deportación de niños. El texto no mencionaba Płaszów, pero ella estaba convencida de que se refería a ese campo. Ruth describía a los chicos sentados en un camión, conscientes del destino que les esperaba.
El hallazgo le provocó una crisis nerviosa. Según contó, habló con un médico y de a poco pudo retomar su vida. Aun así, reconoció: “Lo de los niños no lo he superado hasta hoy”.
La mujer que vivió en esa casa
De chica, Monika había oído hablar de Helen Jonas-Rosenzweig, una joven judía que trabajaba en la casa de sus padres. La conocía por los relatos de su madre y, años después, la vio en televisión. Desde entonces quiso encontrarla.
En 2003, una llamada del documentalista James Moll acercó a las dos. El director estadounidense necesitaba el permiso de Monika para usar unas fotografías de Göth. En la conversación, ella le hizo una aclaración que lo llevó a hablar de su vida como hija del comandante nazi: “Yo no soy mi padre”. Le contó que quería escuchar a alguien que hubiera vivido en aquella casa y pudiera describirle cómo eran sus padres. Sobre todo, necesitaba entender a su madre: cómo había podido amar a Göth y convivir con sus crímenes. Moll conocía a Helen y las conectó.
Helen había nacido en Cracovia en 1925. Su familia pasó primero por el gueto del barrio de Podgórze y luego llegó a Plaszow, donde la pusieron a limpiar barracas. Un día, el comandante entró, la señaló y ordenó que la enviaran a trabajar a su casa. Allí compartía una habitación en el sótano con otra prisionera, Helen Hirsch.
“Él tomaba todas las decisiones en Plaszow. Decidía quién vivía y quién moría”, recordó en un testimonio grabado en 1992 y conservado por el Archivo Fortunoff de la Universidad de Yale. Göth las mantenía apartadas del resto de los prisioneros y las llamaba con una campanilla. “Si no aparecía de inmediato, me daba una bofetada tan fuerte que me zumbaban los oídos”, dijo.
También contó que lo había visto salir de madrugada y disparar al azar contra los presos, y luego volver silbando y sonriendo. Recordaba cómo adiestraba a sus perros para atacar a los prisioneros y la obligaba a mirar. “Jamás lo olvidaré. Tampoco la expresión de placer en su cara”.
Oskar Schindler incluyó a Helen y a sus dos hermanas en su lista de trabajadores protegidos. Las tres sobrevivieron. Después de la guerra, Helen declaró contra Göth en el juicio que terminó con su condena a muerte y ejecución. Más tarde emigró a Estados Unidos y formó una familia.
Un encuentro frente al monumento
Cuando Moll le habló a Helen de Monika, su primera reacción fue rechazar cualquier acercamiento: le traía recuerdos dolorosos. Después aceptó seguir conversando y recibió una carta de la hija del comandante. En esa carta, Monika reconocía lo difícil que podía ser el encuentro para las dos y le pedía que lo hicieran por las personas asesinadas. El pedido conmovió a Helen.
Finalmente se vieron en 2004, junto al monumento a las víctimas de Płaszów. Helen fue con su hija Vivian. También visitaron la antigua casa de Göth. Moll registró ese encuentro en Inheritance (Herencia), estrenado en 2006.
El reencuentro no borró las diferencias. En una entrevista con el Museo del Holocausto de Estados Unidos, Helen contó que Monika reconocía que su padre había sido un asesino, pero parecía buscar todavía una forma de defenderlo. Según recordó, le había dicho: “Todos lo hacían”. Helen le respondió: “Pero él era el que daba las órdenes”.
En diciembre de 2008, Helen contó que no habían mantenido el contacto. Sentía compasión por ella, pero su parecido con Göth la devolvía a aquellos años y necesitaba protegerse de esos recuerdos. Aun así, reconocía su valentía para hablar de la historia familiar. Helen siguió contando lo vivido a estudiantes y otras audiencias. En aquella conversación dejó una reflexión sobre los dos hombres que marcaron su vida: Göth había usado su poder para torturar y matar; Schindler, para proteger y salvar. “Todos tenemos una elección en la vida”, dijo.
Helen murió el 20 de diciembre de 2018 en Boca Ratón, Florida, a los 93 años.
El peso del apellido
Después de conocer a Helen, Monika volvió a Polonia con su marido y su nieto David. Recorrieron Cracovia, Płaszów y Auschwitz. Empezó a visitar escuelas para hablar con los chicos sobre el Holocausto. Al referirse a su padre, quería que se escuchara, sobre todo, a quienes lo habían sufrido.
En 2008 cuestionó el título alemán de Inheritance, Der Mördervater (“El padre asesino”), porque sentía que la ponía a ella en el centro. “No soy una víctima”, aclaró. “Para mí, las víctimas siempre estarán en el centro”.
El secreto de la familia Göth alcanzó también a la generación siguiente. Jennifer Teege, hija de Monika y de un hombre nigeriano, creció en una familia adoptiva y descubrió a los 38 años quién era su abuelo. Lo plasmó en un libro cuyo título lo dice todo: “Mi abuelo me habría pegado un tiro”. Pero esa es otra historia.