Villa Obrera juega la final con jugadores que llegan de la obra y se cambian contrarreloj
Deportes · San Juan

Villa Obrera juega la final con jugadores que llegan de la obra y se cambian contrarreloj

En Villa Obrera no hay plata ni comodidades, pero el CAIVO se metió en la final por el ascenso. Los jugadores llegan de la obra, del delivery y de la calle, se calzan los botines contrarreloj y salen a jugarse algo que le cambia el año al barrio. Lo que armaron entre todos en un rincón de la utilería explica buena parte de ese camino.

Son casi las cuatro de la tarde en Chimbas y, mientras buena parte de los sanjuaninos duerme la siesta o vuelve del trabajo, en Villa Obrera recién empieza el movimiento. Las bicicletas y las motos aparecen de a poco, la utilería toma protagonismo con música de fondo y el cuerpo técnico arma la ronda de mates en sillas de plástico. El silbato ya cuelga del cuello de Omar López Abaca. El sábado hay final y el CAIVO se juega el ascenso a Primera.

Después de un año en la B Local, los del club chimbero se preparan para la definición frente a Libertad Juvenil. En la Boutique, con lo que hay y mucho esfuerzo, los futbolistas dejan las bicicletas a un costado, se sacan los uniformes de trabajo y cambian las obligaciones de todos los días por la puesta a punto para el partido más importante del año.

El rincón donde se encomiendan antes de entrenar

Antes de pisar el vestuario, varios de los que llegan hacen una parada obligada. Sobre un mantel rojo, en un rincón de la utilería, hay un pequeño santuario que creció al mismo ritmo que la ilusión del equipo. La Difunta Correa, la Virgen de Luján, San Cayetano, San Expedito y el Cura Brochero conviven con estampitas y botellas de agua bendita.

No hay una sola mano detrás de ese altar improvisado: lo fueron armando entre todos. Alguien trajo una imagen, otro sumó una estampita, un profesor acercó otra figura. Los jugadores pasan, tocan las imágenes y siguen su camino. Un gesto simple, cargado de significado en la semana previa a una final.

La utilería, territorio de Rubén Silva

La Boutique tiene sus códigos. La utilería es territorio de Rubén Silva. Una tapa de madera hace las veces de puerta y no cualquiera puede levantarla para entrar. Adentro, las camisetas y los elementos de entrenamiento descansan en cajas de banana, con un orden que contrasta con la sencillez del lugar. Hay pelotas, mochilas, pertenencias personales y botines que esperan dueño o completar un par.

Silva conoce cada cosa y sabe dónde está lo que necesita cada jugador. "Este es mi lugar de trabajo", dice con orgullo, sin necesidad de un escritorio ni grandes comodidades para sentirse importante.

Hace casi cuatro años que ocupa ese rincón. Llegó detrás de su hijo, que jugaba en las inferiores, y se quedó cuando le ofrecieron hacerse cargo de la utilería. Su hijo hoy está lesionado, pero él sigue yendo todas las tardes. Llega antes que los demás, recibe las mochilas, guarda los celulares y cuida hasta el último objeto que los futbolistas dejan bajo su responsabilidad.

La ropa tampoco se resuelve sola: como todavía no tienen lavarropas, se organizan entre el utilero, el presidente y el secretario para llevar las camisetas a lavar a sus casas. Una semana le toca a uno, la siguiente a otro. "Acá es todo muy humilde, todo a pulmón. No hay aire acondicionado, pasamos calor, pasamos frío. Hay que estar nada más, ayudar a los chicos", cuenta. Con la final tan cerca, quedarse también significa acompañar un sueño que siente propio.

La cancha abierta y los bidones de Manuel Riveros

Afuera, el sol cae de lleno sobre un terreno rodeado de arbustos, con sectores donde el pasto escasea y la tierra se hace notar. Hay unas pesas, algunas pelotas y lo necesario para trabajar. No sobra nada, pero tampoco faltan ganas. En la tribuna, cuatro hinchas se acomodan para mirar la práctica: la Boutique está abierta y cualquiera puede acercarse. No necesitan entrada ni invitación, están en su casa.

El vestuario tiene otro clima. Es el punto de encuentro donde los futbolistas dejan por un rato la ropa del trabajo y se calzan la indumentaria para entrenar. Los asientos de hormigón no son cómodos, pero poco importa. Allí se cruzan conversaciones, bromas y comentarios sobre fútbol.

Afuera, Manuel Riveros cumple una tarea que ya es rutina: va hasta el surtidor y llena, uno por uno y con paciencia, los bidones de agua que después llevan los jugadores a la cancha. "Todos los días asisto con el agua al equipo. Soy colaborador nada más, también ayudante de campo del profe de Cuarta. Lo hacemos por amor a la camiseta, sin plata, de corazón nomás", dice. En Villa Obrera, hasta el agua tiene quien la acerque.

De la obra y del delivery a la práctica

El reloj avanza y siguen llegando jugadores. Algunos vienen directamente de una obra, otros de sus puestos en el municipio, y también hay policías, penitenciarios y trabajadores con horarios difíciles de acomodar. Los hermanos Pablo y Franco Tapia son una muestra de esa rutina: reparten pedidos para PedidosYa y hacen malabares para que el trabajo no les quite la posibilidad de entrenar. Uno termina su turno cerca de las cuatro; el otro arranca temprano, organiza el día alrededor de su hija y después vuelve a la calle hasta bien entrada la noche.

"Siempre se busca un lugarcito para poder venir a entrenar. Después hay que volver a trabajar", cuentan. No lo dicen como queja, sino como parte de una elección. "Es el sacrificio que nos toca hacer por el club, por la institución. Ahora vamos a jugar cosas lindas, nos toca jugar una final que nadie daba nada por nosotros", agregan.

La escena se repite con otros compañeros. Hay días en los que llegan 20 futbolistas y al siguiente aparecen otros 15, pero no siempre son los mismos. El trabajo manda y el fútbol debe acomodarse. Algunos pueden entrenar dos veces por semana, otros llegan cuando terminan su jornada y hay quienes salen del club para volver a trabajar. Los Tapia, a veces, se bañan como pueden en las instalaciones y otras ni siquiera tienen tiempo para eso. Se cambian, entrenan y siguen.

López Abaca conoce esa realidad de memoria. El horario anunciado es a las 16.30, pero sabe que difícilmente pueda empezar con todos a esa hora. "Los chicos acá no cobran, entonces hemos lidiado todo el año con el tema del trabajo. Hay compañeros que no pueden venir en toda la semana o vienen uno o dos días. La vamos llevando, tratando de que todos estén bien", explica el entrenador.

El ingenio casero y la mano de los que no juegan

El entrenador también sabe que no está solo. Los futbolistas que quedaron afuera de la convocatoria o que pertenecen a la Cuarta División siguen acercándose para dar una mano. No hay una frontera marcada entre los que juegan y los que colaboran: uno trae hielo, otro se ocupa del agua, alguien ayuda con los elementos y todos encuentran la manera de aportar.

Hasta la preparación física tiene algo de ingenio casero. Algunos jugadores llegaron con botellas cargadas de hielo porque el cuerpo técnico pidió organizar baños de inmersión en agua fría para la recuperación muscular. No hay grandes instalaciones ni equipamiento moderno, sino voluntad, organización y lo que cada uno puede conseguir.

Un club sin plata que llegó a la final

Santos Gaetan, cabeza del Triunvirato Normalizador que conduce la institución, habla de los suyos con orgullo. Cuando arrancó la temporada, la propuesta fue clara: no había plata para ofrecerles a los jugadores. El que quisiera quedarse debía hacerlo por amor a la camiseta; el que necesitara buscar otro club tenía las puertas abiertas. Se quedaron. Y llegaron hasta la final por el segundo ascenso.

"Esto se ha transformado en una familia. Acá todos aportamos lo más mínimo como para poder hacer algo grande", apunta. El comercio de los alrededores de la Villa también se sumó: algunos acercan bebidas deportivas, otros colaboran con carne, ensaladas o lo que esté a su alcance. Días antes, incluso, compartieron un asado entre todos.

La situación institucional tampoco es sencilla. El club lleva alrededor de un mes y medio bajo un triunvirato normalizador, que intenta ordenar la parte administrativa mientras el fútbol concentra buena parte de las energías. Gaetan habla de una masa societaria pequeña, de casi 80 socios, y de la necesidad de retomar el proceso de normalización una vez que termine la competencia. En medio de ese escenario, el equipo se convirtió en una razón para juntarse, colaborar y volver a mirar hacia adelante. La mayoría de los futbolistas son de la casa, formados en el club, y apenas unos pocos llegaron recientemente desde otras instituciones. Para muchos, Villa Obrera no es solo el lugar donde entrenan: es el barrio, la camiseta y una historia que conocen desde chicos.

El sábado, mucho más que noventa minutos

Cuando la práctica termina, cada uno vuelve a su rutina. Hay motos que arrancan, bicicletas que toman las calles y trabajadores que todavía tienen varias horas por delante. Silva guarda las camisetas, Riveros cumple otra vez con los bidones y el cuerpo técnico empieza a pensar en el próximo entrenamiento. El santuario sigue en su rincón, con sus imágenes y sus botellas bendecidas, esperando la próxima visita.

En la Boutique no hay lujos ni grandes recursos, pero sí un grupo que aprendió a arreglarse con lo que tiene y a no soltar la ilusión. El sábado, frente a Libertad Juvenil, estarán en juego mucho más que noventa minutos: estará en juego la posibilidad de devolver a Villa Obrera a Primera. Y detrás de esa oportunidad, un barrio entero empujando para que el sueño no se quede a mitad de camino.

Siguiente nota Sociedad · San Juan

En San Juan hay 19 especies de alacranes, pero solo una debe preocuparte: cómo reconocerla

Seguí leyendo

Elegí tu provincia

Para ver tu edición local