Viajó a México por el Día de Muertos y una mujer lo dejó sin palabras: "Lloro de felicidad"
¿Qué le dijo una mujer mexicana frente al altar de su madre que hizo llorar al fotógrafo entrerriano? La respuesta cambia por completo la forma de entender el Día de Muertos.
El fotógrafo entrerriano Conrado Arévalo pasó tres días en Pátzcuaro, Michoacán, y volvió con un registro íntimo de una celebración que lo transformó. Recorrió casas, altares y cementerios, y contó a Elonce cómo las familias mexicanas esperan a sus muertos entre comida, flores y música.
Arévalo es de San José de Feliciano y viajó el año pasado al estado de Michoacán para documentar una de las celebraciones más representativas de la cultura mexicana. La experiencia, según relató, le cambió la forma de mirar la muerte.
“Fue una experiencia muy movilizante la visión, la forma de percibir la muerte que tienen, sobre todo en el estado de Michoacán”, expresó el fotógrafo.
Una casa preparada para recibir a los que ya no están
Lo que más lo impactó fue la preparación de los altares familiares. En las viviendas se colocaban fotografías, las comidas favoritas y objetos que habían pertenecido a los fallecidos. Todo listo para una visita que, según la tradición, se repite una vez al año.
La conmemoración arrancaba al atardecer, cuando las familias se reunían en sus casas. Cuando se cumplía el primer aniversario de una muerte, las ofrendas tenían particularidades: se armaban caminos de flores que unían el altar con la calle.
“Por eso se lo espera con ofrenda, se lo espera con la comida que le gusta, se lo espera con su sillón o su silla preferida”, describió Arévalo.
El fotógrafo también destacó la hospitalidad de las familias mexicanas: mientras caminaba con su cámara, muchas personas lo invitaban a entrar a sus casas para conocer los altares y registrar las celebraciones.
La frase que no se olvida
Entre las escenas que quedaron en su memoria, Arévalo recordó el encuentro con una mujer que había armado un altar para su madre fallecida. La mezcla de tristeza y alegría en su rostro le mostró el verdadero sentido de la tradición.
“Yo lloro, pero lloro de felicidad porque hoy mi mamá volvió”, le dijo la mujer, según recordó el fotógrafo.
Esa frase lo conmovió porque reflejaba una concepción de la muerte muy distinta a la que estaba acostumbrado a ver en Argentina. Para esa familia, la fecha era una oportunidad de reencontrarse espiritualmente con un ser querido. Y también una manera de mantener viva su memoria a través de las generaciones.
Fotografiar a la luz de las velas
Durante su estadía en Pátzcuaro, Arévalo visitó tres cementerios, conocidos en México como panteones, donde las familias permanecían junto a las tumbas toda la noche.
Documentar esas escenas fue un desafío técnico y emocional. La iluminación venía principalmente de las velas colocadas alrededor de las sepulturas, lo que complicaba conseguir las imágenes que buscaba.
“Al principio me salían mal, las fotografías me salían mal, no salían como yo quería hasta que me concentré”, reconoció.
A eso se sumó la responsabilidad de meterse en espacios donde las familias vivían momentos íntimos de conexión espiritual.
“Uno puede manejar la técnica fotográfica, uno puede tener mucho conocimiento, pero cuando uno llega a eso que uno vio en fotos, que se siente tan personal”, expresó.
Las familias acompañaban a sus seres queridos hasta el amanecer, con música, comida y encuentros entre parientes. En algunos sectores incluso cocinaban junto a las tumbas: Arévalo recordó haberse encontrado con ollas y preparaciones al lado de las sepulturas mientras buscaba encuadres.
“Ellos pasan toda la noche ahí, porque al amanecer es cuando se van, están hasta el amanecer”, explicó.
También observó cómo la tradición familiar convive con el interés turístico: algunos de los cementerios que recorrió después restringieron el acceso directo de visitantes y habilitaron pasarelas para mirar las celebraciones sin interferir con las familias.
Del pan de muerto a los bollos con azúcar de Feliciano
Otro de los elementos que le llamó la atención fue el pan de muerto, una preparación tradicional que forma parte de las ofrendas. Arévalo ya había visto referencias de su forma durante una visita guiada a la Catedral Metropolitana de Ciudad de México.
Al probarlo, encontró similitudes con algo conocido en su pueblo. “El pan de muerto es como lo que nosotros sería como una masa dulce con mucho huevo y mucho anís. Acá en Feliciano se lo llaman bollos con azúcar”, explicó.
El fotógrafo también destacó la convivencia entre las tradiciones mexicanas y las expresiones del catolicismo. En su recorrido vio altares que combinaban elementos religiosos con símbolos propios del Día de Muertos, una experiencia que vinculó con el sincretismo cultural.
El contexto de violencia y la decisión de volver
La experiencia también estuvo atravesada por el contexto de violencia que Arévalo percibió durante su estadía. Según relató, el asesinato de un intendente en una localidad cercana alteró los planes de viaje y generó preocupación por posibles cortes de rutas.
El fotógrafo aclaró que no atravesó una situación de peligro directo, aunque la cercanía de esos hechos influyó en su primera evaluación del recorrido. Con el tiempo, su mirada cambió.
“Pasado el tiempo y madurado todo el proceso, la verdad que sí volvería, volvería muy gustoso”, manifestó.
Arévalo consideró que conocer otras formas culturales de recordar a los fallecidos ayuda a reflexionar sobre las pérdidas personales.
“Pensar la muerte como la piensan ellos me parece muy positivo, muy valioso y que te reconcilia con esa sensación de pérdida que tenemos todos los que hemos perdido algún familiar”, expresó.
Al final, agradeció la posibilidad de compartir su experiencia y remarcó la importancia de conocer cómo distintas comunidades recuerdan y homenajean a sus seres queridos.