Una psicóloga reveló las señales que dejan los golpes que no se ven: "Las secuelas van a quedar"

Una psicóloga especialista en infancias escuchó el testimonio de un nene que creció entre gritos y golpes. Lo que dijo sobre las marcas que deja la violencia intrafamiliar, y las señales que muchos adultos pasan por alto.

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Una psicóloga reveló las señales que dejan los golpes que no se ven: "Las secuelas van a quedar"
Una psicóloga reveló las señales que dejan los golpes que no se ven: "Las secuelas van a quedar"

La violencia intrafamiliar durante la niñez deja marcas que persisten hasta la adultez, incluso cuando no hay golpes. Así lo advirtió Noelia López, psicóloga especializada en infancias y adolescencias, en diálogo con Radio LU12 AM680 de Río Gallegos, donde llamó a observar los cambios de conducta y a intervenir ante cualquier sospecha.

La especialista se refirió al testimonio público de Valentín, nieto de Gustavo Yankelevich e hijo de la recordada actriz Romina Yan, quien relató episodios de violencia que marcaron su infancia tras la muerte de su madre, cuando tenía siete años. Para López, ese caso visibiliza una realidad que muchas familias atraviesan en silencio.

"La violencia no solamente tiene que ver con lo físico, sino también con lo verbal, lo emocional, cuestiones más simbólicas también, que muchas veces son hasta más fuertes y más difíciles de atravesar", explicó.

Y subrayó que no se trata de un problema exclusivo de un sector social: "No hay condición social, puede pasar en cualquier lado, en cualquier ambiente, en cualquier contexto".

Las secuelas que aparecen años después

Cada niño procesa la violencia de manera distinta, según sus experiencias y los recursos emocionales que tenga. En algunos casos, las agresiones se vuelven parte de la rutina y se naturalizan desde los primeros años de vida.

"Hay infancias que naturalizan estas situaciones porque las viven desde sus primeros días de vida y les parece algo habitual que su mamá, que su papá o algún referente adulto ejerza violencia sobre ellos", señaló López.

Esa adaptación, sin embargo, no elimina las consecuencias. La psicóloga advirtió que las secuelas pueden manifestarse en la niñez o reaparecer en la adultez, porque durante los primeros años "el sujeto está en constitución" y se va armando la estructura psíquica. De ahí que las experiencias adversas puedan derivar en temores, angustias y dificultades emocionales.

"Esas secuelas van a quedar y se van a ir acentuando seguramente. Él las podrá ir o no trabajando en su vida adulta, pero son cosas que quedan, son marcas que están", afirmó.

López aclaró que los chicos no solo son víctimas directas: también pueden ser testigos de agresiones entre adultos. Las discusiones con golpes, los insultos, las amenazas y los objetos arrojados afectan su desarrollo y los colocan en una situación de miedo e indefensión frente a quienes deberían protegerlos.

"Siempre van a necesitar cuando están en la infancia de otro que los cuide, de otro adulto", remarcó.

Qué señales deben encender la alarma

Uno de los mayores desafíos es detectar lo que ocurre cuando los niños no lo cuentan, ya sea por miedo, vergüenza o porque creen que nadie les va a creer. López recomendó prestar atención a los cambios bruscos de comportamiento, sobre todo cuando aparecen actitudes que antes no estaban.

"Tal vez el niño o la niña era de otra forma y empezó a tener cambios de actitud, estar más triste o también más enojado", describió.

También pueden aparecer síntomas físicos y alteraciones en las rutinas: cansancio, dificultades para dormir, enuresis —cuando el niño vuelve a hacerse pis en la cama— y cambios en la alimentación, ya sea porque deja de comer o porque come en exceso.

Estas señales pueden advertirse en la casa, pero también en la escuela, donde los docentes observan el comportamiento o escuchan comentarios que los chicos hacen a sus compañeros. Por eso, la especialista insistió en observar y escuchar sin minimizar lo que pasa.

"No todo niño va a venir y va a decir: 'Pasa esto, pasa esto en mi casa', sino que tal vez son señales", advirtió en declaraciones a "La Decana de la Patagonia".

Los chicos no son culpables de la violencia que reciben

Otro punto central es ayudar a las infancias a entender que no son responsables de las agresiones. Según López, algunos niños justifican la violencia del adulto creyendo que su propio comportamiento la provocó.

"Te pueden llegar a decir: 'Él me pegaba, pero bueno, yo también me portaba mal', como esta justificación: 'Yo me lo merecía porque soy travieso'. Y no, no va por ese lado", sostuvo.

La psicóloga explicó que los adultos que ejercen violencia suelen trasladar esa responsabilidad a los chicos y hacerles creer que las agresiones son consecuencia de sus conductas. El acompañamiento terapéutico permite trabajar sobre esas creencias y reconocer que la responsabilidad es de quien ejerce la violencia.

En ese proceso, destacó la importancia de que los niños encuentren adultos capaces de escucharlos y protegerlos, y advirtió que revelar a un posible agresor lo que un chico contó durante una consulta puede vulnerar su confianza y exponerlo otra vez a una situación de riesgo. Por eso remarcó la necesidad de preservar el secreto profesional y actuar según los protocolos.

Qué hacer ante una sospecha

Frente a una situación sospechosa, López indicó que los adultos deben intervenir y recurrir a las instituciones. Las escuelas y los centros de salud cuentan con protocolos de actuación para estos casos. Cuando se trata de familiares, vecinos u otras personas cercanas, también se puede acudir a la Comisaría de la Mujer o a los organismos que reciben denuncias.

"Como adultos referentes estamos en la obligación de denunciar estas situaciones", afirmó, y agregó que ante una sospecha es preferible actuar antes que dejar pasar las señales. También aconsejó no confrontar directamente al presunto agresor y priorizar la protección del niño.

Romper el ciclo de la violencia

Hacia el final de la entrevista, López se dirigió a los adultos que vivieron violencia en su propia infancia y a quienes hoy sospechan que un niño de su entorno pasa por algo similar. Reconoció que romper con las formas de crianza aprendidas puede ser difícil, pero llamó a tomar conciencia para evitar que esas experiencias se repitan.

"Es muy difícil quien ha vivido situaciones de violencia tener los dos extremos: el que no quiere que se repita esa historia y el que le cuesta demasiado", señaló. Aun así, sostuvo que reconocer lo vivido puede ser un primer paso para construir otras formas de vincularse.

"Podemos hacer otra cosa por estas infancias que no sea a través de la violencia, sino que un trato amoroso y respetuoso", expresó.

Por último, pidió no desestimar las señales ni dejar que el miedo a involucrarse impida acompañar a quienes necesitan ayuda. "Es importante estar atentos, escuchar y, si algún niño nos dice algo o tenemos una sospecha, poder ayudarlo", concluyó.

Su mensaje final apuntó al papel de los adultos en la protección de la niñez: "Los niños necesitan adultos referentes con mucho más paciencia, con mucho más motividad, con más presencia también". Escuchar, creer, observar los cambios y recurrir a las instituciones ante una sospecha son acciones clave para evitar que la violencia continúe y garantizar que los chicos crezcan en un entorno seguro y respetuoso.

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