Una cooperativa wichí del Chaco salteño fabrica ropa y ahora apunta a la minería
En una comunidad wichí del Chaco salteño, una cooperativa textil pasó de ser un taller de diez personas a una fábrica con más de 50 trabajadores. Ahora busca conquistar un nuevo mercado.
En el corazón del Chaco salteño, dentro del territorio de la comunidad wichí San Ignacio Loyola, una fábrica textil nacida hace más de una década se convirtió en una fuente de trabajo para más de 50 personas. Lhaka, la cooperativa que empezó con un pequeño taller de diez trabajadores, hoy produce indumentaria para grandes cadenas y sueña con proveer a la industria minera de la Puna.
La historia comenzó cuando el cacique de la comunidad planteó una necesidad concreta: generar trabajo y dignidad. Tras probar con artesanías, ladrillos y huertas que no resultaron sustentables, la confección apareció como un oficio que podía aprenderse y generar ingresos para personas de distintas edades y géneros.
Lucía Holzman, coordinadora de Lhaka desde hace cinco años, fue testigo de la transformación. Hoy la fábrica cuenta con áreas de producción, administración, corte, confección, control de calidad, bordado, estampado y empaquetado, y acaba de certificar su sistema de gestión bajo la norma ISO 9001.
El primer sueldo que cambió perspectivas
El impacto no se mide solo en números. Holzman recuerda que cuando los primeros trabajadores cobraron sus salarios, comenzaron a comprar elementos que antes parecían inalcanzables. Objetos cotidianos que representaban el fruto de su propio esfuerzo.
En una localidad pequeña, ese crecimiento se contagió: más trabajadores quisieron sumarse y la fábrica abrió sus puertas también a criollos de la zona. Hubo resistencia inicial, pero el intercambio se convirtió en un factor de crecimiento.
La posibilidad de incorporar personal dependió de conseguir clientes y aumentar la producción. Lhaka empezó trabajando con grandes cadenas de supermercados y, a medida que crecieron los pedidos, sumó herramientas, tecnología y capacitación. Más pedidos, más oportunidades; más oportunidades, más crecimiento.
De la ropa de trabajo a la minería
Ese recorrido explica por qué Lhaka ahora mira hacia la minería. La participación en Argentina Mining fue una vidriera para mostrar su trabajo ante empresas y contratistas del sector. La búsqueda no se limita a las grandes mineras: apunta también a proveedores y empresas de servicios que necesitan indumentaria laboral.
La cooperativa ya confecciona ropa para distintos sectores y maneja grandes volúmenes: algunas empresas encargan entre 10.000 y 15.000 prendas por temporada, y también producen la indumentaria para la planta de Molino Cañuelas. Pero ingresar al mundo minero implica desafíos, sobre todo por las exigencias de la indumentaria técnica para alta montaña.
“Si bien no trabajamos todavía con las grandes mineras, no tuvimos un pedido específico tan de alta montaña, pero sí nos vamos preparando para eso”, explicó Holzman. Para afrontar esas demandas, Lhaka se alió con una empresa con experiencia en indumentaria técnica, buscando complementar capacidades.
Cooperativa, pero competitiva
Holzman lo deja claro: el impacto social no reemplaza la necesidad de ofrecer un producto competitivo. La cooperativa busca que las empresas conozcan el origen de sus prendas, pero sabe que esa historia solo se sostiene si la calidad, los precios y los tiempos de entrega están a la altura del mercado.
“La prioridad es tener un producto de calidad, competitivo y obviamente que detrás de eso esté la compra con impacto social, pero si no somos competitivos con el producto, no vamos a ningún lado”, sostuvo.
Ese enfoque es clave para convertirse en proveedor de la minería. No alcanza con una causa social: hace falta una relación comercial sólida. La certificación ISO 9001, la tecnología y la organización de los procesos forman parte de una misma transformación: dejar de ser un pequeño taller para consolidarse como industria.
Un legado para las próximas generaciones
El objetivo, según Holzman, no es solo generar empleo hoy, sino que las habilidades adquiridas permanezcan en el territorio y se transmitan. “Generar trabajo sostenible es lo importante, sostenible dentro de la comunidad y fuera, que realmente se desarrollen habilidades que queden en la comunidad, que pasen a otras generaciones”, señaló.
La sostenibilidad tiene dos caras: la económica, que exige clientes y competitividad, y la social, que busca que el conocimiento y los oficios queden en la comunidad. La meta es ambiciosa: duplicar o triplicar el modelo y replicarlo en otras comunidades de la zona.
La participación en Argentina Mining dejó contactos que ahora hay que convertir en oportunidades. También permitió que las empresas conocieran quiénes hacen las prendas y en qué contexto trabajan, algo que suele quedar fuera de las licitaciones.
Esa es la conexión más interesante con la minería: una actividad que busca desarrollar proveedores locales encuentra en Lhaka una fábrica nacida en el Chaco salteño, lista para ocupar su lugar en la cadena de valor, con una premisa que Holzman repite: el impacto social debe ir acompañado de profesionalización y capacidad de competir.
“Para mí Lhaka es una familia”
Holzman es oriunda del interior de Buenos Aires y llegó a Salta por este proyecto. Cuando le preguntan qué significa Lhaka en su historia, la respuesta se vuelve personal: “No puedo decir que es solo mi trabajo porque realmente me atrapa mucho emocionalmente”.
“Para mí Lhaka es una familia”, dijo, y explicó que cada vez que llega al norte encuentra un equipo con ganas de salir adelante, trabajando colectivamente. La emoción aparece al comparar la comunidad que necesitaba oportunidades con la fábrica de hoy: “Cuando ves de dónde vinieron y hasta dónde llegaron, realmente es un orgullo y algo que me sigue sorprendiendo”.
Esta historia demuestra que una cadena de proveedores también puede ser una cadena de oportunidades: cada pedido significa producción, cada producción significa trabajo, y cada puesto de trabajo deja una capacidad instalada que permanece en la comunidad. Desde el Chaco salteño, esa fábrica que empezó con diez personas ahora mira hacia la Puna, buscando demostrar que puede ser parte de la industria minera provincial.