Una agrónoma chaqueña revela el secreto detrás del cultivo que exige seis meses de trabajo
Una ingeniera agrónoma chaqueña cuenta por qué el algodón es un cultivo que no cualquiera puede producir, entre anécdotas familiares y cambios tecnológicos que transformaron la actividad.
Jessica Vucko, ingeniera agrónoma chaqueña e hija de productores, creció entre surcos de algodón. Hoy, como coordinadora productiva de Gensus, la única semillera de algodón del país, asegura que este cultivo no es para cualquiera: demanda seis meses de dedicación absoluta.
Su padre, con 83 años, fue quien le transmitió la pasión por el campo. “Mi padre tuvo el gen que despertó en mí la pasión por el campo”, confesó a Bichos de Campo. Entre siete hermanos, ella eligió seguir ese legado y estudiar Agronomía en la Universidad Nacional del Nordeste.
¿Qué hace al algodón tan especial?
“El algodón no es un cultivo para cualquiera, porque te demanda seis meses de puro trabajo”, afirmó Vucko. El proceso comienza con el manejo de insecticidas y reguladores de crecimiento, continúa con la defoliación y culmina con la cosecha. Pero el trabajo no termina ahí: la poscosecha, con el desmote industrial, es clave para determinar la calidad de la fibra.
En el Chaco, la cosecha se realiza en otoño, y la humedad y el rocío condicionan los horarios: muchas jornadas arrancan entre las 10 y el mediodía. A diferencia de otros cultivos, el productor algodonero debe estar pendiente incluso después de que la máquina recorre el lote.
¿Sigue siendo el algodón un cultivo regional?
Vucko cuestiona esa etiqueta: “El algodón tiene tanta diversificación que antiguamente se lo llamaba cultivo regional. Hoy ya no es más regional”. Con Gensus, trabajó en nueve provincias algodoneras, y destaca que se produjo algodón en San Luis, Catamarca, Córdoba e incluso Mendoza.
La tecnología también cambió: hay cosechadoras que recolectan de 10 a 50 hectáreas por día. “Hoy en día se ha tecnificado todo, desde la semilla, la siembra e inclusive también la cosecha”, explicó. Y agregó un ejemplo contundente: “Actualmente estamos pulverizando con drones”.
¿Cómo convencer a los productores de cambiar?
Jessica reconoce que no fue fácil: “Antiguamente sí” eran reacios a los cambios. Pero con datos y números, busca que miren el costo y margen bruto de cada hectárea. “Para tener una buena cosecha se parte de una buena siembra, y la siembra es en parte también el uso de semilla con tecnología”, sostuvo.
Además, insiste en la necesidad de diversificar para cuidar suelos con 60 años de agricultura. “Hacer monocultivo es un desgaste, ya sea químico y físico”, advirtió. Su consejo: “No siempre poner todos los huevos en una misma canasta”. La cobertura, los rastrojos y el barbecho son esenciales: “Hay que devolverle también al suelo lo que el suelo nos da a nosotros”.
Para Jessica, la diversidad no es opcional: “Sí o sí tenés que diversificar”. Y aunque su trabajo abarca soja, maíz, sorgo y girasol, su corazón sigue ligado al algodón. “Por la sangre”, resumió. Su padre nunca quiso renunciar a ese cultivo, y ella tampoco: quizás porque es el que más la conecta con su historia familiar.