Un recibo de 1981 escondía el secreto: la salsa familiar que nació de un papel olvidado
¿Qué tenía un viejo recibo de Gas del Estado que terminó cambiando el rumbo de una familia entera? La respuesta escondía el origen de un emprendimiento que ya no para de crecer.
En una casa de Centenario, una tradición que llegó desde Italia y sobrevivió cuatro generaciones encontró su destino en un papel casi descartado. Lo que empezó como un ritual dominguero de tomates y ollas enormes, hoy es Mister Tomato, un emprendimiento que ya vendió por completo su última producción de 1.500 botellas.
La historia arranca con Argentina Martarelli y Pompeyo Pieroni, inmigrantes italianos de Ancona que se instalaron primero en General Roca y luego en Centenario, donde fueron de los primeros pobladores. Entre su escaso equipaje trajeron una herencia que no pesaba: la costumbre de hacer salsa casera de tomate.
La receta pasó de generación en generación. Los bisabuelos tuvieron cinco hijos, entre ellos la abuela Julia, y el verano tenía una fecha sagrada. Las mujeres se juntaban a las 7 de la mañana; llegar a las 7.15 cuando se había acordado a las 7 podía significar, entre risas y dramatismo, esperar hasta el domingo siguiente.
Julia transmitió la tradición a su hija Cristina, y esta a sus hijos Juanma y Carolina. Juanma, el menor, participaba desde los siete años. En su casa nunca hizo falta comprar salsa en el supermercado: la solución siempre estaba en esa preparación que volvía cada temporada.
El hallazgo que lo cambió todo
La abuela Julia murió en 2006 y su casa quedó como una cápsula del tiempo. Hace unos tres años, Juanma pudo entrar de nuevo. Entre fotografías y papeles viejos apareció algo que parecía basura: un comprobante de Gas del Estado de 1981, con sello del Banco Provincia del Neuquén.
Pero el tesoro estaba del otro lado. En el reverso, Julia había anotado los detalles de una jornada de salsa: cantidades de tomates, cajones, botellas rotas, limpias y sanas. Era el registro de la producción de aquel año. "Fue como encontrar un tesoro", recuerda Juanma. Ese papel se convirtió en el disparador para dar el salto a lo comercial.
De la cocina familiar a la feria
Convertir la receta en un producto para vender exigió capacitarse en elaboración de conservas y seguridad alimentaria. Las prácticas fueron en la sala municipal La Celina, de Centenario. El primer lote de Mister Tomato fue chico, de entre 30 y 50 botellas, y dejó una lección: se quedaron sin tomates.
El verano siguiente se organizaron mejor y lograron triturar más de 15.000 tomates para producir unas 1.500 botellas. El último lote, de mayo, ya se vendió entero. Usan tomate San Marzano, de semillas italianas, que consiguen de productores locales. La receta se mantiene artesanal: tomate triturado y albahaca, sin azúcar, sal, conservantes ni aditivos.
El impulso de Impacta Neuquén
El crecimiento tuvo un empujón inesperado. Juanma participó de Impacta Neuquén, una propuesta de triple impacto. De más de 500 proyectos, Mister Tomato quedó entre los 15 mejores y recibió un financiamiento económico.
Con ese dinero compraron materiales para construir su propia sala de elaboración en su terreno. El objetivo es dejar de depender de los turnos municipales y lograr una habilitación nacional para vender fuera de la localidad. Ya reciben consultas de todo el país por redes sociales, además de pedidos de comercios y restaurantes.
El sabor que vuelve
La primera validación importante llegó en ferias como Peperina, en Córdoba, y Tienda de Sabores, del Centro PyME. Ahí vieron que quienes probaban la salsa, la compraban. "Ahí nos dimos cuenta del producto que teníamos", dice Juanma. Para muchos, era volver a un sabor de la infancia.
Hoy el emprendimiento reúne a Cristina, Juanma, su hermana Caro, el marido de esta, Luis, y el hijo de 18 años, Santino. La idea es que la receta llegue a una quinta generación. Ya trabajan en un ketchup y proyectan salsa picante, tomate deshidratado y dulce de tomate. Lo que empezó con una receta que cruzó el océano y reapareció en un papel de 1981, hoy es Mister Tomato: la forma de una familia de mantener vivo un sabor y honrar su historia, botella a botella.