Un rebelde con túnica blanca que cambió el curso de una guerra mundial
Thomas Edward Lawrence, el arqueólogo británico que se transformó en Lawrence de Arabia, organizó la insurrección árabe contra el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, cambiando el curso del conflicto antes de morir en 1935 en circunstancias misteriosas.
Un arqueólogo de Oxford con “una inteligencia no común” se transformó en el espía clave que reorganizó el mapa de Medio Oriente durante la Primera Guerra Mundial, desafiando a su propio ejército y forjando alianzas imposibles.
Thomas Edward Lawrence, conocido luego como Lawrence de Arabia, era bajo, delgado, de nariz aguileña y ojos azules intensos. Curioso y excéntrico, tras estudiar Arqueología en Oxford se marchó a Siria, mostrando desde joven un carácter radicalmente aventurero.
Ingresó al departamento de Geografía del ejército británico y fue trasladado a El Cairo. Allí, su “molesta indocilidad” ante reglamentos y jerarquías militares casi lo llevó a la expulsión, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial lo mantuvo en su cargo.
La misión en el desierto
Con el Imperio Otomano aliado a Alemania y los árabes en estado de insurrección pero desarticulados, los ingleses enfrentaban dificultades para hacer pie en esa región hostil. El eficiente Servicio de Inteligencia inglés convocó entonces al rebelde Lawrence para una misión crítica.
Ya escritor notable y ahora espía, con apenas 29 años, Thomas Edward Lawrence se introdujo en el desierto con un objetivo claro: organizar y sublevar a los árabes contra los turcos del imperio.
Corría 1916 cuando Lawrence, enfundado en una impecable túnica blanca, se presentó en la residencia del jeque Hussein, quien ya se había apoderado de La Meca con las banderas de la independencia nacional. Le solicitó permiso para visitar el campamento de su hijo Feisal, donde se hallaba el grueso de la fuerza árabe.
Concedido el permiso, Lawrence viajó varios días a lomo de camello hasta el campamento del joven príncipe. Escoltado por varios lugartenientes de Feisal, se introdujo en la tienda y ambos hombres se miraron un largo rato.
El monarca árabe abrió el fuego con una pregunta aparentemente simple: “¿Le gusta Damasco?”. La respuesta de Lawrence fue reveladora: “Sí, está muy lejos pero tengo confianza en que llegaré y podré vencer”. El mensaje-pacto había quedado sellado.
La insurrección que cambió la guerra
Con el abastecimiento británico asegurado, promesas de territorios que más tarde no serían cumplidas y una guardia personal de 100 beduinos mercenarios, Lawrence encabezó la insurrección árabe que en 18 meses tomó la ciudad de Aqaba, aplastó a los turcos en la batalla de Tefilah y provocó la caída de Damasco.
La ciudad se rindió ante los ataques guerrilleros a los trenes que unían Medina con la capital, que impedían recibir abastecimiento. Lawrence volaba trenes con sus legendarios “tulipanes”, explosivos con forma de esas flores que se disparaban a distancia con una magneto de automóvil.
Interceptando mensajes turcos con una radio que llevaba en el lomo de su animal, Lawrence de Arabia modificó en buena medida la suerte de la Primera Guerra Mundial. Su cabeza había sido valuada por el gobierno turco en 500.000 dólares, recompensa no ofrecida jamás en la historia de Turquía por un guerrero enemigo.
Traición y misterioso final
Al terminar la guerra, Lawrence formó parte de la delegación británica. Cuando los acuerdos de Versailles revelaron el verdadero propósito de los vencedores -apropiarse de los territorios conquistados- el príncipe Faisal, declarado rey de Siria por Lawrence, fue derrocado sin miramientos por los franceses.
Posteriormente, el ya coronel Lawrence se enroló en la aviación británica con el nombre de Ross para escapar de los árabes que lo buscaban, una situación injusta porque “la traición fue del gobierno inglés”. Un incidente hizo que dos periodistas lo detectaran y su nombre saltó otra vez a la superficie, obligándolo a volver a desaparecer.
Se reincorporó a la Real Fuerza Aérea como mecánico de la compañía de tanques con el apellido Shaw. Entonces sintió la necesidad de volver a escribir sus increíbles experiencias.
La mañana del 13 de mayo de 1935, salió a correr alocadamente con su motocicleta por una carretera cercana a Dorset y se despistó. Cinco días más tarde, sin haber recuperado el conocimiento, moría en una clínica de Londres.
Nadie supo jamás si había sido o no un accidente, como manifestó el gobierno inglés. No se cumplieron en su corta vida de 46 años sus sueños de unificar todo el Medio Oriente en un solo Estado. Pero cumplió con su conciencia de luchar contra lo que consideró injusto, “aunque fuera ajeno”.
En su valioso libro “Los Siete Pilares de la Sabiduría” está la alta filosofía de su pensamiento. En una magnífica película interpretada por Peter O’Toole se refleja fielmente su singular personalidad. Y un aforismo final para Lawrence de Arabia resume su esencia: “Muchos ideales también son un ideal”.