Un pueblo misionero, una iglesia con cúpulas que construyeron sus vecinos y una campana que llegó de Rusia
Cúpulas plateadas que brillan en un pueblo de 1.600 habitantes, una campana que llegó de Rusia y un secreto que esconde: qué hay detrás de la iglesia ortodoxa de Tres Capones.
Tres Capones, un pequeño municipio de poco más de 1.600 habitantes en Misiones, guarda entre sus calles tranquilas una joya arquitectónica que pocos conocen: la Iglesia Ortodoxa del Manto Protector de la Virgen María, con sus imponentes cúpulas plateadas que se divisan desde lejos. Pero lo que hace única a esta construcción no es solo su estética, sino la historia que encierran sus paredes y los objetos que alberga.
El subdiácono Pablo Colángelo, uno de los mayores conocedores de este legado, reconstruye desde el interior del templo una historia que comenzó con los inmigrantes polacos, ucranianos y rusos que llegaron a la zona y encontraron en la fe un espacio de encuentro y pertenencia.
Las cúpulas, de formas acebolladas típicas de las iglesias ortodoxas de tradición eslava, son la carta de presentación de la parroquia. Pero el detalle más sorprendente es que fueron construidas por los propios habitantes de Tres Capones. La comunidad tuvo que “amañarse” y aprender a hacerlas, siguiendo las indicaciones del padre Valentín, que por entonces acompañaba a los fieles.
Muy cerca del templo permanece parte de la construcción donde funcionó la primera escuela del pueblo, desde 1908. “La custodiamos y también le damos uso”, relata el padre, que hoy enseña catecismo en ese lugar.
Mirando hacia el este
Entrar al templo revela que las particularidades no terminan en el exterior. Una de las primeras diferencias que nota el visitante es la disposición del espacio: a diferencia de muchas iglesias donde los bancos están frente al altar, acá se ubican principalmente a los costados.
La razón tiene que ver con la forma de participar en la celebración. “En nuestra iglesia se reza de pie. Es nuestra forma de ofrecer un pequeño sacrificio”, explica Colángelo. Las celebraciones pueden durar más de dos horas, se realizan en español, se canta y no se utilizan instrumentos.
Otro elemento que sorprende es el iconostasio, la estructura que separa visualmente el espacio de los fieles del altar. “Detrás de esa pared tenemos la parte más importante de nuestro templo, que es el altar”, explica el sacerdote. Su acceso está reservado a quienes cumplen una función específica durante el rito.
Hasta la orientación del edificio tiene un significado: el templo no sigue la línea de la calle, sino que está orientado hacia el este, donde nace el sol y donde se encuentra Jerusalén. Por eso, durante el oficio, el sacerdote tampoco se para frente a los fieles. “Lo hace de cara a Dios”, resalta.
La campana del zar
El objeto que más curiosidad despierta entre los visitantes es la campana del campanario. Se trata de una pieza donada por Nicolás II, el último zar de Rusia, que los habitantes de Tres Capones custodian hasta hoy.
Con los años, alrededor de la campana crecieron mitos. Una de las versiones más difundidas sostenía que contenía oro. Pero el padre Pablo corta de cuajo esa creencia: “No tiene oro”, dice entre risas. Su valor no pasa por lo material, sino por la historia y el significado que tiene para la comunidad.
Qué más descubrir
La directora de Turismo y Cultura del municipio, Antonela Pezuk, destaca entre las propuestas conocer el lugar donde comenzó la primera plantación de té misionero, visitar antiguas plantaciones y acercarse al cementerio local, donde las tumbas y cruces también forman parte del patrimonio del pueblo.
El recorrido puede completarse caminando por Tres Capones, disfrutando de su tranquilidad, sus calles cuidadas y el ambiente de un pueblo que conserva las historias de sus primeros pobladores. Detrás de esas cúpulas plateadas y del cementerio llamativo en el centro, hay una historia de familias que llegaron desde lejos, de generaciones que mantuvieron sus costumbres, de personas que aprendieron a construir aquello que habían visto en fotografías y de una comunidad que, más de un siglo después, sigue abriendo las puertas a los visitantes.
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