Un pibe de 22 años se hizo cargo de la chacra familiar por una emergencia y dos años después no la reconoce

Tenía 22 años y un trabajo en una empresa de insumos cuando una cirugía de urgencia de su padre lo dejó al frente de 40 hectáreas de frutales en General Roca. Dos años después, la chacra que recibió ya no es la misma: cambió la poda, reconvirtió montes y hasta se animó a discutir con los trabajadores históricos. ¿Qué hizo con lo que le dejó su viejo?

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Un pibe de 22 años se hizo cargo de la chacra familiar por una emergencia y dos años después no la reconoce
Un pibe de 22 años se hizo cargo de la chacra familiar por una emergencia y dos años después no la reconoce

Joaquín Gómez tenía 22 años, trabajaba en una empresa de insumos para la fruticultura y acompañaba a su padre en algunas tareas cuando una operación cardíaca de urgencia dejó a Gustavo Gómez en coma durante varias semanas. La cosecha estaba por arrancar. Joaquín renunció a su trabajo y se puso al frente de las 40 hectáreas de frutales en General Roca: 30 propias y 10 alquiladas.

Dos años después, sigue allí. No lo vive como una obligación: dice que hace lo que ama y ya piensa en crecer.

Una responsabilidad que llegó antes de tiempo

La historia de los Gómez en esa chacra tiene más de un siglo. Arrancó con el bisabuelo, llegado desde España, y siguió con el abuelo. Primero fueron viñas y verduras; después, la reconversión hacia peras y manzanas. Gustavo también había asumido joven: a los 18 años se puso la chacra al hombro tras el fallecimiento de su padre.

Empezó con las cinco hectáreas que había heredado y con los años superó las 30. Joaquín creció entre plantas y tractores. “Yo desde los dos años vivo en la chacra”, cuenta a Río Negro Rural. Desde los seis se sube a un tractor.

El traspaso no estaba previsto para los 22. Ocurrió cuando su padre tuvo que someterse a una cirugía a corazón abierto. Se había sentido mal por baja saturación de oxígeno y la intervención fue urgente; permaneció en coma alrededor de un mes.

En diciembre, con la cosecha encima, Joaquín asumió el control total. “Mi mamá estaba nerviosa. Yo tenía 22 años. Se me venía la cosecha, la gente… Pensó en alquilar las chacras, pero le dije: ‘No, yo las agarro’”, recuerda.

Hasta ese momento ayudaba ocasionalmente en las labores culturales y durante la cosecha. Hacerse cargo de todo era otra cosa. Renunció a su trabajo y se quedó en la chacra.

Su primera cosecha fue la más exigente: empezó a fines de diciembre con ciruelas, siguió en enero con pera Williams y terminó a fines de abril con manzanas. Condujo cuadrillas de hasta 30 personas en jornadas de 5:30 a 18:00. Además, tuvo que aprender a comercializar por su cuenta, guiándose solo por los posibles compradores que su padre le había dejado anotados en un papel antes de la operación.

Cambios en la chacra y una relación que se acomoda

La transición exigió adaptación. Algunos trabajadores históricos estaban acostumbrados a otra conducción y Joaquín reconoce tener un carácter más firme, lo que requirió diálogo para consolidar el equipo. “Yo entiendo que puede ser difícil para alguien de 50 años que venga un pibe de 22 años y decirte cómo hacer las cosas”, admite. Hubo reuniones y conversaciones. Muchos de aquellos trabajadores siguen hoy con él.

Con su llegada introdujo cambios productivos: modificó el sistema de poda, reconvirtió dos hectáreas de manzana Granny Smith hacia Chañar y transformó uno de los montes más antiguos del sistema tradicional al de espaldera.

La producción se compone principalmente de manzanas y peras, en una proporción aproximada de 60% y 40%. También hay unas dos hectáreas de ciruela y media hectárea de cereza.

El rendimiento promedio de pera y manzana ronda los 50.000 kilos por hectárea, aunque el añerismo de las plantas más viejas genera diferencias entre temporadas. Joaquín busca mayor estabilidad. “Estamos acomodando la planta con poda y fertilización, no para que dé el 100% todos los años, pero que dé un 80% parejo todos los años sería un golazo. Es preferible tener menos, pero todos los años saber que vas a tener una buena cosecha.”

La chacra requiere atención todo el año. Terminada la cosecha comienza la preparación para la siguiente temporada: poda, riego, fertilización, raleo y controles. La defensa contra heladas combina riego por manto y aspersión. Joaquín prefiere avanzar con esta última porque requiere menos intervención. Hoy tiene entre tres y cuatro hectáreas con aspersión y planea ampliar la superficie.

En la comercialización, cerca del 80% de la fruta se guarda en frío en un frigorífico de Paso Córdoba, que contratan para distribuir la venta a lo largo del año. El 20% restante se vende durante la cosecha para afrontar los costos. “Somos productores primarios, no hacemos empaque”, explica.

Hoy trabaja con dos empleados permanentes y él mismo se sube al tractor. Su padre sigue cerca: aunque le dio el manejo de la chacra, continúa acompañándolo y haciendo números juntos. “Mi papá me dio la chacra al 100%, pero igual lo tengo atrás mío diciéndome: ‘fíjate acá, fíjate allá’. Él es mi consejero.”

Crecer sin dejar la chacra

Joaquín no parece dispuesto a detenerse. Tiene 24 años y una actividad que, lejos de sentir como una carga, describe con entusiasmo. “Esto me tiene muy entusiasmado, no lo veo como una obligación”, dice.

Ahora quiere ampliar la superficie. Está buscando nuevas chacras, preferentemente en la zona, evalúa incorporar mallas antigranizo (con una inversión estimada de US$15.000 por hectárea) y anhela a futuro contar con frigorífico y empaque propios, además de analizar la comercialización directa de la ciruela.

Mientras tanto, mantiene una premisa sencilla: conservar lo que recibió. “La verdad que mi viejo me dio la chacra muy ordenadita y limpia, así que yo siempre traté de mantenerla impecable.”

Recibió una estructura familiar construida durante generaciones y tuvo que tomarla en sus manos mucho antes de lo esperado: organizar una cosecha, manejar personal, vender fruta y tomar decisiones productivas.

Dos años después, la transición encontró su ritmo. Su padre sigue cerca, pero Joaquín ya construye su propia etapa. Y hay algo que tiene claro: “No estoy arrepentido de haber renunciado para meterme en esto”.

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