Tu cabeza aguanta menos de un minuto en una pantalla: el dato que explica por qué no terminás nada
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Tu cabeza aguanta menos de un minuto en una pantalla: el dato que explica por qué no terminás nada

La atención sostenida sobre una pantalla se derrumbó en dos décadas y hoy la mitad de los registros no llega al minuto. Qué pasa en el cerebro con cada interrupción y por qué los que se creen expertos en multitarea son los que peor rinden.

Mirar el celular en medio de una reunión, abrir tres pestañas mientras se lee una nota o cortar una tarea para atender un mensaje: gestos que ya forman parte del día a día y que dejaron una marca medible. El tiempo que una persona sostiene la atención sobre un mismo contenido en pantalla se derrumbó en las últimas dos décadas, de acuerdo con los registros de la investigadora Gloria Mark.

En 2003, el promedio era de dos minutos y medio. Hoy, la mediana de las mediciones más recientes cayó a 40 segundos. Es decir: la mitad de los casos registrados no llega ni a ese umbral.

La caída, década por década

Mark, profesora especializada en comportamiento digital, sigue el fenómeno desde principios de los 2000. Primero lo hizo con observaciones en entornos laborales; después, con herramientas que registran la actividad en las computadoras.

El primer estudio, de 2003, arrojó un promedio de 150 segundos por contenido antes de saltar a otra cosa. En 2012 la cifra había bajado a 75 segundos. Entre 2016 y 2020 se ubicó en 47 segundos. El último registro conocido: 40 segundos de mediana.

La propia Mark aclara que ese número no equivale al techo de concentración del cerebro ni al tiempo que alguien puede dedicarle a una tarea cuando trabaja sin interrupciones. Mide otra cosa: cuánto dura una persona en un mismo contenido de pantalla antes de cambiar de foco en su rutina.

Qué pasa en el cerebro con cada interrupción

Contestar un correo en medio de una actividad parece un detalle menor, pero no lo es. Cada cambio de tarea obliga al cerebro a reorganizar la información y los objetivos que tenía activos, y a adaptarse a una demanda nueva. Ese proceso consume recursos cognitivos y complica la vuelta a lo que se estaba haciendo.

Mark acuñó el concepto de “residuos de atención” para explicar por qué la actividad anterior sigue ocupando espacio mental aun después de haber pasado a otra cosa. Una parte de la atención queda enganchada en lo pendiente y compite con la información nueva.

Los estudios sobre alternancia de tareas suman otro dato: cambiar de actividad puede estirar el tiempo necesario para completarlas y multiplicar los errores, sobre todo cuando requieren concentración y procesamiento de información.

El mito de hacer varias cosas a la vez

La idea de que se pueden encarar dos actividades exigentes al mismo tiempo es uno de los grandes malentendidos sobre la atención. Amishi Jha, profesora de Psicología de la Universidad de Miami y autora de Peak Mind, lo grafica con una linterna: ilumina una parte de la información y deja el resto en segundo plano.

“Todos tenemos una sola linterna, por eso no podemos dirigirla hacia varias cosas al mismo tiempo”, explica Jha. Lo que se llama multitasking es, en rigor, un salto rápido y permanente entre tareas, una dinámica que puede significar un uso poco eficiente de los recursos cognitivos.

La Asociación Estadounidense de Psicología advierte que los cambios frecuentes acumulan costos de tiempo y afectan el rendimiento. El investigador David Meyer calculó que las interrupciones y los bloqueos mentales asociados pueden consumir hasta un 40% del tiempo productivo.

Y hay un dato que incomoda a los autoproclamados expertos: quienes creen ser buenos en multitasking no obtienen mejores resultados cuando deben filtrar distracciones y sostener la atención en pruebas objetivas.

Cinco caminos para recuperar el foco

Entre notificaciones y responsabilidades, los especialistas sostienen que la atención se puede proteger y entrenar con cambios de hábito concretos.

1. Ubicar las horas de mayor lucidez. Registrar durante varios días en qué franjas uno se siente más alerta y productivo permite reservar esos momentos para las tareas más exigentes.

2. Bajar el ruido. Silenciar notificaciones, bloquear redes sociales y recortar estímulos durante los períodos de trabajo que piden más concentración.

3. Programar pausas. Hacer descansos entre actividades y aprovecharlos para moverse o tomar contacto con la naturaleza.

4. Probar la técnica Pomodoro. Trabajar 25 minutos sin interrupciones y descansar cinco antes de arrancar otro bloque. Es una herramienta para ordenar el tiempo, aunque no existe una duración que funcione para todos por igual.

5. Practicar mindfulness. Los estudios de Jha encontraron beneficios en personas que hacían ejercicios de atención plena entre 12 y 15 minutos diarios, cinco días por semana.

Para Jha, la concentración no es una capacidad fija sino una habilidad que se fortalece con práctica, igual que un músculo con el entrenamiento físico. La pregunta es cuánto de ese entrenamiento está dispuesto a hacer cada uno mientras el teléfono sigue vibrando.

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