Subió al Kilimanjaro y a 5.500 metros sintió un calor imposible: lo que hizo después la psicóloga catamarqueña

Una psicóloga catamarqueña llegó a los 5.500 metros del Kilimanjaro. En plena madrugada y con 15 grados bajo cero, su cuerpo le mandó una señal que la obligó a tomar la decisión más difícil del viaje.

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Subió al Kilimanjaro y a 5.500 metros sintió un calor imposible: lo que hizo después la psicóloga catamarqueña
Subió al Kilimanjaro y a 5.500 metros sintió un calor imposible: lo que hizo después la psicóloga catamarqueña

La temperatura marcaba 15 grados bajo cero en la madrugada de Tanzania. El viento helado castigaba la ladera del volcán y el cielo era una noche cerrada llena de estrellas. De golpe, Mara Barrionuevo empezó a sentir un calor abrasador y se sacó todas las camperas. La guía la frenó justo a tiempo: si seguía, la hipotermia era cuestión de minutos.

La psicóloga clínica y perito del Cuerpo Interdisciplinario Forense (CIF) de Catamarca estaba a 5.500 metros del monte Kilimanjaro, a pasos del techo de África. Llevaba siete días de marcha bajo una consigna en suajili que funciona como mantra: pole pole, paso a paso.

“El primer síntoma que yo tuve fue un calor enorme. O sea, yo de repente que iba caminando superlentito me empecé a sacar todas las camperas, o sea, sentí un calor enorme y me empecé a sacar todas las camperas. La guía justo me vio y me frenó, porque obviamente me iba a dar hipotermia. Fue un momento nuevo para mí, tuve un poco de desorientación de qué me estaba pasando, pero nunca perdí la conciencia de lo que me estaba pasando. Entonces después empezó un dolor de nuca, de cabeza, náuseas, después empecé con descomposición de estómago, ya me empecé a deshidratar y yo dije: ‘Chau, ya se desencadenó el cuadro’”, relató.

Ahí nomás apareció la prueba que ella misma enseña a otros: la de mirarse al espejo y decidir con lucidez.

De Catamarca a la cumbre

Nacida en San Fernando del Valle de Catamarca, Mara cumplió 58 años el 12 de octubre, un mes que le junta cumpleaños, Día del Psicólogo y Día de la Madre. Su historia familiar mezcla dos mundos: “Mi papá de Belén, mi mamá de Filadelfia, Estados Unidos. Esa mezcla tengo”. Única mujer entre cuatro hermanos, creció en una casa donde la salud era tema de todos los días: su padre era médico y kinesiólogo.

“Siempre digo que mis primeros pacientes de manera sui géneris fueron mis compañeras de colegio. En cada recreo alguna de mis compañeras me pedía que nos sentáramos a hablar sobre algún problema que ellas tenían. Entonces, sin querer queriendo, yo ya empezaba a ejercer esta escucha activa, que es un instrumento fundamental en el consultorio”, contó.

Se recibió en Córdoba hace 31 años. Trabaja en consultorio privado y en el Poder Judicial desde que se creó el CIF en 2000. Antes fue jugadora de vóley, instructora aeróbica en sus años universitarios y docente en el gimnasio Level de la calle Sarmiento cuando volvió a la provincia en 1995. El movimiento siempre fue una necesidad vital.

La montaña que llegó en pandemia

Con sus hijos Martina (28) y Facundo (24) estudiando fuera de la provincia, armó un gimnasio en su casa para sobrellevar el encierro. Fue ahí cuando su hermano Guillermo, “Willy”, odontólogo y andinista con dieciséis ascensos a El Manchao, la invitó a subir.

“Él me dice: ‘Vamos al Manchao’. Y eso fue mi primera montaña, de hecho... Y yo le digo: Bueno, pero vos creés que yo voy a poder porque en realidad sabía que era de mucha exigencia, pero no me imaginaba de qué tanto. Digo: ‘Yo no quiero perjudicar al grupo y demás, siempre estoy pensando en el otro más que en mí, es como un vicio de la profesión’. Entonces acepté y pude hacer cumbre en el primer intento. Fue tremendo, fue hermoso, fue durísimo y yo creo que ahí se abrió una puerta”.

Con Willy, su sobrino Leandro y un grupo de amigos bautizado “Las Cabritas”, sumó cumbres: el volcán Bertrand en los Seismiles, Los Gigantes en Córdoba y un cruce de los Andes a caballo. “La montaña en sí a mí me equilibra del estrés normal de la semana”, asegura.

La convocatoria de África

La chance de viajar apareció apenas tres meses antes de la partida. Úrsula Díaz, andinista de Belén y segunda argentina en subir al Everest, la sumó a la expedición “Mujeres a la Cumbre”, con siete montañistas de Argentina, Chile y Uruguay.

“Las cosas y las personas nos vamos encontrando. Nada es casual para mí. Mi papá era de Belén, Úrsula es de Belén, yo voy mucho a Belén a hacer también rapel y montañismo... Me cayó como un terremoto porque me alteró todos los planes de lo que tenía previsto. Evalué opciones de todo tipo y dije que sí”, recordó.

El 4 de septiembre viajó sola a Tanzania, con escalas en Córdoba, Buenos Aires, San Pablo y Doha. En el camino reencontró el inglés de su infancia. “En la emergencia se te ilumina todo lo que se te tiene que iluminar para sobrevivir a ese límite o te quedás paralizada. Por suerte mi forma es ‘me ilumino y avanzo’”, definió.

Siete días de exigencia

La marcha cruzó selva húmeda y barrosa, bosques achaparrados y el murallón de Barranco Wall, a 4.600 metros, donde se trepa con pies y manos mientras las nubes quedan por debajo de las carpas. Treinta y dos porteadores sostenían la logística, pero caminar entre 12 y 14 horas diarias por pendientes pronunciadas era una prueba íntima.

La noche final fue extrema. Con 15 grados bajo cero y después de ver bajar en camilla a un montañista que falleció horas más tarde, el mal agudo de montaña la golpeó a los 5.500 metros. Cuando preguntó cuánto faltaba, los guías le contestaron: “Un largo camino”. Eran seis horas más de ascenso vertical.

“Y bueno, tuve que decir: ‘Me voy a volver’. Y me quedaron mirando... En este caso la lección, como siempre digo en todas las notas que me hicieron, es aprender a parar. Y volviendo a tu paralelismo entre el trabajo y la montaña, creo que aprender a parar aplica para todo en la vida también. Trabajar en exceso, hacer actividad física en exceso, dormir en exceso, todo lo que sea en exceso nos lleva a riesgos que muchas veces son innecesarios y que son más una conducta autodestructiva”.

Frente a ese límite, desplegó la bandera argentina con el nombre de Catamarca. “Definí que esa fue mi cumbre. Me largué a llorar como una criatura porque fue parte del duelo, y de muchas cosas, muchas tensiones, emociones. Vuelvo a insistir que la montaña te atraviesa lugares que vos no sabés que tenés de tu personalidad hasta que no lo vivís. Y como mi hermano también dice y lo dicen todos los montañistas, la cumbre está en tu casa”.

El descenso le llevó dos días, por sus propios medios, cuidando cada articulación en el barro de la selva final.

Volver sin pendientes

Ya en Catamarca, Mara piensa en el calendario y en lo que importa. “Yo no creo en los números como edades, como años... no lo registro al paso del tiempo como cronológico, sino como cualitativo. En el día yo logré hacer tal cosa y listo, para mí ya valió el día”, subrayó.

No habla de salir de la zona de confort, sino de agrandarla: “Yo no creo que el punto sea salir de la zona de confort, sino ampliar mi zona de confort. Lo veo como un crecimiento personal”. Desde ahí pregona el movimiento corporal.

“El encierro te lleva a la depresión y la depresión te lleva a la cama. La cama te abraza y es muy difícil salir de ahí. Y si uno está solo es mucho más difícil. Entonces yo creo que hay que pelearla... La actividad física, la que puedas hacer, te va a poner en un mejor lugar orgánicamente y es el mejor antidepresivo que podés tener y es gratis”.

Mara volvió con una certeza que resume su filosofía: “Cada vez que subo a la montaña bajo diferente. Si me tuviera que morir ahora, me muero tranquila porque no tengo pendientes... La cumbre está en tu casa”.

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