Sobrevivir con 60 dólares al mes en Cuba: el drama de una familia en la peor crisis

¿Cómo se sobrevive en Cuba con menos de 60 dólares al mes? Una familia en Santiago de Cuba muestra el drama diario entre apagones eternos, comida que no alcanza y la solidaridad que los mantiene en pie.

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En Santiago de Cuba, una familia de cuatro generaciones intenta subsistir con menos de 60 dólares al mes. La falta de combustible y los cortes eléctricos de hasta 20 horas diarias los tienen al borde del colapso. Así es su día a día, entre apagones, comida racionada y la solidaridad del barrio.

El reloj de la desesperación

Silva Guerra, de 32 años, es técnico en reparación de televisores. Trabaja a la luz de velas cuando la corriente se va, que es casi siempre. “Soy esclavo de la corriente”, confiesa. Su madre, Zucel Guerra Brise, de 52 años, aprovecha los breves momentos de electricidad para comprar panecillos y revenderlos en las calles. Compra a 7 centavos y vende a 9 centavos cada uno.

La familia está integrada por Silva Guerra, su esposa Analeidis, sus dos hijos pequeños, sus padres y su abuela Zoe Brise, de 73 años, postrada en cama tras fracturarse la cadera. Todos dependen de los ingresos que apenas alcanzan para comprar arroz y frijoles.

Un desayuno de pan y agua

Por la mañana, Silva Guerra corta pan blanco en cuartos y mezcla agua con un sobre de polvo con sabor a mango. Es el desayuno para su familia y para varios vecinos que también llegan a la mesa: Lázaro Figueroa Tamayo, de 52 años, cocinero de un hospital; Rolando Galán Labrada, de 59, y su hija; y el hijo de 7 años de un vecino. “Si no desayuno aquí, no desayuno”, dice Lázaro.

Las bodegas estatales, que antes garantizaban alimentos básicos a bajo costo, ya casi no funcionan. El gobierno admite que no tiene combustible para transportar comida. La familia recibe apenas un panecillo por persona cada tres días. Los precios en los mercados subieron un 20% en el último año.

La solidaridad como salvavidas

En el barrio Chicharrones, donde todos se conocen, la ayuda mutua es clave. Quienes tienen un poco más comparten arroz, pollo o azúcar con los que menos tienen. “Es lo que mantiene viva a la gente”, explica Walter Mondelo, profesor de derecho de la Universidad de Oriente. La diáspora cubana envía dinero desde Florida y España, y el gobierno mexicano entrega paquetes de alimentos a niños y ancianos.

Silva Guerra, a cambio, repara gratis las herramientas de sus vecinos. Figueroa Tamayo cuida a la abuela Zoe, la levanta de la cama y la lleva al baño. Ella bromea: “Lo hace porque quiere casarse conmigo”.

57 minutos de luz

A la 1:23 p.m., la electricidad vuelve. Todos se apresuran: lavar ropa, cargar dispositivos, cocinar. Zucel enchufa una placa eléctrica improvisada con un taburete y una bobina de olla arrocera. Suena salsa en el taller. Pero solo 57 minutos después, la música se apaga. Silva Guerra no pudo reparar el reproductor de DVD que le trajeron. Otro día sin ingresos.

“La falta de corriente me atormenta”, dice. Ha empezado a tener migrañas por el estrés. Sin transporte ni dinero, su mundo se reduce a cuatro paredes. Al día siguiente, sus hijos no van a la escuela porque no hay comida. Silva Guerra pide prestados 80 centavos a un vecino para comprar arroz y puré de tomate.

Para cocinar, tienen que improvisar: desmontan la cama plegable de su hija y usan las tablas como leña. Analeidis coloca una rejilla del refrigerador roto sobre dos bloques, prende fuego y pone la cacerola con agua, arroz y puré. Ni siquiera en el “periodo especial” de los ’90 tuvieron que hacer algo así.

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