Sin celulares ni selfies: así se festejaba el Día del Estudiante en los 80
Antes de los celulares y las selfies, los estudiantes salteños ya tenían su propio ritual para recibir la primavera: una canasta, un radiograbador y una jornada que empezaba días antes. ¿Qué no podía faltar en la mochila?
Mucho antes de que los celulares y las redes sociales dominaran la vida cotidiana, los estudiantes salteños ya tenían su propio ritual para recibir la primavera. La preparación empezaba días antes: había que organizar la comida, convocar a los amigos, elegir el camping y planear una jornada que se extendía desde la mañana hasta que el sol caía detrás de los cerros.
Para quienes vivieron los años 80 e incluso los 90, aquellos festejos tenían un sabor especial. No existían los grupos de WhatsApp para coordinar encuentros ni las fotos digitales para registrar cada instante. Todo se resolvía con una charla en el colegio, una llamada desde un teléfono fijo o el clásico "nos vemos tal día en tal lugar". Con eso alcanzaba.
La canasta, una protagonista central
El esfuerzo de las familias se concentraba en la canasta del picnic. Sobre los manteles extendidos en el pasto o en las mesadas de los campings aparecían los infaltables: sanguches de milanesa fríos, galletitas con picadillo, huevos duros y cualquier alimento que aguantara varias horas lejos de casa.
También estaban los que apostaban a una opción más "sofisticada" para la época: fetas de salchichón primavera, mortadela de bocha y queso de cáscara colorada, cortadas en el momento para armar bocaditos con pan francés.
Gaseosas, música y partidos improvisados
La bebida tenía su propia ceremonia. Los varones solían cargar con las gaseosas, que llegaban frías en pesadas botellas retornables. Marcas como Spill, Mountain Dew, Pastore, Gini, Tab, Teen y Bilz forman parte de la nostalgia de aquellos años. Las botellas esperaban bajo la sombra de algún árbol o cerca del agua hasta el momento exacto de ser destapadas con esos clásicos destapadores de llavero. El sonido de la tapa al saltar marcaba el inicio oficial de la jornada.
La música ocupaba otro lugar fundamental. El radiograbador de doble cassettera era uno de los objetos más preciados del grupo. Aquellos equipos japoneses, enormes para la época, llegaban cargados con cintas grabadas que pasaban de mano en mano.
Alrededor del aparato también se armaban rondas de guitarras. Algún estudiante tomaba el instrumento y empezaban a sonar canciones de Sui Generis y Serú Girán. "Canción para mi muerte" y "Seminare" formaban parte de un repertorio que acompañaba las charlas, las risas y los primeros amores de adolescencia.
Mientras algunos cantaban, otros organizaban partidos de fútbol improvisados. No hacía falta una cancha: bastaba con un buen espacio de tierra o de pasto para armar un picadito entre compañeros.
La creatividad también encontraba su lugar. El clásico "Dígalo con mímica" reunía a los grupos, mientras los cursos preparaban sketchs para entretener al resto. Eran pequeñas obras hechas con ingenio, humor y complicidad, que muchas veces funcionaban como una previa de las celebraciones de fin de año.
Los escenarios salteños y el cierre con fogatas
En Salta, algunos lugares quedaron asociados para siempre con esos recuerdos. El camping Quitilipi, en La Caldera, y el camping municipal de Campo Quijano fueron escenarios habituales de aquellas jornadas en las que estudiantes de distintos colegios compartían un mismo festejo.
La canción "El Estudiante", de Los Twist, con la voz de Pipo Cipolatti, se transformó en una especie de ritual sonoro de aquellos años, mientras la primavera avanzaba y los grupos disfrutaban de un día que parecía no tener apuro.
Cuando la tarde comenzaba a caer, llegaba uno de los momentos más esperados: las fogatas. Alrededor de las llamas se cerraba la jornada entre canciones, abrazos y la sensación de haber vivido algo importante. Y, de hecho, lo era.
Aquellos picnics de los años 80 quedaron en la memoria de los salteños como una forma distinta de celebrar. Una fiesta sencilla, sin pantallas ni publicaciones, en la que la música, la comida compartida y la amistad alcanzaban para convertir un día común en un recuerdo para toda la vida.