Se llevan los caños de gas de las casas y los vecinos ya no saben cómo frenarlos

Caños de gas arrancados de la fachada, llaves de paso de ASSA y tapas de hierro: en Lamadrid al 7.000 el botín se cotiza por kilo y el arreglo arranca en 150.000 pesos. A quién apuntan los vecinos.

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Se llevan los caños de gas de las casas y los vecinos ya no saben cómo frenarlos
Se llevan los caños de gas de las casas y los vecinos ya no saben cómo frenarlos

En el norte de la ciudad de Santa Fe hay un barrio que vive una rutina que ya no sorprende pero sí desgasta: cada madrugada, alguien sale a buscar cobre, bronce y hierro en las veredas y en las fachadas de las casas. Los residentes de calle Lamadrid al 7.000, en la zona de barrio San Martín, describen una sucesión de robos que ya no da respiro y que golpea directo sobre lo más básico de una vivienda: la conexión de gas, el medidor, la llave de paso del agua.

El agotamiento tiene números concretos. Reponer un tramo de caño de gas cuesta, como piso, 150.000 pesos. A eso se suma el riesgo que implica una pérdida o una fuga en una instalación manipulada por desconocidos durante la noche.

"La semana pasada me levanté, no había gas, salí y me encontré con la puerta abierta y faltaba el caño. Tuve que gastar 150.000 pesos para arreglarlo. Se llevan todo lo que se pueda vender: cobre, bronce y fundición", contó a este medio un vecino damnificado de Lamadrid al 7.000.

Una modalidad que se repite cuadra tras cuadra

Según las denuncias de los propios habitantes del sector, no se trata de episodios aislados. La modalidad se extiende a lo largo de varias cuadras, tanto hacia el norte como hacia el sur, y también alcanza a calle Espora.

El horario elegido es la madrugada, cuando la calle está vacía y el ruido de una barreta pasa desapercibido. Con esa tranquilidad como cobertura, los ladrones abren los gabinetes de gas, se llevan las llaves de paso domiciliarias de Aguas Santafesinas (ASSA) y desprenden las antiguas tapas de hierro tipo capilla que están en las veredas.

El resultado se mide en tres frentes. Primero, el gasto imprevisto: cada tramo de cañería de gas o agua dañado arranca en los 150.000 pesos. Segundo, la reforma forzada de las casas: los frentistas terminan reemplazando bajadas y griferías de bronce por caños de plástico o polipropileno, y muchos suman rejas soldadas en las cabinas de gas para que no vuelvan a abrirlas. Tercero, los servicios: los cables de fibra óptica y los cablemódems también aparecen cortados o manipulados, porque adentro hay alambre de cobre que se puede recuperar y vender.

El reclamo apunta a las chatarreras

Los vecinos son conscientes de que no se puede tener un patrullero fijo en cada esquina. Por eso orientaron el pedido hacia el otro extremo de la cadena: los comercios que compran el material. Las chacaritas y las compraventas de chatarra son, para los damnificados, el eslabón que sostiene el negocio.

"No podemos poner un policía en cada cuadra; me parece que es mucho más fácil controlar en las compraventas y a los chatarreros que compran este material. Si no hay quién lo compre, esto se termina", razonó otro de los frentistas afectados.

A la inseguridad se le suma el deterioro del entorno. Los residentes advierten por microbasurales que se forman con frecuencia en las esquinas cercanas, lo que complica el paso de los peatones y empeora la iluminación durante la noche.

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