Se instaló en un basural de California para no gastar en ladrillos: 25 años después, el lugar tiene 15 edificios
Tressa Prisbrey quería un cobertizo para sus lápices, pero no podía pagar los materiales. Terminó construyendo 15 edificios con botellas y objetos que rescataba de un basural. Así nació Bottle Village.
Tressa Prisbrey quería un cobertizo para guardar su colección de lápices, pero los bloques de hormigón eran demasiado caros. En 1956, a los 60 años, esta mujer que vivía en Simi Valley, California, tomó una decisión que marcaría las siguientes décadas: en lugar de comprar materiales de construcción, empezó a recorrer un vertedero cercano para rescatar botellas de vidrio, azulejos rotos y objetos que otros descartaban.
Lo que arrancó como una salida económica terminó transformándose en una obra monumental. Así nació Bottle Village, un conjunto de construcciones levantadas íntegramente con elementos reciclados que Prisbrey fue edificando a lo largo de 25 años.
Un pueblo hecho de descartes
El predio llegó a tener 15 edificios independientes, cada uno de una sola habitación, además de jardines de esculturas, santuarios y senderos decorados con mosaicos. Todo, absolutamente todo, estaba hecho con objetos que habían sido tirados a la basura.
La técnica que usó Prisbrey era simple pero efectiva: recolectaba botellas de vidrio en el vertedero —envases de leche de magnesia, bebidas alcohólicas y cualquier otro recipiente que encontrara— y las colocaba horizontalmente en las paredes, con las bases hacia afuera. Después las unía con mortero que preparaba a mano.
El vidrio permitía que la luz natural atravesara algunas partes de las construcciones y generara reflejos de distintos colores. Con ese método, entre 1956 y mediados de la década de 1960, levantó las 15 estructuras.
Algunas cumplían funciones específicas. Tres de ellas eran las llamadas Pencil Houses, donde exhibía los miles de lápices que había coleccionado. También construyó una Casa de Muñecas que llegó a albergar más de 600 muñecas rescatadas de la basura.
Cuando ya no tuvo espacio para sumar nuevos edificios, empezó a intervenir el resto del terreno. Armó senderos con azulejos rotos y fragmentos de vajilla, creó un jardín de faros con piezas viejas de autos y diseñó santuarios con conchas marinas, herraduras y otros objetos recuperados.
Un refugio para los recuerdos
Aunque el proyecto nació por una necesidad económica, con el tiempo también se convirtió en una forma de expresar sus experiencias personales. Prisbrey había perdido a seis de sus siete hijos y dedicó distintas partes del lugar a recordar a familiares que habían muerto.
Uno de los espacios fue el Santuario en Forma de Corazón, dedicado a su hija Velma. También construyó la llamada Casa de la Concha en apenas dos días, después de enterarse de que uno de sus hijos estaba gravemente enfermo.
Sin embargo, Bottle Village no era solamente un lugar de recuerdos. Prisbrey también incorporaba elementos humorísticos y decorativos que sorprendían a quienes recorrían el predio.
Una atracción local
Con el tiempo, la construcción se convirtió en un atractivo turístico de la zona. La mujer organizaba visitas guiadas a pie y cobraba entradas de entre 25 centavos y un dólar. Los visitantes llegaban para conocer las estructuras y descubrir cómo había logrado levantar semejante conjunto sin recurrir a materiales convencionales.
En una de las declaraciones que quedaron registradas en los archivos del proyecto, Prisbrey defendió la creatividad por encima del dinero: “Cualquiera puede hacer algo con un millón de dólares, mirá Disney. Pero hacer algo de la nada hace falta más que dinero, y mirá la diversión que tengo haciéndolo”.

