Se curaron del cáncer de mama, pero cinco años después sus arterias siguen mostrando una huella

Se curaron, pero el cuerpo no lo olvidó del todo: un estudio argentino en más de 2300 mujeres detectó una huella en las arterias que persiste cinco años después. Los cardiólogos ya piden cambiar el seguimiento.

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Se curaron del cáncer de mama, pero cinco años después sus arterias siguen mostrando una huella
Se curaron del cáncer de mama, pero cinco años después sus arterias siguen mostrando una huella

Un estudio argentino encontró que las mujeres que atravesaron un cáncer de mama presentan arterias más rígidas que las de quienes nunca tuvieron la enfermedad, incluso cinco años después de haberla superado. La investigación, que analizó a más de 2300 mujeres, enciende una alerta sobre la necesidad de seguir de cerca la salud cardiovascular de las sobrevivientes.

Qué encontraron y por qué importa

El trabajo fue realizado por la Universidad Austral, el Hospital Universitario Austral y el Conicet, y publicado en Cardio-Oncology, una revista científica internacional dedicada al vínculo entre el cáncer y el corazón. La alteración detectada es relevante porque una menor elasticidad de las arterias se asocia con un mayor riesgo de enfermedad cardíaca.

“Nuestro trabajo aporta más evidencia a la idea creciente del impacto arterial a largo plazo del denominado binomio cáncer-tratamiento”, explicó el doctor Renzo Melchiori, jefe del Servicio de Ecocardiografía y coordinador de Cardio-Oncología del Hospital Universitario Austral.

El especialista puso el foco en el resultado central del estudio. “A iguales factores de riesgo cardiovasculares, las pacientes con antecedentes de cáncer de mama presentan una mayor rigidez arterial, transcurridos los cinco años de superada la enfermedad”, señaló.

Cómo funcionan las arterias y qué cambia con la rigidez

Las arterias sanas se expanden y se contraen con cada latido, lo que amortigua la presión con la que circula la sangre. Cuando pierden elasticidad, el corazón debe trabajar contra una mayor resistencia y crece el riesgo de complicaciones cardiovasculares con el correr del tiempo.

Ese deterioro suele vincularse con factores conocidos: edad, hipertensión, colesterol elevado, diabetes, obesidad, tabaquismo y sedentarismo. La pregunta que se hicieron los investigadores fue si el antecedente de cáncer de mama sumaba un efecto propio, más allá de esas variables.

Cómo se hizo el estudio

Para responderla analizaron datos de más de 2300 mujeres de entre 35 y 65 años sin antecedentes de enfermedad cardiovascular. Con una metodología estadística llamada emparejamiento por puntaje de propensión, compararon grupos de mujeres muy parecidas en edad y factores de riesgo. La diferencia entre ellos era haber pasado o no por un cáncer de mama.

Luego midieron la rigidez arterial a través de la velocidad de la onda de pulso, un indicador que muestra con qué rapidez se transmite por el sistema arterial la onda que genera cada latido. A mayor velocidad, mayor rigidez.

El resultado fue contundente: las sobrevivientes de cáncer de mama tenían arterias más rígidas incluso frente a mujeres de características similares y con un perfil de riesgo cardiovascular comparable.

Para el doctor Alejandro Hita, consultor de Cardiología del Hospital Universitario Austral, el hallazgo forma parte de una relación que los especialistas observan desde hace tiempo. “Desde hace varios años los cardiólogos, junto a los oncólogos, venimos observando aspectos epidemiológicos confluyentes entre la enfermedad oncológica y la patología cardiovascular”, explicó.

Según Hita, entender los mecanismos detrás de esa asociación puede ayudar a definir nuevos criterios para identificar qué pacientes tienen más riesgo y, así, “proteger mejor” su salud cardiovascular.

Cuáles serían las causas

El estudio no permite establecer una causa exacta. Los investigadores creen que probablemente no haya un único responsable, sino una combinación de factores ligados tanto a la enfermedad como a su tratamiento.

Entre las posibles explicaciones mencionan los efectos vasculares de ciertos tratamientos oncológicos, incluidos algunos esquemas de quimioterapia; la persistencia de un estado inflamatorio de bajo grado, y cambios metabólicos y celulares capaces de afectar el funcionamiento de los vasos sanguíneos.

Un tema que crece por una buena razón

El asunto gana importancia por un motivo positivo: gracias a los avances en diagnóstico y tratamiento, cada vez más personas sobreviven al cáncer durante muchos años. Eso obliga a ampliar la mirada sobre qué significa seguir a un paciente cuando termina la etapa estrictamente oncológica.

“Entender el impacto a largo plazo que tiene el diagnóstico de cáncer y sus tratamientos en los pacientes es particularmente relevante en la actualidad”, sostuvo Manglio Rizzo, jefe de Oncología Clínica del Hospital Universitario Austral e integrante del grupo de trabajo de inmunobiología del cáncer del Instituto de Investigaciones en Medicina Traslacional (Conicet-Universidad Austral).

“Los pacientes con antecedentes de cáncer curados son cada vez más numerosos, y saber cómo cuidarlos para prevenir otras enfermedades es una responsabilidad de todo el equipo multidisciplinario”, agregó.

Un seguimiento que no debería terminar

Los resultados abren el debate sobre la necesidad de reforzar la prevención cardiovascular en esta población, incluso cuando no hay síntomas ni aparecen los factores que tradicionalmente se usan para detectar a alguien de alto riesgo.

Una de las herramientas que mencionan los investigadores es justamente la medición de la rigidez arterial: un procedimiento no invasivo, rápido y sin agujas que podría ayudar a detectar de forma temprana un mayor deterioro vascular.

Identificar ese riesgo antes de que aparezca una enfermedad permitiría intensificar medidas preventivas, desde la actividad física y otros cambios en el estilo de vida hasta tratamientos farmacológicos cuando estén indicados.

Melchiori advirtió que las personas que atravesaron un cáncer suelen estar poco representadas en las poblaciones con las que se construyeron muchas de las herramientas tradicionales para estimar el riesgo cardiovascular. Por eso, sostuvo, los resultados “interpelan a optimizar las estrategias de prevención primaria cardiovascular” en estos pacientes.

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