Se crió como la mascota del gimnasio y hoy tiene un diagnóstico sobre los pibes y el celular
Sociedad · Entre Ríos

Se crió como la mascota del gimnasio y hoy tiene un diagnóstico sobre los pibes y el celular

Se crió entre colchonetas, fue la mascota del gimnasio y hoy entrena a los pibes que no pueden sostener un esfuerzo. Su frase sobre la escuela y la gimnasia no deja lugar a dudas: para él, ahí está el error más grande que comete la sociedad argentina.

El licenciado Maximiliano Llanes, entrenador de gimnasia y parkour del Centro Gimnástico Paraná, no habla desde la teoría: creció entre colchonetas, aparatos y alumnos que lo paseaban de chico por los pasillos del club. Desde ahí construyó una mirada crítica sobre lo que la escuela no está enseñando y sobre el modo en que el teléfono cambió la relación de los chicos con el esfuerzo.

Su frase más fuerte apunta directo al sistema educativo: "En lo que más erramos como sociedad es en no incluir la gimnasia en las escuelas". Para Llanes, la consecuencia no es solo física: también se nota en la coordinación y en la forma de gestionar los miedos.

Una infancia entre el Club Neuquén y el gimnasio

Nació en Paraná en 1993. Sus primeros años transcurrieron en un departamento sobre calle Rosario del Tala y, desde 2000, en la casa donde todavía viven sus padres, cerca del Club Neuquén, del que fueron socios. La zona, recuerda, era un conjunto de unas 99 viviendas iguales, bastante alejada del centro, hasta que la ciudad se estiró hacia allí con el hospital y el Procrear sobre Espejo.

"Nos metíamos al campo a hacer cagadas y jugar al fútbol", cuenta sobre esa época. Nunca le gustó el centro ni el amontonamiento de gente, y todavía lo evita. Al salir de su casa veía una placita vacía que hoy tiene juegos y que en su infancia era el escenario ideal para patear una pelota.

El fútbol fue su primer deporte, desde los seis años, y también pasó por la colonia de vacaciones del club. Pero hubo algo que marcó su recorrido: vivía en el gimnasio porque sus padres, profesores de Educación Física y dueños del CeGiP, no tenían con quién dejarlo. Ellos se dedican al entrenamiento en gimnasia artística, y esa cercanía le abrió todas las puertas.

De hecho, cumplió el rol de mascota del gimnasio en partidos de básquet, muestras de gimnasia y en los Juegos Olímpicos de la Juventud que se hicieron en la ciudad. Lejos de incomodarlo, lo vivió como una ventaja: "desde chiquito alguno de los alumnos me llevaba a dar una vuelta".

La elección que lo alejó del fútbol profesional

Llegó a jugar en sub 20, pero nunca pensó en el fútbol como profesión. El deporte le gustaba como hobbie y en algún momento tuvo que decidir: también entrenaba gimnasia y no quería faltar a las prácticas ni rendir cansado. Se quedó con la gimnasia.

Durante la facultad volvió al fútbol de manera seria, en el Club Paraná, y otra vez apareció la disyuntiva. Hoy juega de forma recreativa en la Liga Altos del Paracao. Entre sus formadores recuerda a Juanito, del Club Belgrano, que lo acompañó mucho y lo llevaba a los entrenamientos.

De la contabilidad al curso de doble de riesgo

La vocación inicial no tenía nada que ver con el deporte: quería ser contador porque los cálculos le resultaban fáciles. Estudió casi un año, le iba bien, pero no era lo que imaginaba para toda la vida. Fue su mamá quien lo hizo replantearse todo con una pregunta simple: si era feliz con lo que estaba haciendo. Dejó, hizo un curso de doble de riesgo en Buenos Aires y al año siguiente arrancó Educación Física.

No se quedó en la capital porque no le gustan las ciudades grandes y la pasaba mal. Tampoco era un lector: prefería hacer deporte o mirar videos. A los 16 años, un amigo le mostró un video de parkour, una disciplina que en ese momento no existía en la zona. Con un compañero de la infancia se propuso probar en el gimnasio y en la calle, y llegaron a competir. La infraestructura del gimnasio fue clave. Hoy tiene su propia escuela, mientras su amigo siguió el camino en México con referentes importantes.

En el secundario eligió la orientación en Economía en el Comercio 1 y sus materias predilectas eran Matemática y Contabilidad. Sobre las clases de Educación Física de esa época es sincero: iba para cumplir, salía y se iba a entrenar fútbol y después al gimnasio. En la primaria, en cambio, tuvo a su mamá como profesora y la disfrutó: "era la hora distinta".

Lo que ve en los chicos de hoy

Llanes trabaja en el Instituto Superior de Educación Física del CAE y dio clases durante un par de meses en la Santa Teresita y la Michelangelo, experiencia que le costó por el comportamiento del grupo. Lo que más le molesta es lo que hay que hacer por fuera del aula: siente que el sistema no permite planificar como uno desea.

Su diagnóstico sobre los chicos y adolescentes es concreto: hay falencias importantes en lo coordinativo por la falta de juego al aire libre, como treparse a un árbol, colgarse de una rama o arrastrarse por el piso. Muchos hacen deportes variados, pero no gimnasia, y ahí aparecen las complicaciones. A eso suma la falta de límites en el comportamiento y las quejas de los padres.

Sobre cómo articular escuela, club y espacios de formación, recuerda los talleres que hizo junto al profesor Pablo Molina, de la Escuela del Centenario, durante un par de años en el gimnasio: no es lo mismo dar gimnasia en un lado que en otro.

El juego como camino y la competencia como escuela

Su primer aprendizaje formal llegó a los seis años, cuando sus padres insistieron en que compitiera. No quería, hasta que su mamá le prometió el juguete que quisiera si probaba. Participó de un torneo y nunca más dejó de competir: gracias a eso viajó a lugares y países que de otra manera no habría conocido. Hoy, en cada deporte que practica, quiere ganar.

El factor lúdico, sostiene, se mantiene siempre, aunque con el tiempo el trabajo se vuelve más ordenado y planificado, con ejercicios, series y objetivos de corto y largo plazo. "Somos niños hasta los 80 años. El juego es el mejor camino para llegar a algo", afirma.

Su mamá se dedica a la gimnasia femenina y su papá a la masculina, así que nunca lo entrenó ella. Con su padre hubo cruces porque no terminaban de entender la relación papá-hijo-alumno. Hasta que un día le dijo que lo entrenara Carlitos Barsanti, hoy su compañero de trabajo con los varones de competencia. Barsanti fue una especie de otro padre: se quedaba a cuidarlo cuando sus padres viajaban.

A los 18, cuando empezó la etapa de trampolín, su papá volvió a ser su entrenador y la relación funcionó mejor, con más madurez y muchos viajes compartidos. De uno rescató la obsesión por la postura y la prolijidad técnica; del otro, la diversión y las cosas nuevas. De ambos, los mismos principios: la perseverancia, el esfuerzo y la constancia como fruto de todo.

Dopamina, teléfono y baja tolerancia a la frustración

Llanes ve con claridad el fenómeno: muchos chicos no soportan la frustración y se alejan del deporte. Los que siguen, en cambio, aplican lo aprendido en otros ámbitos. Él mismo lo vivió con el snowboard: con un amigo no tenían idea, se azotaron durante dos días y nunca pensaron en abandonar porque estaban convencidos. También hizo cuatro años de wakeboard en el Club Náutico.

El problema, para él, es la tecnología: la estimulación de la dopamina y la recompensa inmediata hacen que los chicos no estén acostumbrados al esfuerzo ni al tiempo que requiere lograr algo. Algunos alumnos consiguen un objetivo y ya piensan en el siguiente sin perfeccionar el ejercicio anterior. Querer más está bien, dice, pero no hay que olvidarse de las bases, menos en un deporte de riesgo.

En el gimnasio el teléfono está prohibido, también para los profes, aunque a veces no se puede evitar por la cantidad de horas que pasan allí. Otra dificultad de las nuevas generaciones es lidiar con los miedos: falta entrenamiento psicológico. Algunos chicos tienen su psicólogo, pero no todas las familias pueden afrontarlo o lo consideran necesario.

Un deporte de valientes y el prejuicio que persiste

La gimnasia le aportó herramientas para todo: en el fútbol, si se cae, hace un rol, se para y sigue corriendo. Recuerda que hay deportistas de alto rendimiento que entrenaron gimnasia, como Maradona, aunque no la que él practica, y que Paula Pareto también lo hacía en el Cenard. Muchos chicos de wakeboard, snowboard y calistenia llegan al gimnasio para aplicar lo aprendido.

Sin embargo, considera que la disciplina está subvaluada en el país porque no es popular: en la tele hay fútbol y, con suerte, básquet, tenis y automovilismo. En Estados Unidos un gimnasta tiene el estatus de un futbolista acá y puede ganar siete medallas olímpicas frente a una sola de un equipo de fútbol. También pesó el estigma de que era "para mujeres". A él sus amigos lo cargaban, pero con buena onda. "Es un deporte de valientes", define.

Quiso dejarlo durante un año, a los 16, cuando ya hacía parkour, aunque seguía yendo al gimnasio de forma lúdica con el grupo de adultos. Un día su papá le propuso hacer una nota para pedir los aparatos de trampolín de la federación. Aceptó, lo hizo durante siete años y viajó a varios países.

Su mayor logro no es un título: son los aprendizajes y las amistades. En lo competitivo, haber participado de un mundial en Rusia en 2018, donde vio a uno de sus compañeros quedar tercero, algo histórico. De esa experiencia recuerda a los cracks que miraba por internet reunidos en un mismo lugar, saludando y invitando a tomar una cerveza después de competir. También la técnica de los canadienses en trampolín, la infraestructura de Brasil y el presupuesto de Colombia, con Ángel Barajas, quinto en la final del mundial de Róterdam en barras.

Fuerza y cargas: la base que cambió

Llanes cuestiona los parámetros que fijan lo que puede hacer cada chico según la franja etaria: le parecen una locura cuando hay quienes los superan ampliamente, como los nenes que llegan al Club Ciclista y se proyectan al alto rendimiento con cosas increíbles.

El concepto disruptivo de los últimos años, según explica, no es nuevo: es la aplicación del gimnasio de musculación y el trabajo de fuerza. Mejoró mucho y hoy se ven niños y gente de la tercera edad entrenando a la par, variando las cargas, cuando antes se decía que era malo. Los ejercicios de fuerza troncales son fundamentales para el desarrollo de cualquier actividad y la base para trabajar sin riesgo de lesión. Él lo hace por salud.

Sobre la ecuación entre atleta y deportista, sostiene que el talento es talento, pero si está acompañado de todo lo demás se potencia mucho. Ser atleta permite persistir, no lesionarse, rendir más y entender cómo funciona el cuerpo.

Sus contenidos se pueden seguir en Instagram, en la cuenta ce.gi.parkourr y en la del gimnasio.

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