San Juan se prepara para el Niño más fuerte en años: el mes que tiene en alerta a los viñateros

Un ingeniero agrónomo tomó los dos Niños más duros del registro y los comparó mes a mes. El resultado dejó a los viñateros de San Juan mirando el calendario: hay un mes que se repite como el más riesgoso.

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San Juan se prepara para el Niño más fuerte en años: el mes que tiene en alerta a los viñateros
San Juan se prepara para el Niño más fuerte en años: el mes que tiene en alerta a los viñateros

El INTA y la Universidad Nacional de San Juan reunieron a productores vitivinícolas para analizar lo que viene: una temporada marcada por un El Niño que avanza hacia la categoría "muy fuerte", la más severa de la escala científica. La jornada combinó pronóstico climático, epidemiología vegetal y fisiología de la vid, con una conclusión que incomoda: no hay dos episodios iguales y la certeza no existe, pero la preparación sí puede marcar la diferencia.

Un fenómeno que llega de lejos y pega de costado

El especialista Albors describió el mecanismo: El Niño nace de un calentamiento de la temperatura superficial del Pacífico ecuatorial frente a las costas americanas. Se desarrolla desde junio y julio, toca su pico en diciembre —de ahí el nombre, por la cercanía con la Navidad— y puede estirar sus efectos hasta febrero o marzo.

El impacto no es parejo en el continente: sequía en el norte de Sudamérica (Brasil, Colombia, Ecuador, Centroamérica) e inundaciones en el litoral argentino, el sur de Brasil y Uruguay. La clasificación científica lo divide en cuatro niveles —débil, moderado, fuerte y muy fuerte— y, según Albors, la temporada en curso se encamina hacia el último escalón.

En San Juan, sin embargo, el efecto llega de rebote. La cordillera, con picos de hasta 5.000 metros, aísla al Valle de Tulum de la influencia directa del Pacífico, y la distancia al Atlántico ronda los 1.200 kilómetros. Por eso los valles sanjuaninos son considerados zonas de transición: el golpe más directo se da en la zona cordillerana —donde este año se proyecta una importante acumulación de nieve y, con ella, más caudal en los ríos—, mientras que en los valles productivos la variabilidad y la incertidumbre de corto plazo son la regla, con pronósticos que cambian de un día para el otro.

Lo que dicen los dos antecedentes más duros

El fenómeno se estudia desde la década de 1940, aunque se trata de un proceso natural documentado desde hace miles de años. Albors repasó los dos "Niño muy fuerte" del registro moderno en la región: 1997-98, el más catastrófico, cuando el río San Juan llegó de orilla a orilla, y 2015-16, también intenso pero de impacto comparativamente menor, en parte por la mayor infraestructura de diques.

El análisis comparó ambos episodios mes a mes contra el promedio histórico. En 1997-98, octubre no registró lluvia (contra un promedio de 4 milímetros), diciembre superó el promedio (en torno a 25 milímetros) y enero de 1998 no tuvo una sola lluvia; el acumulado de diciembre a febrero fue de 49,3 milímetros, por debajo del promedio histórico de 52. En 2015-16, noviembre saltó de 7 a 14 milímetros, enero quedó prácticamente en el promedio y febrero pasó de 22 a 30; el trimestre acumuló 47,7 milímetros, también por debajo de la media.

De ahí salieron dos conclusiones. La primera: en ninguno de los dos episodios creció el volumen total de lluvia del trimestre crítico; lo que cambió fue la distribución, más concentrada, y en ambos casos febrero fue el único mes que subió de forma sostenida. La segunda: no existen dos Niños iguales, así que no puede anticiparse con certeza qué pasará esta temporada, aunque la evidencia histórica pone a febrero como el "cuello de botella" sanitario.

"El fenómeno El Niño no es un pronóstico para la finca individual", remarcó Albors. Y aclaró que no toda lluvia de diciembre, enero o febrero debe atribuirse al fenómeno, porque son de por sí los meses más lluviosos de la región. El valor del análisis histórico, insistió, no es predictivo sino preparatorio: permite anticipar la calibración de maquinaria y planificar aplicaciones preventivas antes de que lleguen las lluvias.

Tres enfermedades bajo la lupa

El ingeniero agrónomo Jorge Lafi, titular de la cátedra de Fitopatología, tomó esa alerta meteorológica y la tradujo en clave epidemiológica. Partió del "triángulo de la enfermedad" —patógeno virulento, hospedante susceptible y ambiente favorable— para señalar que, en un escenario de Niño, el vértice más comprometido es el ambiente: más inóculo disponible, mayor capacidad de dispersión y ciclos de infección más cortos y numerosos. Las temperaturas más bajas de lo habitual modifican los tiempos de latencia, y las lluvias favorecen la dispersión por salpicadura, la germinación de esporas y, sobre todo, prolongan el mojado foliar, el factor más determinante para que haya infección.

Sobre la peronóspora de la vid, explicó que su inóculo invernal sobrevive en la hojarasca y el suelo del ciclo anterior y necesita agua libre para que las esporas naden hasta un estoma. En la hoja se reconoce por manchas cloróticas sin bordes definidos, con pulverulencia blanquecina en el envés cuando hay alta humedad; puede defoliar hasta un 30% de hojas jóvenes y un 50% de hojas maduras, al punto de que en pleno diciembre un parral puede parecer que "otoñó". En los racimos avanza con una necrosis que progresa desde la punta hacia atrás —la "muerte regresiva"—, patrón que la diferencia de una deficiencia de calcio o magnesio, donde el daño es uniforme.

Para confirmar el diagnóstico a campo, Lafi recomendó la técnica de la "cámara húmeda": hoja o racimo en una bolsa negra humedecida durante ocho horas, entre 15 y 20 grados, y revisar al día siguiente si aparece la pulverulencia. Las condiciones que predisponen son temperaturas de 15 a 20 grados, humedad relativa cercana al 90% y siempre agua libre. Como regla práctica citó la "regla de los 3-10": brotes mayores a 10 centímetros, al menos 2 horas de agua libre y temperatura igual o mayor a 10 grados al amanecer.

El oídio, en cambio, está todos los años, con o sin Niño: tolera un rango térmico amplio —de 5 a 33 grados, con óptimo entre 20 y 30— y no depende del agua libre, que incluso puede inhibirlo porque los conidios estallan al absorberla. Lo que lo favorece es la humedad relativa alta, cercana al 80%, combinada con canopias densas y poco ventiladas. Sobrevive el invierno como micelio protegido bajo las yemas y, a diferencia de lo que ocurre en regiones como Francia, su forma sexual no tiene relevancia epidemiológica en San Juan: Lafi fue categórico en que no se justifican tratamientos invernales contra esta enfermedad en la provincia.

En la hoja genera un moteado clorótico con pulverulencia blanquecina; en los pámpanos, manchas necróticas oscuras que agrupadas se conocen como "mildiamiento". En el racimo puede atacar temprano —frenando el crecimiento externo de la baya mientras la pulpa y la semilla siguen creciendo, lo que provoca rajaduras— o más tarde, afectando la calidad cosmética, un dato clave para la uva de mesa.

La tercera enfermedad, la podredumbre de racimos, está encabezada por Botrytis cinerea junto a un complejo de hongos —Aspergillus, Penicillium, Alternaria, Cladosporium— y, cuando se suman levaduras y bacterias acéticas, deriva en la "podredumbre ácida". Requiere agua libre, con óptimo entre 20 y 25 grados, y la favorecen los racimos compactos y el mayor contenido de azúcar desde el envero. En bodega las consecuencias son serias: ácidos lácticos, acéticos y pirúvicos que generan sabores indeseados, decoloración de los vinos —los tintos pierden color, los blancos toman tonos marrones— y riesgo de micotoxinas, en particular ocratoxinas producidas por Aspergillus, relevantes para la comercialización de pasas.

Cuándo apretar y cuándo esperar

El calendario de riesgo tiene sus ventanas. La mayor susceptibilidad de los racimos a oídio y peronóspora va desde la prefloración hasta que la baya alcanza el tamaño de una arveja; desde el envero, el racimo deja de ser sensible a esas dos enfermedades, aunque hojas y pámpanos siguen expuestos todo el ciclo. Las podredumbres, en cambio, cobran protagonismo en la precosecha, entre 10 y 20 días antes de cosechar, cuando pueden "explotar" si llueve en ese período.

Como estrategia de manejo integrado, Lafi propuso combinar prácticas culturales —desoje estratégico para airear la canopia, equilibrio de carga, riego de precisión para evitar anegamientos y fertilización equilibrada— con monitoreo fenológico permanente cruzado con el pronóstico. Introdujo el concepto de "ventana logística": si una lluvia deja el suelo anegado, el productor puede perder varios días de acceso con el tractor justo cuando una aplicación preventiva sería más eficaz, y esa aplicación termina convertida en curativa y mucho menos efectiva, considerando que el ciclo de infección de la peronóspora dura apenas entre 6 y 7 días.

Insistió en aplicar siempre antes de la infección, priorizar productos por su tenacidad —la capacidad de resistir el lavado por lluvia— y no repetir el mismo principio activo más de dos veces seguidas, para evitar resistencia del patógeno. También distinguió tres conceptos que suelen confundirse: la residualidad, el tiempo en que un producto sigue siendo tóxico (el error común es creer que una alta residualidad protege igual aunque una lluvia lave hasta un 80% del ingrediente activo el primer día); la sistemia, el traslado del fungicida dentro de la planta, mucho más limitado de lo que se supone y que no corrige una mala cobertura; y la curatividad, que solo actúa en fases intercelulares muy tempranas, porque ningún producto revive un tejido ya necrosado.

En calidad de aplicación recomendó un volumen adecuado —mencionó 1.500 litros por hectárea como referencia—, el uso de coadyuvantes por la baja humedad relativa y las temperaturas que aceleran la evaporación, y asegurar que el producto moje bien el racimo, punto crítico para controlar Botrytis. Sobre los biológicos a base de Trichoderma, aclaró que requieren otro enfoque: hay que aplicarlos con anticipación y dejar que colonicen el nicho hasta alcanzar una población eficaz, sin esperar el efecto inmediato de un químico.

Consultado por la brotación despareja de esta temporada —sectores en plena floración junto a brotes muy atrasados—, Lafi aconsejó evaluar el porcentaje de floración: si supera el 30% y hay lluvia pronosticada en los diez días siguientes, conviene empezar a cubrir el cultivo sin esperar a que los brotes se emparejen, siguiendo la "regla de los 3 días" según los registros de la estación meteorológica. En plena floración descartó el cobre solo por riesgo de fitotoxicidad y sugirió productos multipropósito —mencionó una combinación de estrobilurina y triazol— capaces de cubrir peronóspora, Botrytis y oídio a dosis máxima. Aclaró que en años normales en Mendoza no se trata Botrytis durante la floración, pero que con lluvia pronosticada sí se justifica arriesgar esa aplicación preventiva.

Sobre los drones, los calificó como alternativa válida para prevención general —con hasta 80% de ahorro en tiempo y superficie frente a un equipo terrestre—, pero remarcó que su volumen de trabajo, de entre 60 y 100 litros por hectárea, no garantiza la cobertura necesaria para proteger el racimo en los momentos de mayor riesgo, donde prefiere el equipo terrestre tradicional.

El golpe de la helada y la fisiología de la planta

La Dra. Beatriz Pugliese, a cargo de la cátedra de Viticultura y organizadora de la jornada, cerró los bloques técnicos con un repaso de cómo el clima impacta en la fisiología de la planta, con foco en el Valle de Tulum, uno de los cinco valles productivos de la provincia junto a Fértil, Iglesia, Jáchal y Calingasta.

Explicó que octubre es un momento clave: coincide con el primer pico de crecimiento de las raíces del año y, dentro de las yemas que se están formando, con la inducción de los racimos que se cosecharán recién en 2027. El brote nuevo usa durante el primer mes las reservas del ciclo anterior, hasta que sus hojas empiezan a generar fotoasimilados que alimentan racimo, yemas, reservas y raíces al mismo tiempo. Por esa simultaneidad, cualquier daño de plaga o enfermedad en esta etapa no solo afecta la temporada en curso: también compromete la inducción de yemas y, con ella, la cosecha siguiente.

Pugliese remarcó la importancia del "agostamiento", la maduración de la madera del sarmiento que debe completarse antes de las heladas invernales para asegurar reservas; recomendó frenar el crecimiento del brote en el envero, para que los azúcares vayan a reservas y racimo en lugar de a un crecimiento vegetativo secundario, más vulnerable a futuras heladas.

Sobre la helada de septiembre de 2026, con temperaturas de hasta -7°C —un valor extremo para la zona, aunque septiembre suele traer frío todos los años—, detalló efectos observados en el territorio. En variedades tempranas se encontraron yemas dañadas que, al brotar, dieron racimos mal cuajados o con bayas chicas y deformadas, porque en el momento de la helada esas yemas todavía terminaban de armar la estructura interna del futuro racimo. En los casos más severos hubo muerte total de yemas, con necrosis del floema visible a simple vista al cortar la madera; también se registraron troncos rajados por el frío, un daño que remarcó no debe confundirse con una enfermedad bacteriana. En hojas jóvenes, el frío generó necrosis en los bordes expuestos que, al seguir creciendo la hoja, producen un aspecto de bordes recortados o "flecos", otro síntoma que puede confundirse con un ataque patógeno pero que responde solo al frío.

La especialista advirtió además sobre plagas que exigen atención en este tramo del ciclo, como la lobesia (polilla de la vid) y la cochinilla, esta última relevante porque transmite virus; recomendó no descuidar el control de los primeros vuelos, antes de que la plaga llegue cargada al final de la temporada, cuando además favorece el ingreso de Botrytis.

Sobre las "primaveras frías" —días fríos y nublados como los de esta temporada—, explicó que generan clorosis por deficiencia funcional de hierro, clave de la clorofila, así como de boro y zinc, elementos poco móviles que afectan el desarrollo floral, la germinación del polen y el cuaje, derivando en bayas chicas. Son cuadros que suelen resolverse solos apenas sale el sol y que no deben confundirse con una enfermedad. Como ejemplo de lo delicado del diagnóstico, citó el caso de productores de Pocito que la temporada pasada fertilizaron con nitrógeno durante un período fresco y nublado: sin suficiente fotosíntesis, el nitrógeno no se metabolizó en compuestos carbonados y se acumuló como amonio, generando toxicidad, con síntomas en el raquis que llegaron a confundirse con oídio. Los análisis de tejido confirmaron acumulación de amonio y putrescina, y el mismo desequilibrio puede afectar la absorción de potasio, magnesio y calcio. Por eso recomendó análisis de tejido vegetal durante toda la temporada, para diferenciar una enfermedad de una deficiencia nutricional antes de ajustar fertilización y riego.

Pugliese cerró con la fisiología de la fotosíntesis: su temperatura óptima en la vid es de 25 a 30 grados; por debajo de los 20 —como viene ocurriendo esta temporada— la actividad cae, mientras que por encima de cierto umbral aumenta la respiración de la planta, que consume parte del azúcar ya producido y reduce la acumulación neta. "El clima es un factor más del manejo, no algo aislado", resumió, e insistió en que la información histórica —que febrero concentra el mayor riesgo sanitario, o que septiembre y noviembre suelen anticipar cómo viene la temporada— debe usarse como herramienta de prevención antes que de certeza.

Tras la ronda de preguntas, la jornada continuó con un espacio comercial en el que representantes de Corteva, Betta y Syngenta expusieron sus desarrollos y ensayos para el manejo sanitario de la vid. La actividad contó con el apoyo de Agroconsulta, +VOS Sinergia Agro, Betta Biotecnología, Agrofit, Punto Este, Nutrientes Campo & Agro, Syngenta, Corteva Agriscience, Coviar, la Corporación Vitivinícola de San Juan (CDV San Juan) y el Ministerio de Producción, Trabajo e Innovación de la provincia.

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