Samudio, el peluquero de Villa Urquiza que heredó el oficio de su padre y hoy corta con su hijo
No es solo un oficio: es una historia que atraviesa tres generaciones, con un legado que se sostiene en el mismo rincón del barrio. Pero hay un deseo que Samudio todavía no pudo cumplir.
Mateo Wenceslao Samudio (68) lleva la peluquería en la sangre: heredó el oficio de su padre, Julián, y hoy comparte las tijeras con su hijo David en el mismo local de Villa Urquiza donde nació y creció.
La historia de Samudio es la de una vida entera entre peines y navajas. Su papá, Julián, llegó desde Paraguay a los 14 años y, tras trabajar en distintos oficios en el interior de Misiones, compró un terreno sobre la avenida López Torres y levantó su propio negocio.
“Pasé toda mi vida acá, viví toda mi vida de esto”, dice quien todavía se encarga de los cortes clásicos y de afilar la navaja para unos pocos clientes fieles.
“Estoy agradecido con mis clientes, que son de fierro. Es lo que siempre digo. Porque algunos siguen viniendo desde lejos, desde hace 48 años. Con ellos conversamos de muchas cosas y algunos se quedan hasta una hora después de haber sido atendidos”, cuenta.
La historia familiar se teje en el barrio. Su mamá, Luisa Rojas, también llegó desde Paraguay, pero a los 8 años, y se instaló con su familia cerca de la Placita del Puente. Allí conoció a Julián, que “alquilaba una piecita acá enfrente”, y se casaron en la iglesia Inmaculada Concepción, frente a la plaza de Villa Urquiza.
“Compraron este lugar allá por 1953. Papá estuvo con la peluquería un buen tiempo. Después pusieron en venta esta casa, que era de madera, y se fueron a Buenos Aires por un tiempo, donde papá incursionó en una peluquería de niños de Capital Federal. Pero mamá se enfermó y decidieron volver. Y se instalaron nuevamente acá y empezaron a construir las paredes de material”, recuerda.
“Cuando tenía 6 años, esta parte donde está la peluquería ya estaba, además de los tres locales y la sala, y la casita del costado”, agrega.
El padre falleció en 1976, cuando Mateo tenía 18 años. Su hermano mayor, Ángel Julián, dejó su trabajo en la Peluquería Rolón, sobre la calle Colón (donde hoy funciona un banco), para continuar con el negocio familiar.
“Acá seguimos trabajando entre los dos. Mi hermano falleció hace siete años y ahora seguimos con mi hijo David”, relata este padre de seis hijos, que ya es abuelo de seis nietos y dos bisnietos.
“Estamos bien. Viviendo cada cosa a su tiempo, y viviendo de la peluquería. Los tiempos van cambiando, pero gracias a Dios, a mi hijo le gustó la profesión y un día me sorprendió diciendo: ‘Papá, quiero estudiar peluquería’”, cuenta emocionado.
“Fue una elección suya, en ningún momento le dije que tenía que hacerlo. Estaba en la disyuntiva ¿qué le enseño primero?, porque mi papá me había enseñado a afilar la navaja. Fueron horas y horas asentando la navaja. En su caso, decidimos que fuera a la escuela donde se enseña peluquería. Después podría indicarle o corregir, pero no hizo falta. Se nota que tiene definida su profesión”, señala.
Samudio confiesa que nunca participó de competencias de peluquería, aunque le hubiera gustado. “Significaba dinero y siempre se priorizaban otras cosas. Es un trabajo familiar, vivimos de esto. Sería bueno que los chicos participen de los eventos nacionales e internacionales. Eso es algo que me gustaría”, admite.