Salió a caminar en la pandemia y sin proponérselo armó una red de 250 voluntarios
¿Qué pasó cuando una jubilada publicó un mensaje invitando a limpiar su barrio?
Jill Mather empezó a caminar por su barrio de San Fernando, California, cuando la pandemia le cortó de golpe los planes de descanso y viajes. Lo que iba a ser una rutina para matar el tiempo se convirtió en otra cosa: al ver la basura acumulada en las calles, agarró bolsas de plástico y comenzó a juntar residuos en cada paseo.
Caminaba unos 6,4 kilómetros por día y en lugar de quejarse se puso a limpiar. Los vecinos empezaron a mirarla, algunos se engancharon y ella publicó un mensaje en la aplicación Nextdoor para invitar a quien quisiera sumarse a la limpieza matutina. Al día siguiente apareció una docena de personas para limpiar un parque y compartir un café. Así nació Volunteers Cleaning Communities (VCC).
De una caminata a una red que cubre todo el valle
El grupo se fue agrandando y llevó sus jornadas a distintos puntos del Valle de San Fernando: calles, parques, un tramo del río Los Ángeles, un carril bici y las zonas cercanas al Refugio Nacional de Vida Silvestre de la Cuenca de Sepúlveda.
Mather también adoptó un tramo de 5,6 kilómetros de la autopista Ronald Reagan (ruta estatal 118), entre Tampa Avenue y Balboa Boulevard, en colaboración con el Departamento de Transporte de California. El compromiso original era por cinco años, pero para ella la tarea es “una responsabilidad para toda la vida”.
Con el tiempo la organización lanzó el programa Adopt 1 Street, que deja que cada vecino elija un sector de su barrio y se haga cargo de su limpieza. VCC aporta chalecos, pinzas y bolsas, y hoy más de 250 voluntarios participan desde Sylmar hasta Chatsworth y desde Sherman Oaks hasta Thousand Oaks.
750.000 libras retiradas en seis años
En seis años, los voluntarios de VCC sacaron casi 750.000 libras de basura de la vía pública, sin contar los objetos de gran tamaño que quedan a cargo de la ciudad. La organización sumó además un programa para que los más jóvenes participen y obtengan créditos de servicio comunitario, con jornadas de limpieza en escuelas secundarias y actividades junto a otras entidades de la zona.
La experiencia también dejó lazos personales entre los participantes. “Son mi nueva familia”, contó Emilie Koster, exvoluntaria de UCLA. En el grupo incluso una pareja se conoció y terminó casándose.
Hoy la iniciativa de Jill Mather sigue sumando voluntarios y multiplicando las jornadas de limpieza en todo el valle, con un objetivo doble: mantener los espacios públicos libres de basura y fortalecer el sentido de comunidad.
