Repartidor en silla de ruedas: trabaja 11 horas por día y enfrenta el prejuicio puerta a puerta

Federico Santillán usa una handbike para repartir pedidos en San Fernando. Trabaja 11 horas diarias para ayudar a su mamá, pero su verdadera lucha es contra los prejuicios laborales. ¿Logrará conseguir el empleo estable que tanto anhela?

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Repartidor en silla de ruedas: trabaja 11 horas por día y enfrenta el prejuicio puerta a puerta

Federico Santillán recorre las calles de San Fernando con su handbike motorizada, llevando pedidos de Rappi para ayudar a su mamá a pagar las cuentas. A sus 39 años, con una discapacidad motriz de nacimiento, este exjugador de básquet adaptado encontró en el delivery una salida laboral tras ser rechazado en decenas de entrevistas.

“Apenas me ven, piensan que no voy a poder hacer el trabajo porque uso silla de ruedas. Antes de ver qué es realmente lo que puedo hacer y lo que no, ya tienen su opinión formada”, cuenta Federico, que vive en Victoria con su mamá de 64 años, quien trabaja cuidando niños y como conductora de Uber y Didi.

Federico cobra una pensión por discapacidad de 345.000 pesos y una beca deportiva de 70.000 por jugar al básquet adaptado en la Asociación de Discapacitados Unidos de San Fernando. Además, arregla celulares en su casa. Pero entre los dos ingresos no alcanzan para cubrir los gastos de luz, gas y agua. Por eso, desde hace un mes y medio, se sumó como repartidor de Rappi, trabajando 11 horas por día, de lunes a lunes.

“Nadie ve las habilidades que tengo”

Desde hace cuatro años, Federico deja su CV en comercios y oficinas, pero nunca tuvo éxito. “Las entrevistas que tuve no duraron más de 10 minutos. Antes de empezar, ya me habían descartado”, asegura. Se postula para atención al cliente o recepción, pero la silla de ruedas parece cerrarle las puertas.

La idea de repartir nació al ver a su amigo Leo Soria, cuya historia fue contada por LA NACION en enero. Leo recibió una handbike donada tras la nota. “Cuando Leo me contó que iba a empezar a repartir, pensé que estaba loco. Él tiene mejor estado físico que yo, puede hacer 15 cuadras en menos de 5 minutos. A mí me lleva 20”, dice Federico.

Se conocieron hace 10 años jugando al básquet. Federico empezó a los siete años y compartió equipo con Leo en el Centro de Integración Libre y Solidario de Argentina (Cilsa) y en ADU San Fernando. Ambos integraron la selección Sub 22 que fue al mundial de Inglaterra en 2005.

Para comprar la handbike, Federico pidió plata prestada a su mamá. “Si no, no podría estar haciendo este trabajo”, explica. El dinero que gana repartiendo lo usa para pagar cuentas. “Hace un par de meses, no tenía nada para aportar, ahora al menos le puedo dar a mi mamá una moneda y colaborar. Me hace sentir un poco mejor”, dice.

“Trabajo desde que tengo 15 años”

A Federico lo confunden con Leo cuando sale a repartir. “Me dicen mucho ‘a vos te vi en la tele’. A todos les explico que no soy yo. Físicamente, no nos parecemos en nada, pero la gente piensa que, como estamos en silla de ruedas, somos la misma persona”, cuenta.

También recibe felicitaciones, pero para él no es novedad: trabaja desde los 15. Su primer empleo fue repartiendo volantes, luego fue vendedor ambulante en el tren Mitre y atendió una verdulería. Ahora, además de Rappi, repara celulares. Solo una vez tuvo trabajo en blanco, como guardia de seguridad, pero duró un año porque el viaje era muy largo.

En su búsqueda laboral, enfrenta prejuicios. “Lo veo en las actitudes, en los gestos de la cara. No me consideran seriamente porque ven que estoy en silla de ruedas”.

“Yo quiero poder pagarme mis gastos”

Federico trabaja siete días a la semana, 11 horas diarias. Arranca a las 10 de la mañana, corta de 15 a 19 para almorzar y recargar la handbike, y vuelve hasta la una de la madrugada. Es cálido con vecinos y repartidores. Lo que más le gusta es el contacto con la gente: “Con mi emprendimiento, paso mucho tiempo en casa. Ahora al menos veo gente todos los días”, sonríe.

Sueña con un trabajo estable y un buen sueldo que le permita irse de vacaciones a Bariloche. “Quiero poder hacer mi vida, no depender de nadie, no tener que pedir ayuda para pagar mis propios gastos”, dice. Si sigue como repartidor, le gustaría trabajar para un local de gastronomía con horarios fijos.

“Veo que mucha gente le dice a Leo por redes que no debería estar trabajando, que debería estar en su casa. ¿Por qué? Nosotros queremos trabajar. ¿Por qué nos quitarían ese derecho? No quiero estar todo el día en mi casa mirando tele. El trabajo me da la posibilidad de relacionarme con la gente, de compartir, estar en sociedad. Yo quiero eso”, explica Federico.

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