Recorre 200 kilómetros para enseñar en una escuela albergue de Lavalle: "Por una semana somos una familia"
Claudia Calvente eligió enseñar en el secano de Lavalle y viaja 200 kilómetros cada día. En la escuela albergue, los chicos llegan a recorrer 150 kilómetros para estudiar. Pero hay algo más que la distancia: lo que pasa puertas adentro durante esa semana.
Claudia Calvente tiene 16 años de experiencia como docente y eligió trabajar en las escuelas rurales del secano lavallino. Todos los días viaja desde la Ciudad de Mendoza hasta el paraje José Miguel Graneros, un trayecto de 200 kilómetros que le demanda entre dos horas y media y tres horas. En la escuela albergue N.° 4-161, los chicos llegan a recorrer hasta 150 kilómetros para asistir a clase.
La docente, que también pasó por la primaria, la secundaria y la educación para adultos, contó a Sitio Andino cómo es su rutina en un establecimiento ubicado al límite con San Juan, en el paraje San Miguel de los Sauces. Allí, la modalidad albergue transforma la dinámica escolar: los estudiantes de primaria concurren primero y luego ingresa la secundaria, de 1.° a 5.° año, de lunes a sábado.
"En todos estos años pasé por diferentes escuelas. Generalmente, elijo las de modalidad rural. Son mi elección. Trabajar en Lavalle, hoy en día, es una elección mía", afirmó Claudia, que es oriunda de Ciudad.
Una vocación que nació en la familia
El origen de su pasión por la enseñanza está en su historia familiar y en su amor por las causas sociales: "Es una historia con bastantes ausencias y con una familia muy contenedora a nivel maternal, no en lo paterno. Creo que es donde empieza mi vocación por lo social. Es mi gran fuerte, y por buscar siempre trabajar en lugares rurales", relató.
Su primer trabajo fue en Guaymallén, en la escuela primaria Guaymaré. "Obvio que inicié con muchos miedos, porque nunca había estado frente a niños, en ese momento, de 7.° grado. Yo daba comunicación", recordó. Y agregó: "Fue un desafío estar ahí, pero uno bonito, porque es ahí donde la primera directora me dio la confianza de que lo iba a poder hacer".
Al mirar atrás, Claudia identificó a la profesora que la inspiró: "La secundaria me marcó mucho. Fui al Colegio Compañía de María y tuve una profesora, Silva Lazardi, que me acompañó mucho y me sentí muy contenida por ella". Aunque había elegido Psicopedagogía, cuestiones económicas y haber iniciado la carrera años después la llevaron por otro camino. A eso se sumó un grupo de compañeras que, a casi 40 años de egresadas, siguen siendo amigas.
La vida en la escuela albergue
La jornada en el establecimiento N.° 4-161 es extensa. "Comienza a las 7 de la mañana hasta las 13, y después, nuevamente, a las 15 o 20 hasta las 21. Aunque ahora va a haber una modificación, va a ser una prueba piloto. Tenemos 78 adolescentes", detalló la docente.
La escuela recibe estudiantes de seis escuelas primarias, lo que explica el tamaño de la matrícula secundaria. Muchos chicos no son de la zona y deben viajar largas distancias. "Por ejemplo, los chicos del paraje El Retiro hacen hasta 150 kilómetros para llegar y no es que el transporte va casa por casa buscándolos, sino que hace un recorrido y ellos suben en el lugar más cercano", explicó.
Desde la salita de 4 años, los alumnos se acostumbran a esta modalidad. Para Claudia, el vínculo emocional es central: "En la escuela todos somos una familia, o en una semana lo somos. Incluso, los llevamos al doctor por si les duele la panza, la cabeza o los contenemos si se ponen a llorar".
La docente también valora el esfuerzo de las familias: "Los chicos hacen un esfuerzo enorme y las familias también, porque son 5 días y medio donde están fuera de su familia y pasamos a ser nosotros su familia".
Sobre el uso de la tecnología, reconoce que si bien debería acercarlos, termina por distraerlos, aunque lo comprende: "La carga horaria es muy extensa, y creo que es entendible, porque yo pienso que si me hubiera tocado estar desde las 7 de la mañana sentada hasta las 21 horas, yo no sé si hubiera terminado la secundaria".
Recuerdos que marcan
Más de una década frente a cursos dejó anécdotas imborrables. Claudia atesora el momento en que un estudiante al que nadie daba nada logró terminar el año: "Ese estudiante por el que nadie daba nada, y vos lo seguís apoyando y que asista al acto de fin de año y diga: 'gracias por haber confiado en mí'. Ahí es donde yo le digo: '¿Lo lograste vos? No lo logré yo'".
Otro recuerdo imborrable fue el viaje escolar en avión a Villa La Angostura, que se concretó por primera vez gracias al esfuerzo comunitario: "Los padres trabajando todos en conjunto para que eso se pudiera realizar. Un padre aportando un chivo para un sorteo, el otro haciendo carne a la olla para vender. Era un trabajo en comunidad para lograr un solo objetivo en común".
También valora los saludos de exalumnos que la reconocen como una figura materna: "Hay niñas que me saludan para el Día de la Madre y me dicen: 'gracias por haberme escuchado', 'gracias por estar' o 'gracias por el reto'".
Para Claudia, ver a sus estudiantes culminar la secundaria es una alegría enorme: "Algunos continuaron estudiando, y los que no lo han hecho es porque deciden vivir en el campo, y eso también es valorable, que decidan continuar en su lugar. Pero, por lo menos, se llevaron de la escuela una herramienta, que es el secundario".
"Ser docente es amar lo que uno hace"
En el cierre de la entrevista, Claudia reflexionó sobre el amor por la profesión: "Tenés que amar el trabajo que hacés. Te tiene que gustar lo que hacés, porque ahí es donde tenemos a los docentes enojados y sin motivación. Primero es amar lo que hago, levantarme cada mañana pensando que puedo dar lo mejor de mí, con mis errores y mis aciertos".
También destacó el valor del trabajo en equipo y el acompañamiento familiar, aunque reconoció las dificultades económicas: "Hacer 150 kilómetros les implica gastar 100.000 pesos de combustible y no los hay. O si tienen que pagar una movilidad, no les cobran menos de 50.000 pesos por 20 o 30 kilómetros".
"Yo me quedo con eso, con que haya podido acompañar a alguno de ellos en algún momento de su vida. Una palabra, un cariño, un gesto y lo sigo viviendo al día de hoy, cuando me los encuentro en la calle, recuerdan mi nombre y me acerco a charlar. Ese es el mejor regalo de un docente", concluyó Claudia.