Recibió un diagnóstico de cáncer con metástasis y creó un cabaret secreto en una bodega mendocina
¿Qué harías si te dieran un 50% de chances de vivir? Andrés Ridois transformó su diagnóstico en un cabaret oculto entre viñedos. Conocé la historia de Petit Infierno.
Un economista y empresario vitivinícola de 50 años transformó su vida tras enfrentar un cáncer con metástasis ganglionar. Andrés Ridois, quien recibió un pronóstico de 50% de probabilidades de vida, decidió cumplir su sueño de crear un cabaret dentro de una bodega en Mendoza. Así nació Petit Infierno, un espacio subterráneo en Perdriel, Luján de Cuyo, que evoca la Belle Époque con jazz, burlesque y vino.
Las luces rojas guían al visitante por un túnel subterráneo. Adentro, terciopelo, copas de cristal y un escenario donde la cava se convierte en un club nocturno íntimo. Afuera, los viñedos y montañas mendocinas; adentro, un París de los años 20.
Ridois explica que este lugar no surgió de una estrategia comercial, sino de una crisis personal. “Yo siempre soñé con tener un cabaret”, cuenta. Y aunque suena extraño en el mundo del vino, para él es el reflejo de una vida que estuvo a punto de apagarse y decidió reinventarse.
El diagnóstico que lo cambió todo
En diciembre de 2019, mientras estaba en Mendoza, recibió un mensaje urgente de su médico en Buenos Aires. Le habían extraído ganglios y el resultado confirmó cáncer con metástasis ganglionar. “Lo primero que pregunté fue si me iba a morir”, recuerda. La respuesta fue brutal: “50 y 50. Mitad vida y mitad muerte”.
A partir de ahí, Ridois asegura que empezó otro Andrés. “Sentí que se me acababa el tiempo y que no había hecho lo que tenía que hacer en esta vida”, confiesa. Hasta entonces vivía volcado al exterior: trabajo, exceso, velocidad, alcohol, estrés. El diagnóstico lo obligó a mirar hacia adentro. “Ahí entendí algo muy fuerte: la salud no se tiene, se construye. Igual que la enfermedad”, dice.
Pesaba casi 100 kilos; durante el tratamiento llegó a 63. Cambió su alimentación, estudió respiración y meditación, y se acercó al líder espiritual Ravi Shankar. “La enfermedad me dio otra oportunidad. Y decidí no desperdiciarla”, asegura.
El sueño del cabaret
Con el tiempo, transformó todo lo que lo rodeaba y reapareció un viejo sueño de los 20 años: crear un cabaret. “No un boliche. Un cabaret”, aclara. “Me fascina la Belle Époque, la elegancia, el terciopelo, el champagne, la música, la idea de disfrutar sin culpa”.
Ese universo se convirtió en Petit Infierno, un espacio subterráneo dentro de una bodega en Perdriel. La experiencia comienza en Purgatorio, un restaurante de cocina consciente que creó tras el cáncer, con carnes de pastura y verduras orgánicas. Luego, una puerta se abre hacia una cava iluminada en rojo, con bailarinas, jazz, burlesque y música en vivo.
“Quería romper moldes”, explica. En una provincia donde el turismo del vino es tradicional, Petit Infierno aparece como una rareza sofisticada. Con capacidad para 35 o 40 personas, funciona como un club secreto con ruleta, shows íntimos y una ambientación que mezcla lo decadente con lo elegante. “Es una máquina del tiempo”, dice Ridois.
Se siente conectado con los años 20 y 30. “Siento que parte de mí vivió en esa época”, afirma. Habla de París, del jazz, del flamenco, de los night clubs clásicos. “No me siento cómodo en una discoteca moderna. Me siento cómodo con la elegancia, las conversaciones largas, las copas de cristal y la música en vivo”, describe.
Filosofía de vida
Para Ridois, gran parte del sufrimiento humano viene de vivir vidas que no reflejan los deseos reales. “Trabajamos ocho horas por día, dormimos otras ocho y cuando te querés acordar se terminó la vida”, reflexiona. Su historia va en sentido contrario.
Aunque estudió Economía y tuvo una carrera empresarial exitosa, nunca dejó de explorar su creatividad: diseñó muebles, hizo esculturas, creó laberintos y construyó su propia casa a los 18 años. “La creatividad también se aprende”, sostiene.
Sus vinos llevan nombres como Mil Demonios o Sin Reglas, cargados de referencias espirituales. “El Petit Infierno tiene mucho de mí”, admite. Incluso el nombre tiene una explicación: “Yo creo que el infierno es acá. Es esta vida, este mundo, nuestras contradicciones, nuestros demonios”. El cabaret es una representación teatral de la existencia: placer, tentación, oscuridad, belleza y transformación. “Somos demonios tratando de convertirnos en seres de luz”, resume.
Cinco años después del cáncer, Ridois entrena, medita, cambió hábitos y aprendió a convivir con el presente. “Antes vivía completamente acelerado. Ahora entiendo que el tiempo no existe tanto como creemos”, reflexiona. Su cabaret funciona como metáfora de su vida: al bajar esas escaleras subterráneas, el tiempo parece detenerse. Afuera queda Mendoza; adentro, entre terciopelo, jazz y copas de vino, aparece el sueño improbable de un hombre que estuvo cerca de morir y decidió construir el mundo que quería habitar.