Quiso adoptar y le pusieron un obstáculo inesperado: la cuna del hospital era muy alta para su silla de ruedas
Estefanía quería ser mamá y lo intentó por todos los medios. Pero en pleno proceso de adopción, un detalle de infraestructura se convirtió en excusa para poner en duda su capacidad: la cuna del hospital era demasiado alta para su silla de ruedas. Qué pasó después.
Estefanía tiene 37 años, nació con espina bífida y se moviliza en silla de ruedas. Durante dos años y medio peleó por adoptar a Lionel, un nene con traqueotomía y botón gástrico. Lo logró, pero antes tuvo que demostrar una y otra vez que podía ser madre.
Estefanía siempre supo que quería ser mamá. Cuando empezó a transitar el camino de la adopción, se topó con una realidad que no había imaginado: además de atravesar el proceso, tuvo que probar de manera constante que estaba en condiciones de criar a un hijo.
Vive en Lomas de Zamora, trabaja en la Secretaría de Discapacidad del municipio, fundó una ONG para acompañar a personas con espina bífida y creó un jardín de infantes con aulas inclusivas. Su vida estuvo marcada por la convicción de que podía estudiar, trabajar, salir con amigas y cumplir sus sueños, como cualquier otra persona. La maternidad no iba a ser la excepción.
Del tratamiento de fertilidad a la adopción
A los 26 años comenzó estudios y tratamientos para intentar ser madre mediante fertilización asistida. Después de varias intervenciones quirúrgicas, esa posibilidad no se concretó. El deseo seguía intacto, así que empezó a investigar cómo adoptar.
La oportunidad apareció en una consulta con su médica fisiatra. Estefanía estaba con su mamá cuando la profesional le mostró la foto de un nene que necesitaba una familia. Era Lionel, que tenía dos años y medio y atravesaba una situación de salud compleja: llevaba una traqueotomía y un botón gástrico, y requería cuidados específicos.
“Yo lo vi a Lionel sabiendo que tenía su diagnóstico, sabiendo que tenía traqueotomía, sabiendo que tenía el botón. Pero yo lo vi a él y dije: ‘Yo quiero ser su mamá’”, recuerda.
Dos años y medio de espera y vínculo
Se inscribió en el RUAGA (Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos), pasó por las entrevistas y comenzó el proceso de vinculación con visitas al centro de salud donde Lionel estaba internado. Pudo presentarse porque el nene tenía declarada la situación de adoptabilidad y no había postulantes.
Al principio, el nene no hablaba ni comía por boca. Estefanía lo visitaba varias veces por semana y compartía con él todo el tiempo que podía. Le ofrecía pequeñas cucharadas de yogur, le llevaba sus libros y buscaba la forma de disfrutar esos encuentros. Así empezaron a conocerse y a construir un vínculo. Lionel comenzó a hablar y la primera palabra se la dijo a ella: “Mamá”.
Los obstáculos que no tenían que ver con cuidarlo
Estefanía tuvo que aprender a cambiarle la cánula de la traqueotomía, a ocuparse del botón gástrico y a conocer todos los cuidados que Lionel necesitaba. Estaba dispuesta a aprender lo que hiciera falta. Pero muchas de las dificultades que encontraba no tenían que ver con su capacidad para cuidarlo, sino con las barreras que aparecían a su alrededor.
Una era tan concreta como reveladora: la cuna del hospital era demasiado alta para ella. Desde su silla de ruedas no podía bajar a Lionel sin ayuda, y su mamá la acompañaba para poder hacerlo. Según cuenta Estefanía, en lugar de pensar qué modificaciones podían facilitar esos cuidados, los obstáculos se convertían en argumentos para cuestionar si ella podía hacerse cargo del nene. Incluso llegó a escuchar comentarios que la hicieron sentir discriminada y que ponían en duda que Lionel pudiera estar bien en su casa.
“Yo seguí por él, para que pudiera tener la vida que se merece”, cuenta.
La vinculación duró dos años y medio. Lionel tenía dos años y medio cuando se conocieron y pasó una parte enorme de su infancia en un hospital mientras esperaban que la adopción se concretara. Finalmente, el 2 de julio de 2025, Estefanía pudo llevarlo a vivir con ella.
“Cada día me sorprende más”
Hoy Lionel tiene cinco años y la vida cotidiana está llena de pequeños logros que para una familia significan muchísimo. Dejó los pañales, habla cada vez más, va al jardín y está aprendiendo a escribir. Ya puede escribir su nombre y la palabra “mamá”. También avanzó en su alimentación: después de una evaluación médica, le retiraron el botón gástrico.
Estefanía lo cuenta con orgullo. Lo ve crecer, ganar autonomía, descubrir cosas y buscarla para compartir cada novedad. “Siempre me busca cuando se levanta, cuando hace algo, quiere que yo lo vea, que lo felicite”, dice.
Para ella, la maternidad supera lo que había imaginado: “Yo aprendo más de él que él de mí”.
Cuando recuerda la primera vez que Lionel la llamó mamá, vuelve a una escena sencilla. Estaban sentados en un banco del estacionamiento, dibujando y aprendiendo a pintar juntos. Él la miró y dijo esa palabra. “Yo digo: ‘Ah, aprendió a hablar’. La primera palabra fue mamá. Me morí”, recuerda.
Es una escena pequeña, pero resume mucho de lo que construyeron durante aquellos meses de visitas y esperas: un vínculo que fue creciendo hasta convertirse en una familia.
De su historia personal a un proyecto de ley
Después de atravesar ese proceso, Estefanía decidió que su experiencia no podía quedar solo en el plano personal. Desde su trabajo por los derechos de las personas con discapacidad, empezó a impulsar una iniciativa para incorporar esa perspectiva en los procesos de adopción.
El proyecto, conocido como Ley Estefanía, propone que el Estado acompañe a las personas con discapacidad que desean adoptar y garantice los apoyos que necesitan durante las distintas etapas: la vinculación con el niño, la guarda y la adopción. La idea no es eliminar las evaluaciones ni dejar de considerar las necesidades de cada chico, sino evitar que una discapacidad se convierta, por sí sola, en un prejuicio sobre la capacidad de alguien para maternar o paternar.
En su caso, había una pregunta que, según su relato, nunca se planteaba de la manera adecuada: cómo podía hacer para cuidar a Lionel con los apoyos necesarios. En cambio, muchas veces se partía de otra idea: que no iba a poder hacerlo por usar una silla de ruedas.
La diferencia entre ambas miradas es central. Una supone que la discapacidad define de antemano lo que una persona puede hacer. La otra reconoce que cada familia tiene necesidades diferentes y que, cuando hacen falta apoyos, el Estado debe evaluar cómo garantizarlos.
Estefanía conoce de cerca esa diferencia. A lo largo de los años acompañó a familias que recién empezaban a transitar un diagnóstico y que necesitaban saber que sus hijos podían estudiar, trabajar y desarrollar sus propios proyectos. Ahora quiere transmitir el mismo mensaje a quienes sueñan con formar una familia.
Está convencida de que tener una discapacidad no significa no tener deseos, proyectos ni derecho a criar a un hijo, y de que evaluar si alguien puede cuidar a un niño requiere conocer a esa persona, su realidad y los apoyos que necesita, y no quedarse solamente con un diagnóstico.
Realización: Agustina Ribó. Edición: Gianella Raposo.