¿Qué fuerza invisible nos empuja hacia un nuevo destino en estos días?

Coinciden la Pascua cristiana, el Pésaj judío y energías cósmicas en un momento único que invita a la transformación personal y colectiva, según reflexiones espirituales sobre liberación y renacimiento.

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¿Qué fuerza invisible nos empuja hacia un nuevo destino en estos días?

Lo invisible nos empuja hacia un nuevo destino en un momento único donde coinciden celebraciones espirituales y energías cósmicas, invitando a una transformación personal y colectiva que muchos ya sienten.

Hoy, para los cristianos, es domingo de Pascua de Resurrección. Para el pueblo judío, son días de Pésaj. La humanidad acaba de atravesar el equinoccio y fue bañada por la energía de una luna llena de iniciación.

Estos tiempos pueden leerse en diferentes claves y en múltiples dimensiones. Las conexiones entre nosotros, y de nosotros con el mundo, se están resignificando con una aceleración difícil de procesar.

Una invitación a la transformación

Todos y cada uno de estos movimientos son una invitación a animarnos a dar un paso, a comenzar una travesía de liberación, a transformarnos y a atrevernos a crear una nueva vida. Dependiendo de la forma en que podamos habitar el presente y del trabajo interno que hemos venido haciendo hasta acá, esa invitación se siente como una fuerza renovada o como una insoportable presión.

“Por las buenas o por las malas”, la vida nos pide un movimiento, individual y colectivo, como personas y como humanidad en evolución. Para transitarlo en la mejor frecuencia posible, necesitamos dejar de resistirnos.

Las palabras Pascua y Pesaj tienen el mismo origen (Foto: Freepik)
Las palabras Pascua y Pesaj tienen el mismo origen (Foto: Freepik)

Hoy, el cristianismo celebra la resurrección a una nueva vida; el pueblo judío transita, en Pésaj, los días intermedios, en los que el camino hacia la liberación ha comenzado, pero su sentido todavía no ha sido revelado plenamente.

Preguntas que nos interpelan

Las preguntas inscriptas en este tiempo también nos alcanzan: ¿qué partes de nosotros siguen aferradas a lo que ya no suma vida a nuestra vida? ¿Qué aspectos internos se han transformado? ¿Cuáles, recién nacidos, necesitan que los maternememos, que los nutramos y que los sostengamos? ¿Qué caminos se nos abren para atravesarlos con paciencia y valentía?

“Encarar la vida en clave pascual admite múltiples lecturas”, explicaba el padre Edu Mangiarotti en una publicación que hicimos hace unos años. “Abrazar los cambios y los procesos que nos enfrentan a la muerte y a la resurrección es una de ellas”.

Este tiempo también nos propone la posibilidad de buscar más profundo y de dejar atrás los patrones autodestructivos de conducta, los mandatos esclavizantes, nuestras mezquindades, nuestros egoísmos y todo lo que nos conforma como ‘el hombre viejo’.

La muerte simbólica que precede al renacer

“Cuando experimentamos una transformación, algo en nosotros muere para que emerja un ‘yo’ más verdadero”, continuaba Mangiarotti. “Para que esto se produzca, no es condición ir a un retiro, hacer un viaje iniciático o provocar una experiencia de otro orden. Podemos permitir que nazca un nuevo ‘yo’ a través de las coordenadas de nuestra vida concreta, abrazando también el mundo en el que vivimos, con sus luchas y tensiones”.

Aun si sentimos que estamos en medio del desierto, a merced de los vientos cambiantes, sin refugio ni dirección, necesitamos dar un paso. En algún momento, la esclavitud se termina, el peregrinaje llega a su fin y encontramos nuestra tierra prometida.

Llega también un tiempo en que las cruces que cargamos dejan de pesar y el sufrimiento se transforma en redención. Todos los que atravesamos muchas muertes simbólicas sabemos que podemos renacer a una nueva vida.

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