Publicó lombrices en Mercado Libre y el mismo día ya vendía: hoy factura $190 millones al año

Buscaba tierra para sus plantas y terminó publicando lombrices en Mercado Libre. El mismo día ya tenía ventas y a los dos días pedidos para toda la semana. Lo que empezó en un garage hoy es un vivero con café, talleres y más de 400 plantas.

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Publicó lombrices en Mercado Libre y el mismo día ya vendía: hoy factura $190 millones al año
Publicó lombrices en Mercado Libre y el mismo día ya vendía: hoy factura $190 millones al año

Julián González Oliva empezó criando lombrices como un pasatiempo en el patio de su oficina. Armó una compostera con lo que tenía a mano, producía su propia tierra y humus, y estudiaba cómo mejorar el proceso. En plena pandemia se animó a probar si alguien le compraría las lombrices que generaba. La respuesta llegó el mismo día que publicó el aviso en Mercado Libre.

"Lo publicó en Mercado Libre y el mismo día ya estaba vendiendo y a los dos días tomando pedidos para la semana siguiente", le contó a TN Luciana Amicone, su pareja y cofundadora de Ada Jardín, el emprendimiento que con los años sumó plantas, talleres, paisajismo y una cafetería.

Al principio Luciana miraba el compostaje con desconfianza: lo asociaba con suciedad y malos olores. Pero cuando los pedidos pasaron los 20 por día, parte de la producción se mudó al garage de la casa familiar.

"Yo estaba todo el día en casa con los chicos preparando los pedidos. Nos organizamos para repartir ofreciendo envíos sin cargo en unos diez barrios; subíamos a los chicos al auto y repartíamos entre cuatro y seis horas por día", recordó.

Cuando la logística familiar quedó chica, sumaron un servicio de motos, ampliaron la producción y empezaron a recibir pedidos de mayor escala. Ese hobby se transformó en un negocio que hoy factura más de $190 millones anuales.

De juntar hojas en otoño a vender kilos de lombrices

La mayoría de los clientes busca lombrices para compostar en su casa. Un núcleo de unos 200 gramos alcanza para arrancar una compostera doméstica. Pero también aparecieron emprendimientos agroecológicos y agrícolas que necesitaban otro volumen: llegaron pedidos por 80 o 90 kilos, mucho más abono orgánico del que la familia podía aportar.

Para alimentar a las lombrices y hacerlas reproducir, empezaron a recorrer verdulerías del barrio y por la noche pasaban a buscar los descartes de frutas y verduras. "En otoño juntábamos bolsas con hojas secas en las esquinas que dejan los barrenderos", relató Luciana. La materia prima estaba alrededor y buena parte del crecimiento inicial dependió de aprender a aprovecharla.

Los propios clientes marcaron el paso siguiente. "Toda la evolución del negocio fue escuchando lo que la gente nos pedía", explicó Julián. Quienes llegaban a retirar lombrices empezaron a preguntar por fertilizantes, sustratos, productos para combatir plagas y otros insumos, así que acumularon mercadería en el garage con la idea de lanzar una tienda online.

El cambio llegó cuando encontraron un local cerca de su casa que ni siquiera tenía cartel de alquiler. "Le tiramos una tarjeta por debajo de la puerta y el dueño nos llamó al día siguiente", recordó Luciana. Las ventas de lombrices alcanzaban para pagar el alquiler. La operación se cerró en septiembre de 2022 pensando en usarlo como depósito.

Un depósito que terminó siendo un vivero con 400 plantas

El depósito nunca funcionó solo como depósito. "Lo que iba a ser un depósito terminó siendo un vivero con más de 400 plantas", resumió Luciana. La afición de Julián ocupó el espacio y empezaron a presentarlo como una tienda de plantas para diferenciarlo del vivero tradicional.

La apertura al público llegó en diciembre de ese mismo año. Para acondicionar el lugar usaron ahorros personales y ellos mismos hicieron gran parte de la refacción. La rutina se acomodó alrededor de sus hijos. "Dormíamos a los chicos, nos íbamos al local con el baby call y nos turnábamos para controlar que todo estuviera bien", contó Julián.

Durante los dos años siguientes se repitió otro pedido entre los visitantes. "La gente nos empezó a decir que se quedaría a tomar un café o a hacer home office ahí", contó Luciana.

Así llegó la gastronomía, que exigió una nueva inversión. Vendieron el auto para aportar capital y atravesaron la obra con el negocio abierto y los hijos en casa. "Trabajamos de noche durante dos meses sin poder cerrar al público, porque había que cuidar las plantas del polvo y mantenerlas", explicó.

En noviembre de 2024 inauguraron el café. Desde entonces, algunos clientes van exclusivamente a desayunar o merendar, otros entran a comprar una planta y muchos combinan las dos experiencias.

Un negocio que sigue siendo familiar

La cafetería también los obligó a aprender un oficio que ninguno conocía. "Para el café contratamos a dos baristas porque no sabíamos nada de café. Nos capacitamos y ellos estuvieron un año", contó Luciana. Hoy mantienen un equipo de tres personas para la operación cotidiana.

La actividad se extendió fuera del comercio: hacen mantenimiento y cuidado de plantas en casas y empresas, incluso en oficinas, y convocan colaboradores cuando necesitan sumar manos.

Los talleres se convirtieron en otra fuente de ingresos. Primero fueron encuentros gratuitos sobre compostaje y cuidado de plantas; después incorporaron experiencias pagas, entre ellas la construcción de terrarios tropicales, pequeños ecosistemas armados dentro de frascos de vidrio. "Llegamos a recibir a 100 personas por fin de semana", señaló Luciana.

La mezcla de actividades no estaba prevista cuando Julián empezó a compostar. Tampoco el nombre. Ada era una cuenta de Instagram que Luciana había creado en 2020 para su suegra, Ada, donde publicaba fotos de los nietos y del jardín familiar. La había llamado El jardín de Ada, aunque el usuario quedó registrado como Ada Jardín. Cuando empezaron a vender lombrices, reutilizaron esa cuenta para responder consultas y compartir guías sobre compostaje. Los seguidores crecieron tanto que decidieron conservar el nombre al abrir el local. "Básicamente le robamos el Instagram a mi mamá", bromeó Julián.

Ahora analizan la posibilidad de abrir un segundo local. "Nuestro sueño es mantener la identidad y la esencia de comunidad, donde el cliente se sienta escuchado y no sea solo despachar café o vender", explicaron. El crecimiento, aseguran, dependerá de conservar esa misma atención cercana.

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