Produce cebolla para vender, pero lo que hace con el maíz y la alfalfa sorprende a todos
En el Valle de Viedma, una familia produce cebolla para vender y cultivos para alimentar a su ganado. Pero hay un detalle en su sistema que pocos productores aplican y que les cambia las cuentas.
En el Valle de Viedma, una familia combina agricultura y ganadería en un sistema que no deja nada librado al azar. Antonio Cantera y su padre Elvio llevan adelante un establecimiento donde cada lote tiene un destino y cada cultivo cumple una función.
El equipo de RÍO NEGRO RURAL recorrió la chacra junto a los productores. El día estaba soleado, pero el viento patagónico se hacía sentir. En los cuadros, algunas parcelas ya habían sido cosechadas y otras se preparaban para la próxima siembra.
De la construcción y la panadería al campo
Elvio viene de una familia de origen italiano que primero se dedicó a la construcción y luego a la panadería, en Patagones y Viedma. La primera chacra en el Valle de Viedma se compró en 1985, sobre el camino 4. Después se sumó un campo familiar del lado de Patagones, que hoy integra el circuito de recría.
No hubo un momento único en que la familia pasó a ser productora agropecuaria. Fue un proceso en el que una actividad llevó a otra. Antonio terminó haciendo del campo su ocupación principal. «Siempre me gustó el campo», cuenta.
Cría, recría y terminación: el ciclo completo
Antonio tiene unas 250 vacas madres en un campo de monte de aproximadamente 3.000 hectáreas, en la zona de entrada a El Salado. Allí comienza el ciclo ganadero. Las vacas están en campos de secano y el servicio es natural. El porcentaje de preñez se ubica, según los años, en 85%.
Los terneros permanecen con sus madres hasta alcanzar unos 150 kilos. Entonces dejan el campo de monte y comienza el traslado hacia Carmen de Patagones. «Al pie de la madre, a los 150 kilos se lo saco y me lo llevo al campo de Cagliero», cuenta Antonio. Allí realiza la recría a campo: los animales pasan de 150 a 250 kilos y reciben, cuando es necesario, verdeos como avena y cebada. Después vuelven al Idevi para la terminación a corral.
La comida se produce en la propia chacra
Antonio tiene alrededor de 400 animales en engorde. Para alimentarlos produce buena parte de lo que necesita en las hectáreas bajo riego. «Acá lo que hago es producir la comida para los animales», explica mientras recorre los lotes.
El maíz es uno de los grandes protagonistas: en la última campaña tuvo unas 230 hectáreas sembradas y obtuvo un rendimiento promedio de aproximadamente 10.800 kilos por hectárea. La mayor parte del grano queda dentro del establecimiento y termina en los corrales. La alfalfa cumple una función similar: entre 70 y 80 hectáreas destinadas a este cultivo, de las que produce rollos para la alimentación.
La lógica es transformar los cultivos en carne. «Yo produzco más cantidad de comida de la cantidad de madres que tengo. Entonces salgo a comprar terneros y los engordo», explica. Por eso el sistema no se limita a la hacienda propia: además de los terneros que nacen de sus vacas, compra animales de afuera para aprovechar la capacidad de alimentación y terminación. En el corral reciben rollos de alfalfa, núcleo, maíz y silo de autoconsumo. El objetivo es llevarlos hasta unos 380-400 kilos para enviarlos a frigorífico.
Una chacra donde cada lote tiene un destino
En este establecimiento no hay cultivos aislados. Un lote puede haber tenido pastura, después cebolla y posteriormente maíz. La rotación es una de las herramientas que Antonio utiliza para manejar las hectáreas. «Trato de repetirlo lo menos posible», explica.
En la campaña pasada, además de las 230 hectáreas de maíz y las 70-80 de alfalfa, tuvo alrededor de 40 hectáreas de cebolla. La agricultura tiene dos destinos diferentes: mientras el maíz y la alfalfa están principalmente vinculados a la ganadería, la cebolla tiene una finalidad comercial.
La cebolla, una producción que creció
Antonio comenzó a producir cebolla de manera sostenida hace unos cinco años. Antes también había trabajado con tierras alquiladas, pero con el tiempo fue aumentando la superficie propia destinada al cultivo. La cebolla se siembra en agosto y se cosecha aproximadamente en febrero. En esta chacra, el cultivo se riega por gravedad, mediante inundación. Después de la cosecha, la cebolla queda en cordones y puede permanecer allí hasta que llegue el momento de comercializarla.
El rendimiento habitual ronda las 3.000 bolsas por hectárea, aunque hay campañas en las que logra más y otras en las que obtiene menos. El mercado también cambia de un año a otro. Brasil es uno de los destinos posibles, pero no siempre la producción termina allí.
En la última campaña, Antonio vendió toda la cebolla en el mercado interno. Esperó varios meses antes de desprenderse de la producción. La bolsa de 20 kilos comenzó cotizando, según recuerda, entre $4.000 y $5.000. Cuando terminó de venderla, el promedio estuvo entre $11.000 y $12.000. «Es muy relativo la cebolla», dice. El cultivo, además, se integra al esquema de rotación de los lotes.
«Todo sirve en nuestro país»
El sol todavía acompañaba la recorrida, el viento no aflojaba y los loros continuaban cruzando de un cuadro a otro. En uno de los lotes, Antonio mostró el trabajo que están haciendo para preparar la próxima siembra de maíz. La campaña anterior terminó hace poco y el suelo ya vuelve a prepararse para recibir otro cultivo.
Antes de despedirse, Elvio dejó una frase que resume no solo el recorrido de la familia, sino también su manera de entender el trabajo: «Todo es lindo cuando uno trabaja. Acá, en nuestro país, todo sirve. El asunto es meterle trabajo, dedicarle horas y seguir siempre para adelante, siempre trabajando».