Probar la comida del Papa, el secreto que guardó uno de sus cuatro custodios en Córdoba
¿Qué hizo Fabio Bergese cuando tuvo que cuidar a Juan Pablo II en Córdoba y por qué todavía guarda un objeto que le regaló el Papa? La historia detrás de uno de los cuatro policías elegidos para una misión que jamás imaginó.
Fabio Bergese tenía 21 años cuando lo eligieron entre 350 policías para cuidar a Juan Pablo II en su visita a Córdoba, en 1987. Casi cuatro décadas después, todavía atesora el rosario que el pontífice le regaló y una frase que lo resume todo: “Fui bendecido por un santo”.
Bergese había entrado a la Policía de Córdoba a los 17 y para la visita papal ya formaba parte de la Dirección General de Inteligencia. La preparación arrancó dos o tres meses antes, en una época sin celulares, drones ni cámaras: todo se planificaba con papel, lápiz y carpetas.
“Fue caminar con una carpeta, investigar toda la Hipólito Yrigoyen desde Patio Olmos hasta la Plaza de España, departamento por departamento, verificando quiénes vivían en cada lugar porque sabíamos que el Papa se quedaba esa noche”, recuerda en diálogo con TN.
El trabajo consistía en anticiparse a cualquier riesgo y controlar cada movimiento en el recorrido. Había que sacar antecedentes y evitar que, durante la estadía del pontífice, hubiera personas ajenas a los vecinos de la zona. “Fue un trabajo de hormiga, no teníamos ningún tipo de tecnología”, sintetiza.
De 350 policías a solo cuatro elegidos
La planificación se hizo junto a la Guardia Suiza, el servicio secreto del Vaticano y efectivos de la Policía Federal que habían llegado a la provincia dos meses antes. Entre todos definieron el operativo y los protocolos para acercarse al Papa.
Fabio y un compañero fueron seleccionados para trabajar con dos integrantes de la Federal. Con el tiempo, el grupo se achicó aún más: de los 350 policías asignados, solo cuatro quedaron habilitados para ingresar junto a la Guardia Suiza.
Antes de la llegada de Juan Pablo II, los custodios recibieron instrucciones precisas. “Ellos nos dijeron cómo teníamos que manejarnos, qué le gustaba, qué no, cómo había que arrimarse. Era muy distinto porque era una persona con un aura especial”, explica Bergese.
La responsabilidad pesaba el doble: el pontífice había sufrido un atentado en el Vaticano y todos sabían que cualquier error podía ser fatal. “Nosotros teníamos un peso encima terrible por lo que había pasado en el Vaticano. Acá nos dijeron: no tiene que pasarle nada, ni siquiera tiene que haber ni un comentario”, rememora.
Con la Guardia Suiza el vínculo terminó siendo de confianza. “Se fueron con la boca abierta con nosotros porque también somos profesionales y les dimos a entender que no le iba a pasar nada”, cuenta.
El día que probó la comida del Papa
Cuando Juan Pablo II llegó a Córdoba, la custodia oficial armó el primer anillo de seguridad. Una vez que el Papa ingresaba al Arzobispado, la responsabilidad pasaba a los policías seleccionados. Allí se produjo uno de los episodios más insólitos: Bergese tuvo que probar la comida del pontífice.
“Él traía un menú que le habían preparado, arrollados de pollo con papas a la crema, y yo lo probé. Nosotros teníamos que probar porque era la forma de cuidarlo”, relata.
Esa misma noche, después de la cena, unas 100.000 personas se agolpaban frente al Arzobispado para ver al Papa. Para Bergese era un problema de seguridad, pero también vislumbró una salida.
“Le aconsejé a los muchachos de la Guardia Suiza que, si podían hablar con Su Santidad, le dijeran que hablara dos palabras a la gente para que se fueran porque querían verlo y escucharlo”, recuerda.
La respuesta llegó tras una consulta: Juan Pablo II salió al balcón. “Al rato sale hacia uno de los balcones y después de bendecirlos, dice: ‘Yo sé que a los cordobeses les gusta no dormir, pero esta noche se tienen que ir a dormir porque tenemos la misa al otro día’”.
El mensaje funcionó para una parte de la multitud. Muchos se retiraron; otros, los menos, decidieron quedarse igual a pasar la noche. El Papa permaneció unos cinco minutos en el balcón y volvió a descansar. “Me felicitaron y me dijeron: ‘Qué buena idea que tuviste’”, recuerda Bergese.
Una cena con el pontífice y un gesto que no olvida
La custodia también le permitió a Bergese vivir una escena impensada: esa noche cenó junto al Papa, con sus tres compañeros y el arzobispo de Córdoba, Raúl Primatesta.
El recuerdo no es el de una figura distante, sino el de un hombre que buscaba compartir la mesa. “Él, en vez de sentarse en la punta de la mesa, se sentó a un costado y le dijo a Primatesta: ‘Siéntese usted, que es de acá de Córdoba’. Él se sentó con todos y contaba los viajes que había tenido”, relata.
Entre esas historias, Juan Pablo II mencionó que había estado en lugares donde las bombas caían cerca. Pero hay una imagen que quedó grabada a fuego: el momento en que pudo estar frente a frente con el pontífice.
“Yo lo describo como una persona con un aura impresionante, impoluta, con una educación que pocas veces vi, inteligente, que sabía siete idiomas, humilde, simple”, dice. Y agrega: “Vos lo veías y era un hombre alto, polaco, te dabas cuenta de que despedía una energía propia”.
El contraste entre la magnitud de la figura y la naturalidad del encuentro fue difícil de procesar. “Verlo entrar, saludar, tocándote la mano y agradeciéndote de haberlo cuidado, vos quedabas sorprendido”, recuerda.
La vez que le tomó la mano y le besó el anillo todavía está marcada en su memoria. La reacción de Juan Pablo II lo sorprendió: “Nos dio un abrazo a cada uno de los que estábamos ahí”.
También recuerda que el Papa bendijo objetos de valor íntimo: una medalla de bautismo de su hija mayor y su alianza de matrimonio.
El rosario, las fotos y una pregunta que se repite
Han pasado 39 años desde aquella visita. Bergese se retiró de la Policía, se recibió de licenciado en Seguridad Ciudadana y hoy trabaja como apoderado en el gremio de la UTA. Pero aquella experiencia sigue ocupando un lugar central en su vida.
“Veo las fotos que tengo en el respaldar de mi cama todas las noches y digo: ‘¿Sos vos, Fabio?’”, cuenta entre risas.
Conserva el rosario que Juan Pablo II les regaló —cinco para cada uno de los integrantes de aquel reducido grupo— y una fotografía autografiada para cada uno.
“Fui bendecido por un santo. Ahora a dónde voy no sé, si voy al cielo o dónde, pero ojalá se acuerde de mí”, dice.
Con la perspectiva de los años, siente que aquella experiencia marcó su vida de una manera incomparable con cualquier otro procedimiento en sus más de tres décadas de servicio.
“Después de 30 años en la Policía, que he estado en muchos procedimientos, esto del Papa es algo que en mi vida imaginaba. Imaginaba enfrentamientos, procedimientos con delincuentes, pero estar con esta figura...”, reflexiona.
“Lo que pasó es irrepetible, para mí ha sido y será el mejor Papa que hubo en la historia, el carisma que tenía ese hombre no lo tiene cualquiera, por algo fue canonizado”, sostiene.
Y vuelve a la misma conclusión: “Yo creo que ser santo es el nombre justo que le tenían que poner. Yo no sé cómo es estar con Dios, pero debe ser algo así, tan fuera de contexto”.
El recuerdo de Juan Pablo II se mezcla con el orgullo por el trabajo de la Policía de Córdoba y del equipo que llevó adelante el operativo junto a la Guardia Suiza y la Policía Federal. “Con sus ideas, de la Guardia Suiza, y las nuestras hacíamos un grupo perfecto, era un trabajo en equipo”, destaca.
Bergese también reconoce la labor de la institución policial y menciona especialmente a Hugo Burciac y Carlos Gianenotti, ambos integrantes de la Policía Federal de Inteligencia que participaron del operativo junto a él. “En esa época era todo a pulmón”, resume.
Y encuentra una frase para explicar lo que significó aquella experiencia: “Me siento realizado”. Después de tantos años, todavía le cuesta ponerlo en palabras: “Es una alegría que no se puede demostrar más que así, contándolo. Va más allá de una emoción profunda, los sentimientos que uno tiene ante semejante personalidad no se pueden describir”.
Quizás por eso, cuando recuerda aquella visita, Bergese no habla solamente de un operativo policial. Habla de un encuentro que, para él, llegó casi como un regalo inesperado. “Fue algo tan natural, especial, vino como una bendición”, concluye.