Piero volvió a Allen y reveló el secreto que escondía en el seminario de Viedma
Más de treinta mil personas, un dúo con su hija Fiorella y un vecino de toda la vida esperándolo en el café Aurelio: así fue el regreso de Piero a Allen, la ciudad que lo vio crecer.
El cantautor Piero regresó a su querido Allen y mantuvo un mano a mano con Diario RÍO NEGRO, después de concretar su histórico retorno a los escenarios del Alto Valle en la Fiesta Nacional de la Pera.
Radicado junto a su familia italiana en la ciudad en 1951, el creador de melodías populares repasó sus travesuras infantiles en las acequias, rememoró los primeros acordes ensayados a escondidas durante su formación religiosa en Viedma y definió la pertenencia comunitaria como un lazo indestructible que el tiempo jamás logró apagar.
Los canales de riego y la vergüenza con Castillo
Durante el diálogo telefónico, concedido mientras entonces vacacionaba en San Carlos de Bariloche, Piero reconstruyó con nostalgia los paisajes cotidianos que forjaron su sensibilidad artística. Recordó los chapuzones estivales en las aguas del canal de riego junto a sus amigos de la infancia.
«Son muchos los recuerdos que se vienen, entre ellos, cuando íbamos a la acequia con mis amigos para bañarnos, en una época donde todo era juego y libertad compartida», había señalado.
El músico también evocó con picardía su primer intento de cantar en público en el Club Unión Alem Progresista, durante una visita del popular tanguero Alberto Castillo.
«Me pidieron que cante alguna de sus canciones, pero me olvidé la letra por completo y me dio una vergüenza enorme», confesó entre risas.
Ese traspié inicial, lejos de desalentarlo, consolidó una vocación que se nutrió de la fonola y los tocadiscos que comercializaba su padre, sumado a las canciones cotidianas que su madre entonaba en el hogar familiar.
El seminario de Viedma y las cuerdas de alambre
La revelación más singular compartida con Diario RÍO NEGRO giró en torno a cómo aprendió a ejecutar la guitarra mientras cursaba sus estudios secundarios como seminarista en la capital provincial, recurriendo a un ingenio notable para burlar las restricciones disciplinarias.
«Un chico que estaba frente a mí tocaba ‘Zamba de mi esperanza’ y yo miraba con atención dónde colocaba sus dedos; un día hice la parodia de que me sentía mal y tenía que ir a la enfermería, aprovechando ese momento para practicar acordes con unos alambres que até a la cama para no despertar a los demás internados», recordó entonces.
Aquella chispa juvenil, impulsada más tarde por un sacerdote que envió una grabación a la televisión de Buenos Aires, derivó en una carrera continental.
El debut de su hija y el reencuentro en el café Aurelio
En su visita a Allen, esa trayectoria sumó un hito afectivo único: el debut sobre el escenario de su hija Fiorella, con quien interpretó a dúo la pieza «Mundo de fruta encendida» ante más de treinta mil personas.
Además, compartió un emotivo pasaje con el líder de Kapanga y se reencontró con su vecino de toda la vida, Lorenzo Brevi, en el tradicional café Aurelio.