Perdió todo en la guerra y lo esperó 21 años: el día que el avión abrió la puerta y no pudo creer lo que vio
Cinco años preso, una casa destruida y 21 años de búsqueda sin respuestas. Cuando todos le decían que era imposible, una carta desde Suecia le cambió la vida para siempre.
La historia de Jurgen empezó en Bergen, Noruega, y tuvo su capítulo más increíble en Ezeiza. Violinista precoz —debutó a los 17 años con la Orquesta Sinfónica de su país—, se enamoró en 1937 de Ingrid, una muchacha rubia que tocaba en la misma orquesta. Se casaron al año siguiente y se instalaron en una aldea de pescadores de apenas cien habitantes. Allí llegaron las gemelas Hop e Ilse, que en noruego significan Esperanza e Ilusión.
La guerra lo cambió todo. Jurgen fue movilizado y cayó prisionero de los alemanes. Pasó cinco años de cautiverio sin recibir una sola noticia de su mujer ni de sus hijas. Cuando terminó el conflicto y recuperó la libertad, volvió a su pueblo: no quedaba una casa en pie ni nadie que pudiera decirle dónde estaban. Su corazón, en cambio, insistía en que seguían con vida.
De Noruega a Sudamérica, con una foto en la cabeza
Recorrió Noruega entera sin resultado. Alguien le habló de compatriotas que habían emigrado a Sudamérica y hacia allí partió, a comienzos de 1946. Tenía 32 años, aunque aparentaba muchos más. Buscó en Brasil, después en Uruguay y finalmente llegó a la Argentina. En la embajada de su país recibió siempre la misma respuesta negativa.
Se instaló en una zona apartada del sur del Gran Buenos Aires y abrió un bazar pequeño al que bautizó Ingrid, en homenaje a su esposa. Pasaron quince años. Los vecinos lo tenían por un ejemplo de corrección y honestidad. Él repetía: “El honor es como la nieve; una vez perdida su blancura, ya no puede recobrarse”. Y también: “El dinero es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed produce”.
Mientras tanto, las preguntas no paraban. Sus hijas ya tendrían 23 años. ¿Se habrían casado? ¿Tendrían hijos? ¿Y su Ingrid? Una noche imaginó a su esposa festejando a la distancia las bodas de plata: 25 años de casados, separados por un océano.
La carta que llegó desde Suecia
Una mañana, una carta procedente de Suecia llegó a sus manos. Creyó reconocer la letra y tembló antes de abrirla. Cuando por fin rasgó el sobre, confirmó lo que más deseaba: era de Ingrid. Adentro venía una foto de su esposa junto a dos hermosas y espigadas muchachas rubias.
Tres meses después, el 11 de febrero de 1961, un hombre alto y de cabellos totalmente blancos —pese a tener apenas 47 años— llegó al aeropuerto internacional de Ezeiza. Era Jurgen. Esperaba la llegada de un avión, inmensamente feliz. El pájaro de acero aterrizó suavemente y se abrió la portezuela. No podía creer lo que veían sus ojos: ahí estaba su familia entera. Su esposa, sus hijas, su vida toda.
La historia de este inmigrante noruego demuestra que se puede vivir sin presente, pero no sin futuro. Y cierra con un aforismo que le queda a medida: “Un solo resplandor ilumina una existencia”.