Pasaron de 2.000 a 60 litros por hectárea: el cambio que pone a prueba a los drones en la fruticultura del Alto Valle
Bajar de 2.000 a 60 litros por hectárea parecía una simple cuestión de ahorro de agua. El caldo se concentra 33 veces y la gota que sale del dron ya no es la misma que llega a la hoja: qué se juega el Alto Valle con esta tecnología.
La llegada de los drones agrícolas está reescribiendo las reglas de la pulverización en el Alto Valle. Lo que durante décadas se hizo con equipos hidroneumáticos que superaban los 2.000 litros por hectárea hoy se ensaya con apenas 40 a 80 litros, y ese salto obliga a revisar desde la preparación del caldo hasta la forma en que la gota llega al árbol.
En el país, estimaciones del sector hablan de 90 equipos vendidos en 2023 y un parque que rondaría los 4.000 drones hacia 2026. En la región, la tecnología permite trabajar sectores complicados sin meter maquinaria pesada en el monte y achicar la demanda de agua. Pero no todo es automático: hace falta capacitación de operadores, criterios de calibración y mantenimiento, y un marco regulatorio que acompañe.
El ingeniero agrónomo Leandro A. Pisano, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Comahue, repasa los cinco frentes que la actividad tiene por delante. Su advertencia inicial es clara: cubrir más hectáreas en menos tiempo no equivale a depositar mejor el producto ni a un control biológico más efectivo.
El caldo que se concentra 33 veces
Si se conserva la dosis de producto comercial por hectárea y el volumen baja de 2.000 a 60 litros, la concentración en el tanque del dron se multiplica unas 33 veces. No se trata solo del ingrediente activo: también se concentran solventes, tensioactivos, dispersantes, emulsionantes y otros coformulantes de cada fitosanitario.
Las distintas formulaciones —suspensión concentrada, concentrado emulsionable o granulado dispersable— pueden reaccionar de manera diferente. Con menos agua podrían cambiar la viscosidad, la tensión superficial, la estabilidad o la compatibilidad de la mezcla. Una preparación que era estable muy diluida puede espumar, sedimentar o separar fases.
Entran en juego además la calidad del agua, la solubilidad, la dosis de coadyuvantes y el orden en que se mezcla. Sostener la homogeneidad entre cargas es clave, sobre todo si el equipo no tiene agitación permanente. Hay que evitar obstrucciones y respetar los límites de concentración dentro de los usos autorizados.
La gota tiene que entrar en la copa
Manzanos, perales y cerezos arman copas tridimensionales, con hojas, ramas y frutos en posiciones muy distintas. Las pulverizadoras hidroneumáticas llevan las gotas con aire lateral; los drones generan un flujo descendente, el downwash. Ese flujo puede ayudar al transporte, pero depende de los rotores, de la altura y la velocidad de vuelo y de la resistencia del follaje.
Una buena deposición arriba no asegura llegar al interior de la copa, al envés de las hojas ni a las plagas que se refugian allí. También cuentan la trayectoria, el tamaño de gota, el ancho efectivo de trabajo y el solapamiento entre pasadas. El ancho que declara el fabricante no siempre coincide con la distribución real: hay que verificar la uniformidad y ajustar la operación al monte y al blanco sanitario.
Menos agua no es sinónimo de menos contaminación
Desde que se forma hasta que toca el blanco, una gota puede evaporarse o desviarse por el viento; al impactar, puede extenderse, quedar retenida, rebotar o escurrir. La baja humedad relativa y los vientos frecuentes del Alto Valle vuelven decisivo repensar todo el proceso.
Las gotas pequeñas generan más impactos con el mismo volumen, pero son más vulnerables a la deriva y a la evaporación. Al perder agua, sube la concentración de los componentes no volátiles: la gota que llega a la hoja puede no ser la misma que salió del equipo. La formulación y los coadyuvantes influyen en ese comportamiento.
Usar menos agua reduce el abastecimiento y el transporte, y puede bajar ciertas pérdidas por escurrimiento. Es una oportunidad, aunque no garantiza contaminar menos. La clave pasa por medir el depósito y sus pérdidas.
Cobertura, depósito y eficacia no son lo mismo
Las tarjetas hidrosensibles muestran impactos y permiten estimar cobertura, pero no cuantifican cuánto ingrediente activo quedó depositado. Dos tratamientos pueden cubrir superficies distintas y dejar cantidades parecidas de producto, o mostrar coberturas similares con depósitos diferentes.
Con mayor concentración, menos cobertura no implica necesariamente menor eficacia, pero tampoco asegura una dosis suficiente. Todo depende de la distribución, de dónde esté la plaga o la enfermedad y de si el producto actúa por contacto, tiene acción translaminar o se mueve de forma sistémica.
Por eso hay que complementar las tarjetas con mediciones de depósito mediante trazadores o análisis químicos y, sobre todo, con ensayos de eficacia biológica. La pregunta de fondo es cuánto ingrediente activo llega al sitio donde debe actuar y si alcanza para el control esperado.
¿Se puede usar menos producto?
Bajar el agua por hectárea es un avance, pero la meta agronómica y ambiental puede ser más ambiciosa: investigar si, mejorando el depósito y reduciendo las pérdidas, se podría lograr el mismo control con menos ingrediente activo por hectárea.
No se trata de recortar dosis por decisión arbitraria. La posibilidad exige ensayos por cultivo, producto y organismo, sin comprometer la eficacia, favorecer resistencias ni salir de los usos autorizados. Hay que vincular dosis aplicada, depósito, distribución y respuesta biológica.
También hay que evaluar residuos y fitotoxicidad. Las mezclas más concentradas pueden modificar la exposición local de hojas y frutos, la absorción o la persistencia, aunque eso no implique automáticamente más residuo en cosecha ni daño vegetal. Otra línea de trabajo será desarrollar formulaciones pensadas para el bajo volumen.
Complemento, no reemplazo
Los drones no tienen que desplazar de inmediato a los pulverizadores hidroneumáticos. Ambas tecnologías pueden convivir según la especie, la arquitectura de copa, el producto y el problema sanitario. Para definir cuándo conviene cada una hacen falta investigación local, capacitación y trabajo conjunto entre productores, profesionales, universidades e instituciones.
El salto tecnológico no pasará solo por aplicar más rápido o ahorrar agua: pasará por demostrar que se pueden aprovechar mejor los fitosanitarios, sostener un control eficaz y reducir el impacto ambiental. Y, cuando la evidencia y las autorizaciones lo permitan, avanzar hacia menores cantidades de ingrediente activo por hectárea.
(*) Ing. Agr. Leandro A. Pisano | Facultad de Ciencias Agrarias – Universidad Nacional del Comahue. Email: [email protected]