Paraná tendría casi 300 años, pero un arqueólogo encontró pruebas de algo anterior
Un arqueólogo del Conicet presentó documentos y objetos que contradicen el relato fundacional de Paraná. Hay pruebas de una ocupación muy anterior a 1730, pero lo que encontró en una olla descolocó a más de uno.
El arqueólogo Alejandro Richard brindó una charla en el Colegio Nacional donde presentó hallazgos y documentos que muestran una ocupación del territorio previa a 1730, el año que la historia oficial marca como fundacional para Paraná. La ciudad está próxima a cumplir tres siglos, pero la evidencia indica que ya había vida, intercambio y mestizaje mucho antes.
Un origen mestizo y anterior a la fundación
Richard explicó que la capital entrerriana tiene raíces charrúas, guaraníes, afro, chaná timbú, europeas y chaqueñas. Según los materiales que estudia, hubo una "ocupación importante" del territorio con alta interacción de etnias incluso antes de que Santa Fe fuera trasladada a su sitio actual.
El investigador, graduado en la Universidad Nacional de Tucumán y doctor en arqueología por la UBA, es becario postdoctoral del Conicet. Fue invitado por profesores de Estética de la licenciatura en Filosofía de la Uader para disertar bajo el título "Matices de nuestro pasado colonial. Algunas miradas desde la Arqueología Histórica: materialidades y documentos".
En su exposición se refirió al proceso de paz alcanzado con las autoridades coloniales en la década de 1630, hace casi cuatro siglos, y mencionó documentos que prueban la existencia de familias costeras embarcadas en La Bajada antes de la fundación de la parroquia en 1730.
Pipas, cerámicas y un asentamiento jesuita
Richard se detuvo en sus estudios actuales sobre la interacción de distintas etnias, tratando de interpretar el hallazgo de numerosas pipas en el litoral a partir de la práctica de fumar. No solo tabaco: también chamico, cebil y otros vegetales.
En la zona del gran Paraná, analizó objetos encontrados en un asentamiento jesuita al sur del arroyo Las Conchas, con presencia de diversas etnias, y documentos que explican la vida allí hacia 1664. También compartió imágenes de materiales líticos y cerámicas recuperadas en Paraná, incluidas las típicas cabecitas de loro de la cultura Goya Malabrigo.
El arqueólogo explicó por qué tituló la charla con la palabra "matices": "titulé la charla 'matices' para no traer la palabra troncal que va a ser 'mestizaje'. Como algo que entra en juego y es disruptivo con estos constructos que plantean a las sociedades no occidentales como no sólo estáticas sino incapaces de cambio".
El trigo en la olla: ¿hispanización o continuidad?
Richard cuestionó ciertos prejuicios actuales. Señaló que, en algunos ámbitos, una persona indígena deja de serlo si usa ropa moderna. "Eso está muy en la idiosincrasia actual incluso, a raíz de este pensamiento colonizado, de alguien que opina 'esos no son mapuches, si tienen camisa y jean'. Occidente puede cambiar, 'no occidente', no", insistió.
A partir de allí planteó una serie de interrogantes sobre cómo se conoce e interpreta el pasado. ¿Cuánto hay de europeo, charrúa, guaraní, chaná o afro en una cerámica, una costumbre, una comida? Si en una olla aparecen restos de poroto, zapallo, maíz y también de trigo, ¿significa presencia europea o que un grupo indígena incorporó el trigo y siguió con su guisado habitual?
Para responder, se apoyó en tres casos que investiga personalmente: materialidades de Santa Fe La Vieja, la cuenca media del arroyo Las Conchas en el Parque General San Martín y la propia Paraná como espacio colonial.
Sobre el sitio del Parque San Martín, recordó que en la década del '90 Teresa Rocha y alumnos del profesorado de historia excavaron y recuperaron materiales que quedaron sin analizar en el museo Serrano. "Para mi tesis de grado retomamos esos trabajos e hicimos nuevas excavaciones para identificar este sitio", contó.
Allí aparecieron materiales líticos tallados y pulidos, fragmentos de tinajas, una cuenta de vidrio y las llamadas "bases planas" en la cerámica, un indicio de incidencia europea. Realizaron raspajes para identificar fitolitos y encontraron porotos y maíz, pero también trigo.
"Lo entendemos no como una hispanización de los grupos indígenas sino como una reconfiguración a partir de la irrupción colonial, donde la incorporación a un guisado de elementos con trigo responde más a una continuidad de una receta, de una cocina, que a una ruptura", apuntó.
Documentos que hablan de esclavizados y de una frontera porosa
Richard combinó la arqueología con los documentos históricos. Entre 1664 y 1679, los jesuitas tuvieron una estancia al sur del arroyo Las Conchas. Un documento guardado en el archivo del Museo Etnográfico de Santa Fe menciona que, por la muerte de esclavos y gente de servicio, el ganado se fugó hacia el río Gualeguay. Ese texto da la ubicación del casco de estancia, a dos leguas al sur de la desembocadura del arroyo, y es la primera mención al trabajo de personas esclavizadas en esta zona.
Otro documento de 1678, un bando del gobernador, prohíbe el comercio de vinos con los charrúas porque, según el texto, se embriagaban y el alcohol generaba alzamientos. El vino pasaba por La Bajada del Paraná camino a Corrientes y las carretas intercambiaban elementos con los indígenas del territorio. "Nos habla de la dinámica de esa frontera y de los matices de negociación, las percepciones de la territorialidad indígena", dijo.
El arqueólogo mencionó a dos personas de la región que aparecen en esos documentos: Diego González en La Bajada y Juan de Matos en Las Conchas. Sobre Matos, detalló: "es un maestro de sastre que conchaba en su taller a charrúas y su casa funciona como albergue de cuanto forajido vaya hacia Corrientes o venga desde Asunción o Corrientes".
¿La iglesia o el río? La disputa por el origen de Paraná
Richard puso en duda la idea de que Paraná haya nacido alrededor de una capilla. "Pongo entre signos de pregunta ese año 1730", afirmó, y señaló que las efemérides se construyen a partir de determinados relatos e instituciones. Cuestionó incluso la existencia de un fuerte con empalizada en torno a la capilla.
Propuso otra mirada: la importancia del río en el origen y crecimiento del poblado. "Vemos una disputa entre un discurso que va a proponer una ciudad mediterránea, en torno de una capilla, en el centro, en la plaza Primero de Mayo, y otras historias en torno del río, y por qué no, en torno a la presencia de sujetos indígenas y afromestizos", planteó, y habló de un "proceso multidireccional mestizo".
Los documentos eclesiásticos, como actas de defunción, matrimonio y bautismo, se conservan desde 1755. Allí aparecen pardos, indígenas, charrúas y guaraníes. Muchos guaraníes llegaron a La Bajada del Paraná tras el despoblamiento de las Misiones y los pueblos jesuíticos, formaron comunidades y se casaron entre ellos. Ya en el siglo XIX, esa comunidad se abrió al matrimonio con afrodescendientes y otros grupos indígenas.
Los censos: el río concentraba la población y el centro, los esclavizados
Los censos de 1820 y 1824 aportan datos concretos. El de 1820 dividió la ciudad en cuatro cuarteles. El cuarto, asociado al río y al noroeste, reunía casi la mitad de la población: 362 viviendas de las 765. Esto respalda la idea de un poblamiento orientado hacia el río y no solo al centro geográfico.
La población esclavizada representaba casi el 5,6% del total, con porcentajes más altos en el centro, donde vivían los propietarios. "El cuartel 2 tiene casi el 10% de su población esclavizada. Una de cada diez personas era esclava en el centro de Paraná. Y el cuartel 3 el 7,27%", precisó Richard. En el barrio del Tambor, en cambio, se registró el menor porcentaje.
El censo de 1824, realizado por el cura Álvarez, clasificó a la población en indios, blancos, negros y pardos. Richard advirtió que esas etiquetas eran negociables: "no es lo mismo un pardo vestido de una manera que un pardo bien vestido, negociando su estatus". Y agregó: "un nieto de guaraní que tiene determinado fenotipo, y lo van a anotar como indio y encontramos que un hermano, o un tío, es anotado como blanco".
Según ese censo, un 11,5% fue registrado como indígena, casi un 5% como negro y un 17,2% como pardo. "Tomamos con pinzas los números", aclaró.
Objetos que amplían la historia
Para Richard, la arqueología muestra una ocupación aún más profunda que los documentos. Mostró piezas del museo Antonio Serrano halladas en distintos puntos de la ciudad: cerámicas chaná timbú junto a candelabros coloniales en el Paracao, cuentas venecianas de la quinta de Pérez Colman, una pipa que ingresó al museo en 1946 y cerámicas monocromas rojas encontradas en la capilla San Miguel Arcángel, consideradas tradicionalmente hispano indígenas.
"Nos lleva a pensar qué es lo hispano indígena en el contexto del barrio del Tambor; qué es lo indígena y qué es lo afro", reflexionó.
Su propuesta central, según resumió al cierre, es poner en tensión los relatos que blanquean la historia y simplifican los procesos culturales, y reivindicar el trabajo interdisciplinario para investigar el pasado de forma crítica. "Traía más que nada preguntas, disparadores para conversar", concluyó.