Una observadora meteorológica de Bolívar y un capitán del Ejército pasaron casi un año en la base Marambio. El invierno les dejó una lección que no se aprende en ningún manual: el frío duele, y hay días en que afuera solo se aguanta diez minutos.
Victoria Criado es de San Carlos de Bolívar y nunca había tocado la nieve. Bajó de un Hércules en Marambio y pasó casi un año trabajando a la intemperie. El capitán Lucas Cabral, segundo jefe de la base, cuenta cómo se sostiene la vida en el continente blanco.
La Base Vicecomodoro Marambio cumplió 57 años el 29 de octubre. Inaugurada en 1969, su pista abrió un puente aéreo clave para la actividad argentina en la Antártida. La construyó la Patrulla Soberanía y permitió ampliar la conexión y el abastecimiento de un territorio de acceso difícil.
Detrás de la importancia histórica y logística hay personas que la hacen funcionar todos los días. Trabajan, comparten el comedor, hacen videollamadas con sus hijos y aprenden a leer el viento para saber cuándo se puede salir. Criado y Cabral, que en casa son Vicky y Lucas, relataron a ADNSUR cómo es esa vida, donde el orgullo por la misión convive con las ganas de volver a abrazar a la familia.
El primer aterrizaje: bajar del Hércules y entender dónde están
Criado es observadora meteorológica de superficie, aeronáutica y glaciológica. Es oriunda de San Carlos de Bolívar y trabaja en la unidad meteorológica de Olavarría. En 2024 se inscribió en una convocatoria para una campaña antártica y en abril de 2025 recibió el correo que puso en marcha los estudios médicos y la preparación. El 15 de noviembre de ese año subió al Hércules.
Recuerda la ropa de cruce, los pantalones negros y las camperas anaranjadas de sus compañeros. También la sensación de volar en una aeronave muy distinta a un avión de línea.
“Subirte al Hércules es algo increíble. Una cosa es subirte a un avión de línea, que vos tenés tu asiento, tu butaca. Pero ahí éramos todos anaranjados porque estábamos todos con la ropa de cruce”, recordó.
La emoción se desbordó al aterrizar. “Cuando se abre la puerta y vos bajás fue un estallido en mi cabeza, porque para mí fue la primera vez que veía la nieve. Fue realmente soñado haber pisado la Antártida. Es un sueño que agradezco poder cumplir”, expresó.
El paisaje le mostró algo desconocido: el mar congelado, los témpanos, los glaciares y el crujido de la nieve bajo los pies. A casi un año de aquella llegada, asegura que la capacidad de sorprenderse sigue intacta. Cambian el viento, la luz, las nubes y los fenómenos meteorológicos. Ningún día es igual a otro.
“No te alcanza la vista, no te alcanza el horizonte. Ahí distinguís realmente lo que es un mar congelado, lo que es un témpano, lo que es un glaciar”, describió. Y agregó: “Una noche totalmente despejada y estrellada es eso: ves todo. El cielo es tan limpio, es tan limpio acá todo, que se disfruta muchísimo”.
Cabral es capitán del Ejército y segundo jefe de la base. Su preparación empezó el año anterior al traslado e incluyó entrenamiento físico y mental, pero también conversaciones y acuerdos familiares para afrontar una separación larga.
“Nos preparamos física y mentalmente, nosotros y nuestras familias, para estar un año lejos. Estar conectados con fotos y videollamadas lo hace más llevadero, pero es muy difícil”, explicó.
La llegada tiene una intensidad que la preparación no alcanza a anticipar. “Llegás, bajás del Hércules y ves la bandera argentina flameando. Todo te llama la atención: el lugar, la gente, el paisaje. Uno se siente privilegiado de poder estar acá, es muy difícil poder lograrlo. Es un lugar hermoso y único, y un golpe visual muy importante”, relató.
El clima manda: la jornada arranca a las 8 y depende del viento
En Marambio la planificación tiene una condición permanente: el tiempo. Cabral contó que el día empieza con una reunión a las 8, donde se reparten las tareas y se evalúa si se pueden hacer.
“Empezamos el día con una reunión donde se distribuyen las tareas que se van a hacer, pero que siempre dependen del clima. Tenemos gente del Servicio Meteorológico que también nos va teniendo al tanto. Cortamos al mediodía, comemos algo y seguimos trabajando”, detalló.
El personal del Servicio Meteorológico aporta información para organizar las actividades. Después del almuerzo el trabajo continúa, aunque cualquier cambio en las condiciones puede obligar a modificar lo previsto. Esa dependencia también alcanza a los vuelos y a los relevos.
“Venir a la Antártida significa que uno no sabe cuándo viene ni cuándo se va. Es complejo por el tema del clima, que es muy cambiante y complica la operación aérea. Esto que estoy viviendo es lo más importante de mi vida profesional, es un sueño”, señaló el capitán.
La función central de la base es brindar apoyo logístico a la actividad científica. Marambio es una de las principales puertas de entrada de la logística argentina en la Antártida y permite desplegar personal y campamentos de investigación. En sus instalaciones también se hacen observaciones meteorológicas y estudios de la atmósfera.
“Nuestra función principal es darle apoyo logístico a las actividades científicas. Prestar apoyo para los científicos, que también se quedan en la base. Tenemos muchos que son parte de la dotación. Parece que no, pero hay un montón de organismos dentro de la base”, explicó Cabral.
Según el segundo jefe, al momento de la entrevista convivían allí unas 85 personas, entre personal militar, científicos y trabajadores de distintos organismos. La cantidad cambia con las campañas y los movimientos de personal. En invierno, con menos ocupantes, hay más habitaciones disponibles; en verano puede ser necesario compartirlas.
“Ahí me di cuenta de que el frío duele”
La descripción más cruda del invierno aparece en el relato de Victoria. En junio atravesaron una jornada con una temperatura cercana a los 31 grados bajo cero, ráfagas de 125 kilómetros por hora y una sensación térmica inferior a los 50 grados bajo cero.
La diferencia entre temperatura y sensación térmica importa: el viento acelera la pérdida de calor del cuerpo y vuelve mucho más exigente la exposición al exterior. “Ahí realmente me di cuenta de que el frío duele. Duele. Me tenía que sacar los guantes para poder manipular los termómetros y era intenso el dolor”, contó.
El Servicio Meteorológico Nacional trabaja las 24 horas. En sus turnos, Criado debe salir periódicamente para observar el cielo, verificar fenómenos y tomar parámetros que después completa con los datos de la oficina. El frío no elimina esa necesidad, pero exige extremar los cuidados.
“Registramos la temperatura, la nubosidad, y diversos fenómenos. Eso va a bancos de datos y tanto los científicos como los pronosticadores utilizan esos datos para su trabajo. También hacemos radio sondeo, son determinados datos que registramos en altura. El punto de rocío, la temperatura, el viento. Tenemos convenios con España, Finlandia, y otros países de colaboración. Somos en el equipo cuatro observadores, un pronosticador y un observador de pronóstico. Además de un ingeniero”, contó sobre su tarea.
Cuando las condiciones son severas, salen acompañados y limitan la permanencia afuera. Hay situaciones en las que apenas pueden estar cinco o diez minutos antes de volver al resguardo.
“Con esos vientos tan extremos y esas temperaturas tan bajas salimos con alguien que nos acompañe, para no salir solos, y siempre con un período de tiempo. No se puede estar mucho tiempo afuera. Hay veces que los tiempos son de diez minutos o de cinco minutos y adentro, sí o sí”, precisó.
La ropa para frío extremo, las botas, los guantes, las antiparras y la protección de la cabeza son parte indispensable del trabajo. El abrigo cubre tanto que, según Victoria, a veces cuesta reconocer a los compañeros.
Cabral también describió jornadas invernales de 30 o 35 grados bajo cero. Después de atravesarlas, la percepción cambia: una temperatura apenas positiva puede sentirse como un alivio extraordinario.
“En verano tenés muy pocas horas de noche, prácticamente todo el día tenés el sol arriba. El clima ahí es un poco más amigable”, contó. Y agregó: “Hay días en que tenemos 2 o 3 grados y sentimos como que estamos en un veranito. Cambia la perspectiva de lo que es el frío y el calor”.
Una casa compartida en medio del aislamiento
Puertas adentro, la vida tiene otra temperatura. Victoria contó que la calefacción permite estar cómoda, incluso con una remera de mangas cortas. Ese bienestar depende de una infraestructura que debe funcionar todos los días, lejos de las facilidades de una ciudad.
La base tiene comedor, cocina, espacios de atención sanitaria, biblioteca, gimnasio, capilla y sectores de encuentro. También hay lugares para mirar películas, tomar mate o simplemente conversar después del trabajo.
“Tenemos una capilla, sanidad, un museo, biblioteca, nuestros dormitorios, las oficinas meteorológicas, un comedor y un gimnasio”, enumeró Victoria.
Destacó una imagen difícil de encontrar en otro destino: correr en la cinta del gimnasio mientras, a través de los ventanales, se ve el paisaje del mar de Weddell. También describió un sector con sillones para relajarse y compartir un momento fuera de las obligaciones.
“Es como si fuese una miniciudad, toda chiquita. Realmente es hermoso”, resumió.
Afuera, el entorno recuerda enseguida el aislamiento: el edificio principal, las instalaciones operativas y el paisaje antártico.
“Hay muchos que piensan que es como un pueblito y no. Es una casa principal y después un par de edificaciones afuera donde se guardan las cosas. No hay otra cosa”, explicó Victoria.
Cabral mencionó los torneos de ping pong y metegol, las clases de gimnasia y los espacios comunes. Son actividades que ayudan a atravesar los meses, pero también a construir confianza entre quienes comparten la campaña.
“Los fines de semana organizamos torneos de ping pong y de metegol, tenemos clases de gimnasia, una biblioteca. Siempre hay algo para hacer acá, es entretenido el día a día. Pasa rápido el tiempo”, contó.
“En este tipo de situaciones afianzás mucho más las relaciones. Hablamos mucho con los que tenemos al lado”, agregó.
Para Victoria, esa convivencia termina formando “una gran familia”. El vínculo se construye en las tareas compartidas y en los momentos libres, pero también en la necesidad de acompañarse cuando alguno extraña más de lo habitual.
“Esto es una gran familia que después en el continente va a continuar. No sé si nos iremos a ver otra vez o no, ojalá, pero va a continuar tanto en las redes, con el teléfono y con todo eso”, expresó.
El abastecimiento y el valor de una comida hecha con cariño
El abastecimiento anual llega a través del rompehielos ARA Almirante Irízar. Incluye alimentos, elementos para la campaña y combustible para los generadores que sostienen los servicios esenciales.
“El abastecimiento lo tenemos una vez al año, lo trae el rompehielos Irízar. Trae comida, carne, el combustible para los generadores. Tenemos todo lo que necesitamos. La gente de la cocina trabaja un montón. Allí viene la comida para todos y después antes del viaje cada uno se trae sus elementos particulares, por ejemplo cigarrillos el que fuma y demás”, destacó Cabral.
La alimentación requiere planificación y conservación. Buena parte de los productos se almacena congelada y también se usan conservas. Con el paso de los meses empiezan a extrañarse las verduras frescas y la posibilidad de elegir algo en una verdulería.
Victoria lo resume con un deseo sencillo para su regreso: sentarse a comer una ensalada. “Se extraña salir, ir a una verdulería, comer algo fresco”, explicó.
Cabral destacó el trabajo del personal de cocina. En un lugar donde la distancia familiar forma parte de cada jornada, preparar los alimentos también puede ser una forma de cuidado. “A veces se extrañan otro tipo de verduras, pero la gente prepara todo de una manera tan rica y con tanto cariño que se siente como la comida de mamá”, expresó.
Extrañar el tránsito, el pasto y un abrazo
La nostalgia no siempre aparece por grandes acontecimientos. A veces llega a través del recuerdo de un sonido o de un olor.
Victoria empezó a sentirla con más fuerza hacia la mitad de la campaña. Extrañó los bocinazos, el movimiento de la calle, el ladrido de un perro y el olor al pasto. También manejar un auto, salir a comprar y abrazar a sus seres queridos.
“A la mitad de año, más o menos, empecé a extrañar. Te agarra esa melancolía del ruido del auto, de los bocinazos. Se extraña el olor al pasto, el árbol”, relató.
“Se extrañan los abrazos. Una cosa es tener esa vista acá y otra cosa es abrazar a tu familia, a tus hijos, a tu esposo”, señaló.
La conectividad permite mantener conversaciones y hacer videollamadas todos los días. Es un recurso que vuelve más llevadera la separación, aunque no reemplaza la presencia.
Con el regreso cada vez más cerca, esos deseos cotidianos se hacen más fuertes. “Ahora estamos en un período que ya es cuenta regresiva. Más o menos se especula que a mediados de noviembre estaríamos regresando al continente. Entonces más anhelás esas cosas que tanto se extrañan”, contó Victoria.
Cabral comparte esa sensación. “Algo que extraño es lo visual. Acá salís y ves nieve y agua. A veces uno empieza a extrañar el césped, los árboles; uno se termina olvidando de cosas cotidianas como el tráfico. Sentarme en una plaza a tomar mate se extraña”, expresó.
Para él, el regreso tiene los nombres de sus hijos, Milo y Santino, y un plan que espera recuperar: ir juntos a la cancha a ver a Ituzaingó. “Me espera mi familia, mis hijos Milo y Santino, y estoy con ansias de llegar y compartir momentos con ellos en la cancha, que era lo que más nos gustaba”, contó.
Mientras tanto, los dibujos y las cartas que recibe tienen un valor especial. Son una forma de cercanía y también una señal de que, del otro lado, su familia acompaña la misión.
“Estoy muy agradecido a mis hijos y a mi familia, que son los que se privaron del tiempo juntos”, expresó. “Cuando llegan dibujitos de mis hijos, cartitas del Día del Padre, es muy preciado. Me pone muy contento como padre y como argentino que entiendan el sacrificio que uno hace y que se sientan orgullosos”.
El orgullo de sostener la presencia argentina
En el aniversario de Marambio, los relatos de Victoria Criado y Lucas Cabral permiten mirar la base más allá de su imagen emblemática. Su funcionamiento depende de observaciones meteorológicas, tareas de mantenimiento, planificación logística, preparación de alimentos y decisiones que deben tomarse con atención al entorno.
Para el segundo jefe, conducir personal en esas condiciones representa su mayor desafío profesional. La preparación de quienes lo acompañan, sostuvo, es fundamental para cumplirlo.
“Este es el momento más importante de mi vida, mi desafío profesional más grande, y uno lo toma con la seriedad que amerita”, afirmó.
“Conducir tanta gente en un lugar tan inhóspito, cuando tenés a tu cargo gente profesional que está preparada, hace que todo sea más fácil. Cumplir con esta misión hace que uno se llene de orgullo”, agregó.
Victoria también encuentra ese reconocimiento en su familia. “Mi familia está orgullosa. Mi vieja, adonde va, me menciona. Están muy felices de que yo pueda estar acá y pueda cumplir un sueño”, contó.
La observadora, que espera regresar durante noviembre si las condiciones lo permiten, intenta aprovechar los días que quedan. Se lleva paisajes, experiencias de vuelo, fenómenos que antes solo conocía por su formación y vínculos que espera conservar después de la campaña. También la certeza de que volvería a hacerlo.
“Estoy aprovechando todos los días que estoy acá, estoy aprovechando cada segundo, porque a pesar de que uno piensa que es igual, no: es todo diferente”, aseguró. “Es una experiencia que, si puedo y me lo permite, se volvería a repetir”.
Mientras tanto, planea compartir parte de su experiencia en sus redes sociales, para que el resto pueda tomar dimensión de lo que vivió estos meses.
A 57 años de su fundación, la presencia argentina en Marambio se sostiene con esa combinación de preparación, trabajo y compromiso personal. Para quienes la habitan, hacer patria tiene una dimensión cotidiana: cumplir la tarea aun con frío, cuidar al compañero y aceptar que el próximo abrazo deberá esperar.
El capitán Lucas Cabral lo proyecta hacia una historia familiar que todavía está por escribirse: “Ojalá mis hijos les cuenten algún día a los suyos que su abuelo estuvo intentando hacer patria en la Antártida”.