Nogoyá puso límites a los monopatines eléctricos: la edad que fijaron para poder manejarlos
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Nogoyá puso límites a los monopatines eléctricos: la edad que fijaron para poder manejarlos

Casco obligatorio, seguro y un techo de velocidad que nadie va a poder esquivar: la ordenanza que aprobó Nogoyá para los monopatines eléctricos ya tiene sus reglas, pero hay un punto que va a definir si funciona o queda en el papel.

El Concejo Deliberante de Nogoyá aprobó una ordenanza que pone orden a un fenómeno que hasta ahora circulaba sin reglas: los monopatines y las bicicletas eléctricas. La norma establece una edad mínima de 16 años, casco obligatorio, seguro y una velocidad tope de 20 km/h, además de una serie de prohibiciones y multas para quienes no la cumplan.

La medida apunta a algo que hasta hace poco quedaba librado a la improvisación. Con la nueva reglamentación, el casco deja de ser una opción y pasa a ser una exigencia; el seguro se convierte en condición para circular; y la velocidad queda acotada a un número concreto.

Por qué los 20 km/h marcan la cancha

El límite de velocidad es uno de los puntos centrales de la ordenanza. No se trata de una cifra arbitraria: funciona como un criterio de convivencia para compartir el espacio urbano sin que cada esquina se transforme en un riesgo.

A eso se suman las prohibiciones y las sanciones previstas, con multas para quienes excedan lo permitido. La norma no solo fija derechos: también pone consecuencias.

Los 16 años, un piso de responsabilidad

La edad mínima también envía un mensaje claro: el monopatín eléctrico no es un juguete para cualquier edad. Los 16 años funcionan como un umbral de madurez y responsabilidad para quienes lo conducen.

Y el casco, en ese esquema, deja de ser una sugerencia de buen vecino para transformarse en una obligación. Si la ciudad pretende que estos vehículos se integren al transporte cotidiano, las reglas tienen que estar claras desde el arranque.

El seguro, otra capa de seriedad

La ordenanza también exige estar cubierto ante el riesgo. No alcanza con tener el vehículo: hay que contar con un seguro, y eso cambia la lógica de la calle. Si algo sale mal, la responsabilidad puede rastrearse y no queda todo librado a la improvisación.

El desafío que viene: el control

La parte que no se puede saltear es la fiscalización. Una norma sin control termina siendo papel mojado, y ahí la convivencia va a depender de cómo se aplique. Nogoyá dio el primer paso, pero la regla se sostiene con presencia, criterio y constancia.

La prohibición y la multa no funcionan como castigo por castigo: son la manera de que la norma no quede en el aire. En una ciudad, cada cruce cuenta, y cada regla bien aplicada evita el conflicto que después termina en bronca.

Nogoyá eligió regular antes de que el problema crezca. La ordenanza da reglas claras, fija límites y pone consecuencias. Ahora le toca a la ciudad sostenerlas con criterio y sin dejar que el monopatín eléctrico se convierta en un riesgo para la vida cotidiana.

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