“Nadie elige dónde nacer”: el hombre que enseña a coser pelotas a los presos y ya cambió 165 vidas
Un exempresario se quedó sin trabajo y empezó a visitar un hogar de chicos frente a su casa. Años después, algunos de esos pibes terminaron presos. Lo que hizo para que no vuelvan a caer.
En Trenque Lauquen, un exempresario fundó una cooperativa que fabrica pelotas artesanales con personas privadas de su libertad. No busca enseñar un oficio: busca que, cuando salgan, no vuelvan a entrar.
Martín Herrero tenía 30 años, se había quedado sin trabajo y las lesiones lo habían alejado de las canchas. Pensó que su vínculo con el fútbol iba a quedar reducido a mirar partidos por televisión. Quince años después, ese deporte se convirtió en la herramienta con la que fundó El Pase, una cooperativa social de inclusión laboral que ya capacitó a 165 personas privadas de su libertad.
La historia empieza en Salazar, un pueblo de 2.500 habitantes de la provincia de Buenos Aires donde Herrero nació y jugó en la Liga de Tres Lomas. Hincha de River, a los 18 se mudó a La Plata para ver de cerca a su equipo y a Gimnasia. A fines de 2000 volvió a sus pagos y se instaló con su familia en una quinta de Trenque Lauquen, en un momento complicado: sin empleo y con cinco hijos a cargo.
El hogar que le mostró el futuro de otros chicos
Frente a su casa funcionaba un hogar para menores con problemas penales. Herrero empezó a visitarlo. Eran adolescentes de entre 12 y 17 años ingresados por robo o causas leves, pero sobre todo con historias de abandono y sin contención familiar.
“Vi que eran chicos de entre 12 y 17 años que tenían historias rotas, quebradas, de abandono, de abusos, infancias muy duras. Y me dio la sensación de que ahí estaba viendo su futuro”, recuerda. Cuando el hogar cerró, muchos volvieron a los lugares de donde venían. Años después, a varios de ellos los vio presos.
En 2007, el padre Pedro lo invitó a acompañarlo a la Unidad 20 de Trenque Lauquen, a un espacio de la pastoral carcelaria donde unos pocos internos se reunían a conversar con una monja, tomar mate y comer facturas. Antes de eso, dice, los presos no estaban en su radar.
“Veo la cárcel y veo que a mí no me tocó, pero me podría haber tocado. Si bien a mí no me faltó la libertad ambulatoria, podía medianamente entender de qué se trataba”, cuenta sobre esa primera experiencia.
De dos horas por semana a una fábrica
Con el tiempo entendió que dos horas semanales no alcanzaban. Intentó llevar a algunos internos a trabajar a su empresa de aberturas y la idea no funcionó del todo. Ahí surgió la epifanía: crear una empresa pensada solo para ellos, que fabricara un producto para vender.
Estuvo tres años definiendo qué producir. En 2010, durante un retiro en la cárcel de San Nicolás, descubrió que el cura Damián Vidano tenía unas máquinas con forma esférica. Hacía pelotas con los chicos del barrio y las vendía. “Me explotó la cabeza. De ahí sale la idea de la pelota, es un plagio total”, dice entre risas.
La decisión estaba tomada, pero tardó cinco años más en ponerla en marcha. El proyecto abrió en 2015 en un galpón de 10x10 metros que Cáritas le prestó. Allí se producen alrededor de 200 pelotas por mes que se venden a empresas y clubes. Las primeras eran vulcanizadas, pegadas y difíciles de cabecear por lo duras. Hasta que lograron una pelota cosida.
“Fue un chico que salió del penal a El Pase el que buscó cómo hacer una pelota cosida. Y él fue importantísimo. Hoy, cómo se cose una pelota bien artesanal es un conocimiento que tienen los chicos que salen a El Pase y que se lo van a pasando a otros nuevos”, cuenta Herrero.
La pelota como excusa
El foco de El Pase no está en la capacitación técnica. Herrero lo explica así: “Acá hay códigos, hay límites, hay normas, hay trabajo de equipo, hay un montón de otras cosas que no suceden en la cárcel”. Lo que se trabaja son las habilidades blandas: compromiso, cultura del esfuerzo, cambio de hábitos, confianza.
Para acceder a la salida laboral, los internos deben cumplir requisitos que el juez evalúa. Entran y salen solos al centro de Trenque Lauquen, sin seguridad. Muchas veces, dice Herrero, tienen que “sacarse el chip carcelario e instalarse un chip totalmente diferente” y después volver a la cárcel.
“Empiezan a entender que lo que les pasó no los define sino que los define lo que hacen con eso que les pasó”, señala. Hay fracasos y tropiezos, y cuando las cosas no salen sufre. Pero algunos de los que salieron vuelven a tomar unos mates y todo cobra sentido.
Las voces de los que pasaron por El Pase
Luis Gopar nació en Pehuajó, en una familia que se fue rompiendo de a poco. A los 13 años empezó a consumir y a los 30 perdió la libertad. En la cárcel conoció El Pase y, según dice, le cambió el destino.
“Me enseñó a trabajar, me enseñó de compañerismo, aprendí a dar amor, aprendí la honestidad, la humildad, el respeto, la constancia, el sacrificio. El Pase me devolvió la vida, volví a nacer”, afirma. Hoy está en libertad y trabaja como peón en la Estancia Las Elenas, ocupándose de las vacas.
Durante un año y medio pedaleó 20 kilómetros de lunes a sábado, con lluvia, viento, calor o frío, para llegar a El Pase. “Ese fue el proceso que me hizo fuerte”, dice. Sobre el futuro, lo tiene claro: “Tener mi casa y ser experto en vacas, aprender bien el oficio y tener el diploma de la secundaria pegado en la pared. Que mi hijo sea feliz. Vivir en paz”.
Otros jóvenes que pasaron por el espacio lo describen como un padre, un ángel con paciencia o el lugar donde aprendieron a gestionar sus emociones. “Capaz que no te escucharon en tu vida y en El Pase tenés una persona que te va a escuchar. Te llegan los abrazos que no te dieron tampoco”, resume uno de ellos.
El taller textil y las madres
En el mismo galpón donde se cosen las pelotas funciona un taller textil. Brisa Galiano y otras cuatro mujeres se reparten las tareas: cortar telas, embolsar, estampar. Preparan un pedido grande para un evento de prevención del cáncer de mama.
El objetivo del taller, explica Herrero, es acompañar también a las familias: “Empezamos a trabajar con madres que tal vez pueden ser las hijas, las hermanas, las esposas de los que están hoy en El Pase”. La idea es que esos chicos crezcan en un lugar donde, mientras la mamá trabaja, tengan una plaza de juegos, puedan tocar un instrumento, hacer arte o recibir apoyo escolar.
Brisa es madre soltera. Al mediodía sale del taller, busca en moto a sus tres hijos en un espacio de apoyo escolar, los lleva a su casa, los cambia, les da de comer y los lleva a la escuela. “En El Pase aprendí a usar la bordadora, a estampar, a cortar las telas. Aprendí muchas cosas, muchos valores y lo que es el compañerismo. Lo más importante es la parte emocional porque vos estás mal, vas a El Pase y ya estás bien. Aparte de un trabajo, es un lugar de contención”, cuenta.
El prejuicio que se rompe
Rafael Brandes, amigo personal y colaborador de El Pase, define a Herrero como “una molestia” porque siempre está haciendo demasiado. Su familia es dueña de la Estancia Las Elenas y fue quien le dio trabajo a Luis Gopar cuando salió en libertad.
“Un día me cuenta su idea de hacer esta fábrica de pelotas para trabajar con los presos. Y yo le dije: ‘Martín, vos estás del tomate. Los presos que se pudran en la cárcel, por algo están ahí’”, recuerda Brandes. Y agrega: “A partir de este proyecto me demostró cómo se rompen los prejuicios y uno empieza a ver al ser humano. A ver que estos chicos primero son víctimas de familias con desamor, de adicciones, de violencia”.
Herrero suele decir que en la interacción con los internos siempre gana más de lo que da. A otros empresarios les pide que se acerquen a El Pase y que no tengan miedo: “Los que salen de ahí vienen con una preparación, con un cambio de cabeza, de hábito. Y hay que aprovecharlo porque además es multiplicador”.
“Yo arranqué el partido ganando 10 a 0. ¿Qué hago con esto? Y bueno, trato de ser consecuente y de multiplicarlo”, dice sobre su lugar de privilegio.
Lo que falta
A sus 57 años, Herrero sueña con un edificio nuevo que reúna la fábrica de pelotas, el taller textil y espacios para los niños. También proyecta módulos habitacionales. Quienes quieran colaborar pueden donar al alias elpase o comunicarse al +54 9 2392 49-4528.
Lo que más le preocupa no son los 25 internos que van a la reunión en la cárcel, sino los 100 que todavía no van. Piensa estrategias para ir a buscarlos a la celda. Y cuestiona que no haya una decisión política de aplicar este tipo de programas en cada unidad carcelaria.
“¿No bajaríamos el índice de reincidencia? ¿No sería más seguro para la sociedad también? Lo que tendríamos que hacer es ir al hueso de la emoción para reparar el daño de ese pibe porque está probado que el gesto de amor es el que te transforma y es efectivo”, cierra.