Misterios y leyendas en las Salamancas del Oriente Catamarqueño: ¿qué secretos esconden?
¿Qué secretos ocultan las Salamancas del Oriente Catamarqueño? Pinturas rupestres, leyendas del diablo y misterios que desafían la razón.
En el corazón del Oriente Catamarqueño, las Salamancas guardan tradiciones, leyendas y misterios que desafían al tiempo. Desde pinturas rupestres hasta encuentros con el diablo, estos sitios son un tesoro arqueológico y cultural que pocos conocen.
La Salamanca de La Candelaria: arte chamánico y rituales
En el departamento Ancasti, la Salamanca de La Candelaria —también llamada La Gruta Grande— es un sitio clave. Según el investigador, ya en la primera década del siglo XX se comenzaron a registrar las “Pinturas de los Antiguos”. El guía turístico Fernando Cisternas relató que al visitar la tronera se tiene una vista espectacular de la cuenca del río Albigasta.
En una segunda visita, el autor no pudo acceder a la tronera por una colonia de vampiros y el fuerte olor a amoníaco. Sin embargo, constató una leyenda en la pared sur que decía: “escriba su nombre y entregué (sic) su alma, junto con los tres 6 identificatorios del demonio y calaveras de vacunos”. No se observaron velas ni ofrendas florales.
La investigadora Amalia Gramajo de Martínez documentó en la pared norte la figura de un sombrero y un puñal, que ya no se ven. En cambio, se aprecia una Amaru con figuras romboidales entrelazadas.
Ana María Llamazares, mediante fechados radiocarbónicos, adscribió el sitio a la etapa tardía de la Cultura Aguada, como manifestación de arte chamánico. Se usaron plantas sagradas como el cebil para realizar los motivos con pintura blanca lechosa. Destaca un gran felino con fauces, lengua, lazo en el cuello y garras vampirescas, presidiendo una danza de personajes antropomorfos.
El diablo en el almacén: la leyenda del sapo y el exorcismo
En la década de 1940, los paisanos se reunían en un almacén de ramos generales cerca de La Candelaria. El dueño compró una máquina para jugar al sapo, y el negocio florecía los fines de semana. Pero comenzaron a circular rumores: en la Cueva Grande, los caballos se alarmaban, algunos veían una sombra negra en la grupa y sentían olor a azufre.
Las partidas de sapo disminuyeron. El dueño pidió ayuda al cura que visitaba la zona mensualmente. Organizaron una partida para exorcizar la salamanca. Después de la ceremonia, regresaron al almacén a festejar y jugar al sapo. Los jinetes, precavidos, cambiaron de camino, pero las partidas continuaron con éxito.
Salamanca del Garzón: el desafío del arte rupestre
En el paraje El Garzón, el autor llegó guiado por Ricardo Boggio y Chichí Acosta. Allí, Mario “Choyano” Coronel lo desafió a encontrar las pinturas rupestres, que según él habían desaparecido. La clave estaba en la luz adecuada. Al atardecer, en los paredones alrededor de la entrada, se hicieron visibles los registros pictográficos.
El autor conoció a Beda Acosta, una anciana de memoria prodigiosa que describió el sendero ancestral que unía Albigasta con el Valle Central de Catamarca y con Esquiú, utilizado por carretas y mulas.
Salamanca de Ramblones y la Cueva del Diablo
En otoño de 2021, el autor llegó a estos sitios con “Pepe” Castillo. Los lugareños cuentan haber escuchado guitarreadas del Diablo y cadenas. La Cueva del Diablo posee una tronera que produce ruidos por el viento, asociados a la música del diablo. Mide 5 m de profundidad y 4 m de ancho, con techo a 2,30 m.
La Salamanca de Ramblones es un misterio: un paredón de bloques trabajados de 80 a 100 m de largo y 30 a 40 m de alto, con una entrada de 2 m de altura y una ventana cerrada que llaman “confesionario del diablo”. La depredación antrópica ha tapado las realizaciones ancestrales con registros modernos.
El Camino Real, que viene de Santiago del Estero, pasa por este vallecito y se dirige hacia La Rioja y los Pasos de San Francisco y Piedras Negras, ruta usada por los incas. El autor se pregunta si hay evidencias del paso de los Incas en el Oriente Catamarqueño.
El Imperio Inca, que existió entre 1300 y 1533, ocupó gran parte de Sudamérica. Desde Pachacutec hasta Huayna Capac, sorprendió por su organización. Su lengua, el runasimi, fue impuesta a los pueblos vencidos. El autor sugiere un contrapunto entre las imágenes de la Salamanca de Ramblones y construcciones incaicas en Perú.