Mandó 50 cartas desde Buenos Aires sin hablar inglés: la respuesta que le cambió la vida

Mónica tenía 27 años, un título de ingeniera agrónoma y ningún contacto en Estados Unidos. Sin hablar inglés, envió 50 cartas a universidades. Una le respondió con una oferta que no esperaba. Treinta años después, con la ciudadanía en mano, una pregunta la desvela.

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Mandó 50 cartas desde Buenos Aires sin hablar inglés: la respuesta que le cambió la vida
Mandó 50 cartas desde Buenos Aires sin hablar inglés: la respuesta que le cambió la vida

Mónica tenía 27 años, un título de ingeniera agrónoma recién obtenido en la UBA y una certeza incómoda: quería vivir una experiencia distinta en Estados Unidos. Lo que no tenía era dinero, papeles ni idioma. Y casi nadie a su alrededor creía que fuera posible.

Treinta años después, sigue en California. Tiene ciudadanía estadounidense, una carrera consolidada y una pregunta que la desvela: ¿volver a la Argentina o quedarse?

La historia de cómo llegó hasta ahí es, en sus propias palabras, la de alguien que golpeó todas las puertas.

“Una misión imposible”

Cuando terminó la carrera en 1996, Mónica barajó dos opciones: irse al campo a trabajar o seguir estudiando un máster en manejo de tierras para fertilización o riego. En el fondo, sabía que lo que realmente quería era otra cosa: una experiencia de vida en el exterior.

Como ayudante de cátedra, consultó a sus profesores. Ninguno le dio aliento. Le dijeron que era una misión imposible, que la iban a llamar “sudaca” y que sería una de las peores decisiones de su vida.

Ella no desistió. Se fue a la Biblioteca del Centro Lincoln a investigar qué universidades ofrecían el máster que buscaba. Anotó direcciones postales, consiguió ayuda con el inglés que no hablaba y despachó cincuenta cartas explicando que necesitaba asistencia financiera y apoyo con el idioma.

La mayoría respondió con folletos, requisitos de ingreso y costos imposibles de pagar. Dos fueron la excepción: un profesor de Utah le ofreció cubrir parte de la beca, pero seguía siendo demasiado caro. La Universidad de San Luis Obispo, en California, le propuso algo distinto: un trabajo en investigación agrónoma que cubriría 15.000 de los 20.000 dólares anuales que costaba el posgrado.

Aceptó esa oferta. Armó las valijas entre la tristeza de su familia, que no quería que se fuera, la incredulidad de su mejor amiga, que le dijo que le había roto la vida, y las malas energías de colegas y profesores.

“No tuve mucho apoyo, me desalentaron cuando comencé a enviar las cartas. Y sin embargo, golpeé todas las puertas, busqué todos los caminos y logré mi sueño”, recuerda.

De la aventura a la ansiedad

Llegó en julio de 1996, pero no pudo ingresar a la universidad hasta julio de 1997. En el medio hubo trámites que no terminaban de resolverse, dinero prestado y una visa de turista que se venció, lo que la obligó a salir y volver a entrar al país. Mientras esperaba, se alojó en casas de conocidos y hasta trabajó en una cosecha en Ohio.

Sin rutina, sin idioma y sin familia, esos meses fueron duros. “Emocionalmente fue complicado”, admite. “No tenés a tu familia, amigos, y yo todavía no tenía el idioma ni con quién hablar. Cuando empezás a hablar lo hacés como una nena de un año, después pasé a tener cinco años y así sucesivamente hasta que llegás a un manejo del idioma acorde a tu edad. Poder expresarte desde tu identidad lleva tiempo”.

La ansiedad aparecía de noche, con preocupaciones concretas: no tenía un servicio de salud que la cubriera ante cualquier problema. “Cuando por fin pude entrar en una rutina se me acomodó el tema emocional”, dice.

El choque cultural también tuvo su capítulo. Lo que más la sorprendió fue la naturalidad con que en California se tomaba el consumo de marihuana. “En esa época, en Argentina, las costumbres estaban muy lejos de esa naturalización”, compara.

El profesor, la hostería y las oportunidades

Con el correr de los meses, Mónica empezó a valorar la calidad humana que la rodeaba. El profesor que le había prometido trabajo no solo cumplió: le consiguió pasantías para los dos veranos, lo que le permitió ahorrar y cubrir deudas y gastos restantes del máster.

Una mujer de una hostería de San Luis Obispo le ofreció horas de trabajo en recepción a cambio de alojamiento. “Me hice muchas amistades en esa hostería”, cuenta.

“En general, encontré muchos amigos durante esos años”, sigue. “En San Luis Obispo, que es casi un pueblo, sin el máster no hubiese conseguido nada. Es una comunidad muy blanca y americanizada, de poca inmigración, así que por suerte tuve la ayuda del profesor y de la mujer de la hostería. Después, con el máster, sí tuve ofertas de compañías que trabajan en riego para agricultura”.

La primera empresa que la contrató le tramitó la visa de trabajo. Más tarde, otra compañía semi gubernamental le gestionó la residencia con abogados. La clave, dice, fue que necesitaban a alguien capacitado en riego y que supiera español.

También vivió discriminación por ser mujer y latina en un rubro dominado por hombres. “Pero eso ya no lo siento”, aclara.

La ciudadanía y una identidad que no se negocia

Con el tiempo llegó la posibilidad de obtener la ciudadanía estadounidense. Mónica la tramitó por conveniencia, pero el proceso le costó. “No renunciás por papeles, pero de palabra tenés que renunciar a tu ciudadanía argentina. Eso fue complejo, porque mi parte argentina no la olvidé nunca: soy argentina, estoy orgullosa de ser argentina y no me siento americana”, afirma.

Durante los primeros años, cada vez que el avión sobrevolaba territorio bonaerense para aterrizar en Ezeiza, la emoción la desbordaba. Hoy, después de tres décadas, el impacto no es tan fuerte, pero la pregunta sigue ahí.

Volver: ¿una locura?

Mónica regresó a la Argentina todos los años, al menos por tres semanas, salvo durante el período de la caída de las Torres Gemelas. A medida que se acerca su jubilación, la idea de volver se vuelve más nítida y más interrogante.

“Mi idea es jubilarme dentro de dos años y, a partir de ahí, venir a la Argentina por períodos de cinco a seis meses, durante por lo menos tres años consecutivos, a ver cómo me siento allá, cómo me siento acá, dónde me siento más en mi hogar”, planea.

Sabe que no será sencillo. “Treinta años es mucho y yo sé que Argentina cambió. Por más que vaya por un mes y vea cosas, no siento lo que siente en la cotidianeidad el argentino. Leí que cuando uno se va del país y vuelve el duelo es doble, porque creés que volvés a la misma gente, los mismos lugares, las mismas experiencias pasadas y eso ya no existe, solo está en mi cabeza”.

Lo que busca es concreto: estar en San Justo, ir al restaurante que le gusta a su mamá, ver la tele con ella, tomar mate en una plaza. Su papá falleció. “Recuperar los treinta años perdidos”, resume. “Pasar el tiempo que queda con mi mamá”.

En Estados Unidos tiene pareja, casa y un grupo de amigos argentinos de su edad que ya no está. “No hay actividad que me toque el corazón y que se compare con lo que pueda llegar a hacer y lo que me hace sentir Argentina. Imaginate, que mi mamá me haga un asado es como tocar el cielo con las manos”, dice emocionada.

La ironía no se le escapa: cuando se quiso ir, casi todos le tiraron la idea abajo. Ahora que quiere volver, le dicen que está loca. “Pero ya aprendí de mí misma que lo que quiera lo voy a lograr”.

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