Los Saaístas y sus dos viejos caciques que aún sueñan con San Luis

Dos hermanos que gobernaron San Luis por décadas perdieron el Palacio, pero no las ganas de volver. Mientras los viejos caciques escuchan los tambores del 2027, la tribu que los sigue se enfrenta a una pregunta incómoda...

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Los Saaístas y sus dos viejos caciques que aún sueñan con San Luis
Los Saaístas y sus dos viejos caciques que aún sueñan con San Luis

En las tierras puntanas, entre sierras, valles y llanuras, se teje una leyenda que resiste el paso del tiempo: la de una tribu que por décadas confundió el poder con la pertenencia. Son los Saaístas, una estirpe que no adoraba al sol ni a la luna, sino al poder mismo, custodiado por dos hermanos de un mismo linaje: Adolfo y Alberto Rodríguez Saá.

Durante muchos inviernos, estos dos caciques fueron prácticamente todo para su gente. Primero Adolfo, que según los ancianos hizo caminos, levantó viviendas y llenó los graneros cuando otras tribus apenas podían alimentarse. Gobernó tantos años que los niños crecieron creyendo que "cacique" y "Adolfo" significaban lo mismo. Luego llegó Alberto, con otra forma de conducir: ceremonias grandes, discursos extensos y obras que impresionaban a los visitantes.

El tiempo se medía en caciques

Entre los Saaístas, el tiempo no se contaba en años, sino en caciques. "¿Cuándo nació tu hijo?" "Durante Adolfo". "¿Cuándo construiste tu choza?" "Durante Alberto". Pero cuando preguntaban "¿y cuándo cambiará todo esto?", la conversación solía terminarse.

Alrededor de los caciques creció una enorme corte: consejeros, jefes de aldeas, guardianes del Palacio, escribas, sacerdotes y guerreros. Sobrevivir requería interpretar al cacique: si estaba contento, todos contentos; si estaba enojado, había que descubrir con quién. Y si cambiaba de opinión, los consejeros recordaban que siempre habían pensando igual. Le llamaban lealtad, aunque otras tribus usaban otras palabras.

Cuando el territorio se volvió "suyo"

Con los años, algunos empezaron a olvidar que el territorio, el Palacio, los caminos y los graneros no eran de los caciques, sino del pueblo. Pero los retratos estaban por todas partes, sus nombres se pronunciaban en cada ceremonia y sus guerreros ocupaban los principales puestos. Generación tras generación, los Saaístas desarrollaron la certeza de que el territorio les pertenecía, cuando en realidad solo lo administraban.

La guerra entre hermanos

Ninguna dinastía teme tanto a sus herederos como a sus enemigos. Un día, los dos caciques comenzaron a pelear. Nadie recuerda bien por qué: unos hablan de traiciones, otros de sucesiones, algunos dicen que no había lugar para dos Rodríguez Saá. La tribu se partió. Guerreros que juraron fidelidad a Alberto aparecieron en el campamento de Adolfo, y viceversa. Mientras discutían quién era el verdadero heredero del Saaísmo, otras tribus esperaban afuera.

Llegó la gran batalla. Alberto reunió a sus hombres para conservar el Palacio, pero Adolfo se unió al ejército que marchaba contra su propio hermano. Al caer el sol, Alberto había perdido, Adolfo había ganado, pero el nuevo Gran Cacique no era ninguno de los dos. Por primera vez en incontables inviernos, ambos quedaron afuera. Aquella noche, hubo un silencio extraño: San Luis seguía existiendo sin ellos.

El descubrimiento más doloroso

Pasaron las lunas y el territorio siguió funcionando: los caminos tuvieron viajeros, los ríos bajaron, las aldeas abrieron sus puertas, los niños nacieron. El Palacio permaneció en pie. Aquello conmocionó a los Saaístas, que habían creído que sin ellos llegaría el caos. El Consejo de Ancianos se reunió y, tras mucho debate, llegó a una explicación tranquilizadora: ellos no habían perdido el territorio, el territorio se había equivocado.

Pero un cacique puede perder el Palacio sin perder las ganas de volver. Primero regresaron algunos guerreros, luego viejos consejeros, y los jefes de aldeas volvieron a enviar emisarios. Se desempolvaron los estandartes y reapareció la frase más sagrada: "Cuando nosotros gobernábamos…". Una frase que servía para explicar el pasado, cuestionar el presente y prometer el futuro, aunque siempre hablaba de ayer.

La profecía del 2027

Una noche, los sacerdotes vieron cuatro números en el cielo: 2027. Los tambores volvieron a sonar. Adolfo tomó su viejo bastón y Alberto reunió a sus guerreros. Nadie sabe si marcharán juntos o si volverán a enfrentarse, pero ambos miran hacia el Palacio.

El gran problema es que la tribu no ha producido un nuevo cacique. Siguen pronunciando los mismos nombres: Adolfo, Alberto. Los que fueron la renovación ahora son ancianos, y los jóvenes esperan. Porque para que nazca un nuevo cacique, los viejos deben aceptar que dejaron de serlo, y eso todavía no ocurrió.

Los hermanos han vencido a muchos enemigos, pero ahora enfrentan a uno que no puede ser desterrado, comprado ni convencido: el tiempo. ¿Cómo presentarse como el futuro si necesitan hablar del pasado para explicar por qué deben volver?

La última piedra

Cuenta la leyenda que, en una caverna olvidada de las sierras, hay una piedra que ningún cacique pudo destruir. Sobre ella están escritas estas palabras: "Ningún territorio pertenece a sus caciques". Debajo, alguien agregó: "Son los caciques quienes pertenecen a su tiempo".

Adolfo y Alberto vuelven a escuchar los tambores, los viejos guerreros se reúnen y el Gran Palacio aparece en el horizonte. Los Saaístas creen que se acerca una nueva batalla. Quizás tengan razón, pero antes deberán resolver el dilema de todas las dinastías: creer que fueron indispensables en el pasado no significa que sigan siendo necesarios para el futuro.

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