Los animales que abren el camino para que miles de vacas escapen del agua en Santa Fe

Víctor Masat lleva 50 años trabajando en las islas de Las Garzas y nunca vio una salida tan anticipada como esta. Pero el agua ya se llevó algo que no se recupera con el arreo: lo que el veterinario calcula para la próxima parición.

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Los animales que abren el camino para que miles de vacas escapen del agua en Santa Fe
Los animales que abren el camino para que miles de vacas escapen del agua en Santa Fe

En las islas del Paraná hay animales que no siguen al rodeo: lo encabezan. Se los conoce como siñuelos, en general novillos castrados que conocen los caminos y que, cuando se abre una tranquera, son los primeros en avanzar. Detrás de ellos va el resto de la tropa. En medio de la creciente que golpea a Las Garzas, en Santa Fe, esa costumbre se volvió una herramienta clave para los productores.

La evacuación de la hacienda no es solo cuestión de llevar las vacas a un lugar más alto. En muchos casos hay que atravesar kilómetros de terrenos anegados, malezales y cursos de agua, en plena época de parición y con terneros que todavía no tienen fuerzas para completar el recorrido.

“Todos los isleros tradicionales tienen sus siñuelos. Si no es imposible trabajar en la isla”, explicó a LA NACION Víctor Masat, productor ganadero y veterinario de Las Garzas.

Una tradición que se sostiene en el barro

Los siñuelos también cumplen otras tareas habituales: juntar terneros para destetarlos, trasladar animales o reunir una tropa. Cuando hay que buscar hacienda en un campo vecino, siguen al jinete y los demás animales tienden a acompañarlos.

La función se vuelve todavía más importante cuando hay que “azotar la hacienda”, como se denomina al procedimiento de hacer que los animales crucen a nado un río o riacho. En esos casos, los siñuelos van separados del resto del rodeo y avanzan adelante, porque conocen el recorrido. Las vacas preñadas y las que tienen cría observan cómo cruzan y siguen sus pasos.

El trabajo exige una maniobra precisa. Al llegar al río, algunos peones deben desensillar y cruzar con sus caballos sin montura ni otros elementos que sumen peso. Mientras tanto, el resto del personal organiza el traslado de los aperos y acompaña la tropa, que debe avanzar de a tres o cuatro por vez, en una fila angosta, para evitar que se amontonen en la barranca.

Si el ganado entra al agua en un frente demasiado amplio, los animales que ya están nadando pueden intentar volver hacia la costa al ver a otros todavía en tierra. Ese movimiento genera situaciones peligrosas y puede formar remolinos. Por eso, para Masat, la tarea no puede quedar en manos de personal sin experiencia: los trabajadores deben ser baquianos, conocer el río y saber cómo conducir a la hacienda.

La carrera contra el agua

Ni siquiera esa experiencia alcanza para evitar todas las pérdidas cuando la creciente avanza sobre los campos. En la zona inundable de Las Garzas, la salida de los animales se convirtió en una carrera contra el agua. “En mis 50 años nunca vi una salida tan organizada y anticipada como esta, con una creciente tan importante como es la de ahora”, afirmó Masat.

Según detalló, ya fueron evacuados más de 45.000 animales. La mayor parte de la hacienda salió por arreo y a nado, porque las condiciones del terreno todavía impedían ingresar con embarcaciones a determinados sectores. Algunos productores tuvieron que trasladar sus animales hasta 16 kilómetros para llegar a tierra firme.

En ese trayecto, el esfuerzo y la dificultad del terreno hicieron que parte del ganado perdiera estado y se estresara. Los terneros más pequeños quedaron especialmente expuestos: algunos no pudieron seguir a sus madres entre los malezales, los esteros y los bañados. Masat calculó que, como mínimo, un 10% de los terneros nacidos se perdió durante esos traslados.

La vegetación espesa complica la tarea: en campos donde antes predominaba el pajonal, hoy avanzan plantas espinosas como el aromo y el garabato, que forman una cobertura difícil de atravesar tanto para los animales como para el personal rural. El problema, según el productor, se profundizó después de varios años secos, que favorecieron la aparición y expansión de esos arbustos.

“Se están generando un monte donde el animal no tiene acceso como así el personal que tiene que hacer la recorrida”, señaló. La maleza impide ver la hacienda a distancia y hace más difícil reunirla, controlarla y trasladarla. Así, la evacuación se vuelve más lenta y aumenta el riesgo de que queden animales rezagados.

La salida de la mayor parte de los rodeos tampoco significa que el trabajo haya terminado. Una vez que el agua cubra los campos, los productores deberán volver en canoas para buscar los animales que quedaron atrás. Esos operativos demandan más tiempo, personal y dinero.

Falta de peones y traslados por etapas

A la dificultad del terreno se suma la falta de trabajadores rurales. Para sacar unas 400 vacas preñadas pueden necesitarse al menos siete peones, entre quienes conducen la hacienda, manejan los caballos y se ocupan de organizar el cruce. Ante la escasez de personal, algunos productores tuvieron que formar cuadrillas extraordinarias para afrontar la emergencia. Además, la evacuación ya no siempre se puede hacer en una sola tropa: en muchos casos deben avanzar por etapas.

El golpe que viene después del agua

El impacto más importante, sin embargo, podría verse después de la inundación. La salida de los campos coincide con la época de servicio, cuando las vacas deben quedar preñadas para sostener la producción del año siguiente. El cambio abrupto de ambiente, los recorridos largos y el estrés del traslado amenazan con reducir los índices reproductivos.

“Si bien hemos solucionado la salida de la mayor parte de los animales, lo más grave es que en este momento estamos en plena fecha de servicio”, advirtió Masat. En la zona, explicó, los porcentajes habituales de preñez se ubican entre el 60% y el 65%. Su estimación es que la próxima campaña podría registrar una caída de al menos 20 puntos porcentuales, con una preñez cercana al 40%.

“El problema económico, más allá de los gastos extras por el traslado, es la parición del año que viene donde va a haber un 20% menos como mínimo”, sostuvo. El efecto de la creciente no se limita a los animales que se pierden durante el arreo ni al costo de encontrarles un campo donde permanecer: también puede traducirse en menos terneros nacidos en el próximo ciclo.

Los más chicos, los más expuestos

La situación es especialmente delicada para los productores más pequeños, que no siempre tienen campos propios o recursos para alquilar fuera de las islas. Algunos consiguieron lugar para sus animales en Chaco o Santiago del Estero. Otros, con rodeos de apenas 40 o 50 vacas, debieron recurrir a las banquinas de rutas nacionales, provinciales y caminos vecinales, donde improvisaron pequeños cercos para mantenerlos.

En el área inundable comprendida, Masat estimó que hay alrededor de 25 productores. Aunque todos lograron sacar la mayoría de sus animales, no todos pudieron resolver de la misma manera dónde alojarlos. El propio Masat trasladó su hacienda a un campo de tierra firme, aunque advirtió que esa solución será transitoria porque el espacio disponible no alcanzará para sostenerla durante mucho tiempo.

La duración de la creciente es otra de las preocupaciones. Masat anticipó que el agua podría permanecer en la zona durante varios meses, con períodos de subas y bajas, y que tal vez no se pueda volver a ingresar a las islas hasta julio o agosto del año próximo. Después, la recuperación de los campos tampoco será inmediata: mientras el pasto demora en rebrotar, las malezas volverán a ganar terreno.

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