Lo que Churchill pidió sin ofrecer nada y el discurso que cambió la historia
El 13 de mayo de 1940, Winston Churchill pronunció su discurso ‘Sangre, sudor y lágrimas’ ante el Parlamento británico, ofreciendo solo sacrificio y pidiendo apoyo total para enfrentar al nazismo, en un momento crítico de la Segunda Guerra Mundial.
El 13 de mayo de 1940, bajo el fuego nazi de la Luftwaffe y las bombas de Hermann Göring que pretendían arrasar Londres, Winston Churchill habló por primera vez ante la Cámara de los Comunes. Había sido designado primer ministro cuatro días antes, en reemplazo de Neville Chamberlain, quien junto a su par francés Edouard Daladier había fracasado en su intento de apaciguar a Hitler. El Führer no quería ser apaciguado, sino conquistar Europa expandiéndose hacia el Este. Esa política de mantener la paz frente a quien solo deseaba la guerra había llevado a que Europa cediera a Hitler casi todas sus pretensiones, incluida la anexión de Austria y Checoslovaquia, hasta que invadió Polonia y estalló la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué ofreció Churchill a su nación?
Cuando Churchill llegó al 10 de Downing Street, Gran Bretaña enfrentaba sola al nazismo triunfante en el continente. Hitler ya había conquistado u ocupado Polonia, Dinamarca, Noruega, los Países Bajos, Bélgica y estaba a punto de caer sobre París. Ahora pretendía conquistar el Reino Unido debilitándolo desde el aire para luego invadirlo con sus tropas. Aislada, como un portaaviones anclado en el Mar del Norte, Gran Bretaña soportaba el asedio nazi en soledad.
Alemania estaba aliada con la Italia de Benito Mussolini y el Japón del emperador Hirohito. Hitler había firmado un Pacto de Acero con la Unión Soviética de José Stalin, pacto que traicionaría en 1941. No había posibilidad de que Estados Unidos regresara a socorrer a Europa, como había hecho en la Primera Guerra, donde perdió 56.000 hombres. Un nuevo conflicto volvería impopular al presidente Franklin Roosevelt justo cuando su país empezaba a salir de la gran crisis económica de 1929.

Así que aquel 9 de mayo, cuando asumió como primer ministro, Churchill también estaba solo. No tenía encuestas, ni asesores de imagen, ni focus group, ni redes sociales, ni trolls partidarios. ¿Qué hizo? Nombró un gabinete de coalición y convocó a todos —conservadores, laboristas, liberales e independientes— a salvar a Inglaterra. Allí no hubo grietas. Por ejemplo, el flamante ministro de Alimentación y Abastecimientos, Frederick Marquis, primer conde de Woolton, no era miembro de ningún partido. Sir Archibald Sinclair, jefe de los liberales, aceptó ser ministro del Aire. Tejió con los laboristas una trama de acuerdos y garantías que hizo sólida aquella coalición.
El discurso que lo cambió todo
Después, el 13 de mayo, fue al Parlamento a pedirlo todo sin ofrecer nada. Fue a pedir el apoyo incondicional de los legisladores y a impulsar una victoria que era lejana e improbable. Quiso galvanizar a una nación en peligro y exhibió sin temores el peligro al que estaba expuesta. Primero intentó justificar su abrupta llegada al poder y su heterogéneo gabinete; enseguida lanzó su frase más célebre: “No tengo nada que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.
Fueron cuatro y no tres los sustantivos que usó Churchill. Luego, la métrica verbal redujo la frase a tres: sangre, sudor y lágrimas. Hasta el propio Churchill editó años más tarde, con ese título, una compilación de sus discursos.
Después de ofrecer puro sacrificio, dijo: “Tenemos ante nosotros una prueba de la naturaleza más penosa. Tenemos ante nosotros muchos, muchos largos meses de lucha y de sufrimiento. Si me preguntan cuál es nuestra política, lo diré: hacer la guerra por mar, tierra y aire con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y triste catálogo del crimen humano. Esa es nuestra política”.

No se presentó como salvador de ninguna patria ni como un ser predestinado. No se pensó héroe, pero supo que estaba frente a la misión de su vida. Años más tarde, en sus Memorias, reveló: “Fui consciente de tener una profunda sensación de alivio. Por fin tuve la autoridad de impartir las órdenes pertinentes en todos los ámbitos. Sentí que caminaba con el destino y que toda mi vida pasada no había sido más que una preparación para ese momento”.
Su discurso no podía terminar sin un compromiso esencial: “Me preguntarán cuál es nuestro objetivo, respondo con una palabra, victoria; victoria a toda costa; victoria a pesar del terror; victoria por largo y duro que sea el camino, porque sin victoria no hay supervivencia”. Enseguida pidió al Parlamento que dictara una resolución que aprobara los pasos que él ya había dado. Fue una picardía, seguida de otra: le dictó el texto de la resolución: “Esta Cámara saluda la formación de un gobierno que representa la determinación unida e inflexible de la nación de continuar la guerra contra Alemania hasta alcanzar una conclusión victoriosa”.
Si pretendía estimular a su nación, lo logró. Todo obedecía a una técnica que Churchill conocía bien: palabras cortas, claras, fuertes. Años después escribiría: “El público prefiere palabras cortas y familiares, de uso común. Las palabras más cortas son, por lo general, las más antiguas de la lengua. Su significado está más profundamente inscrito en el carácter nacional y su impacto en la capacidad de comprensión es más fuerte que el de las palabras latinas y griegas de más reciente introducción”.

Había algo más que recursos retóricos: Churchill habló con la verdad; no disimuló la crisis, no la suavizó, no la ocultó. Habló a sabiendas de que sus palabras llegaban a toda la nación a través de la radio. En medio de la confusión, Churchill tenía las cosas claras: la guerra desatada por Hitler era una guerra de la barbarie contra la civilización. También tenía decidido que debía convocar a Estados Unidos a la lucha: “Voy a hacer que Estados Unidos entre en la guerra a la fuerza”, le había dicho a su hijo Randolph. Fue el primero de los dirigentes europeos en comprender el peligro que los nazis representaban para la humanidad. “Emprendo mi tarea con optimismo y esperanza –dijo también aquel día– Estoy seguro de que nuestra causa no sufrirá el fracaso entre los hombres. Vamos, avancemos juntos con nuestra fuerza”.
Ese fue el discurso que cambió en gran parte el destino de la Segunda Guerra Mundial. Detrás de esas palabras, había un hombre de 65 años, que ya empezaba a dar las primeras señales de cansancio tras una larga carrera militar y política que había conocido fracasos. Sin embargo, en aquellos primeros días se instaló en el Almirantazgo, no en el 10 de Downing Street, y convirtió el cuarto de mapas en su puesto de mando. Se acostaba de madrugada y se despertaba a las ocho: “Leía todos los telegramas y desde mi cama dictaba una gran cantidad de instrucciones”. Bebedor empedernido, desayunaba con ansias y con un leve toque de whisky.
El diplomático e historiador británico Harold Nicolson lo veía por encima del común de los mortales: “Sus ojos eran opacos, vigilantes, airados, combativos, visionarios y trágicos. Los ojos de un hombre que está muy preocupado y es incapaz de fijar su atención en cosas de poca importancia. Pero, en otro sentido, son los ojos de un hombre enfrentado a una verdadera ordalía o a una tragedia”.
En su obra “Churchill y la guerra”, Max Hastings afirma: “Pocos hombres en la historia de la humanidad han tenido que soportar una carga tan pesada, siempre presente en la primera línea de su conciencia e incluso de su subconsciente. Los sueños lo agobiaban cuando dormía, aunque rara vez revelara a otros su naturaleza”.

También había quienes veían a Churchill como un tipo petiso, rechoncho, pétreo, de espaldas anchas, mandíbula cuadrada, calvo en parte, con algunos cabellos que el viento despeinaba y con un formidable sentido del humor. Después de la guerra, hizo suyo un lema: “En la derrota, altivez; en la guerra, resolución; en la victoria, magnanimidad; en la paz, buena voluntad”. Pero durante la guerra lo guiaron otras máximas: “Si se ocupa el supremo poder, todo se simplifica mucho. Un jefe aceptado no tiene más que decidir lo que procede hacer, o al menos decidirse a hacer lo que sea. En torno al número uno, se centran enormes lealtades. Si él tropieza, ha de ser sostenido. Si comete errores, ha de ser encubierto. Si duerme, se ha de cuidar de que no se le despierte a capricho. Y si no vale para nada, ha de sufrir las consecuencias máximas y ser puesto en la picota”.
Churchill pronunció otros dos discursos históricos en ese mismo año 1940: el que anunció que Gran Bretaña no iba a ceder, “Jamás nos rendiremos”, y el elogio a los pilotos de la Real Fuerza Aérea que derrotaron a la aviación nazi: “Nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”. Pero “Sangre, sudor y lágrimas” cambió la historia de la guerra, y acaso la del mundo, para siempre.
Churchill murió en Kensington, Londres, el 24 de enero de 1965, a los 91 años.