Llegó sola desde Pergamino con 18 años y una valija: lo que encontró en Rosario la marcó para siempre

Una chica de Pergamino llegó a Rosario con 18 años, una valija y ningún plan B. Lo que encontró adentro de la Facultad de Bioquímica le cambió la vida para siempre, y no fue precisamente un título.

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Llegó sola desde Pergamino con 18 años y una valija: lo que encontró en Rosario la marcó para siempre
Llegó sola desde Pergamino con 18 años y una valija: lo que encontró en Rosario la marcó para siempre

Ana tenía 18 años recién cumplidos cuando bajó del colectivo en Rosario con una valija y pocas certezas. Venía de Pergamino, sola, y la esperaba un hogar de religiosas sobre calle Córdoba casi Riccheri. Corría 1959.

La ciudad que la recibió era otra. A pocas semanas de su llegada, el intendente Luis Cándido Carballo y el gobernador Carlos Sylvestre Begnis inauguraban la línea G de los trolebuses M.A.N en un acto en Corrientes y Rioja. Por esos mismos días, el arquitecto e ingeniero Ángel Guido quedaba al frente de la obra más emblemática de entonces: el Monumento Nacional a la Bandera. Una Rosario que hoy se mira en blanco y negro.

De la valija al aula

Ana se anotó en la Facultad de Bioquímica y recorrió sus pasillos y sus exámenes hasta fines de los 60. En clase conoció a Melly, una futura bioquímica aplicada que le presentó a su hermano, un bohemio medio atorrante. Se enamoraron, se casaron y tuvieron cinco hijos. El mayor de ellos escribe estas líneas.

En esos años el entusiasmo por el conocimiento era colectivo. Las universidades funcionaban como refugio y como polvorín a la vez. No había familia argentina que no quisiera a sus hijos adentro de esos ámbitos: era la vía del ascenso social, la salida de la pobreza, la ignorancia y, sobre todo, de la invisibilidad.

Ana, Melly, Juan Carlos, Ricardo, Héctor —por nombrar apenas algunos— compartieron esa Facultad de Bioquímica con el boom de The Beatles, el Mayo francés, el Rosariazo y la toma estudiantil. Horas y horas de libros, amores y sueños. La sed de un diploma colgado en un laboratorio de calle Oroño o la habilitación para ponerse el guardapolvo en algún hospital del país. Y el deseo, enorme, de cambiar el mundo.

Mucho más que un título

Aquella muchacha que había llegado empujada por su familia no buscaba solamente un título universitario. Sin planearlo, encontró un lugar en el mundo. En las aulas, en los libros, en los afectos, en el amor. La universidad le permitió imaginar una vida que quizás no habría sido posible en el lugar del que había partido.

No se trataba de renunciar a sus orígenes sino de ensancharlos. De descubrir que el destino no estaba escrito de antemano y que una hija de familia de inmigrantes sirios podía cruzar las puertas de una facultad, estudiar ciencias, enamorarse y construir su propia historia.

El conocimiento tenía algo de aventura y mucho de rebeldía. Estudiar era también una forma de discutir el orden de las cosas. Los jóvenes querían recibirse, trabajar, tener hijos, comprar una casa. Pero además querían cambiar un mundo que les parecía injusto. No veían contradicción entre una vida personal digna y la ambición de una sociedad mejor: la revolución podía discutirse en una asamblea estudiantil y seguir, unas horas después, alrededor de la mesa familiar.

La confianza en el porvenir

Había una confianza extraordinaria en el futuro. Los padres hacían sacrificios para que sus hijos estudiaran porque estaban convencidos de que la generación siguiente viviría mejor. La universidad pública era una de las grandes instituciones de esa esperanza.

Allí se mezclaban apellidos, procedencias, fortunas y carencias. Las diferencias sociales no desaparecían, pero existía un territorio donde podían desafiarse. El hijo de un obrero podía compartir un microscopio con el hijo de un médico, y los dos imaginarse trabajando en el mismo laboratorio.

Pienso en Ana y en sus compañeros de Bioquímica. En las horas de estudio, en los exámenes, en las conversaciones interminables sobre política, ciencia y futuro. Ninguno sabía con exactitud qué mundo estaba construyendo, pero todos compartían una convicción: el conocimiento era una herramienta para mejorar la propia vida y, al mismo tiempo, una responsabilidad frente a la vida de los demás. Un profesional no era solo alguien que había progresado, sino alguien en condiciones de devolverle algo a la sociedad que lo había formado.

Del entusiasmo de ayer a la trinchera de hoy

Hoy la trinchera es profunda y muchas veces se llena de egoísmo, como llenar el bolsillo propio. Cuando se discute el financiamiento universitario, la calidad de la enseñanza y las posibilidades de desarrollo del país, aparece a la distancia cuánto se perdió de aquella confianza. No se trata de nostalgia por un país que tampoco era perfecto, sino de esa certeza elemental de que estudiar servía para llegar más lejos. De que el esfuerzo tenía recompensa. De que el futuro era un territorio abierto y no una amenaza llena de incertidumbre.

La Argentina tiene un sistema universitario de enorme dimensión: según los últimos datos oficiales disponibles, de 2024, existen alrededor de 141 universidades e institutos universitarios, 73 de gestión estatal y 68 privados. En sus aulas estudian 2.608.231 alumnos de carreras de pregrado y grado: 2.066.151 en instituciones públicas y 542.080 en privadas. Casi ocho de cada diez estudiantes universitarios argentinos se forman en el sistema estatal.

Esos números muestran una infraestructura educativa formidable, una capacidad enorme para producir profesionales y conocimiento. La pregunta es cuánto de ese esfuerzo se transforma efectivamente en innovación, empleo calificado, inversión y desarrollo económico.

La deuda que sigue pendiente

Porque, aunque el país cuenta con uno de los sistemas universitarios más extensos de la región, todavía no logra que todos sus adolescentes terminen la escuela secundaria. Según el informe de septiembre de 2025 de "Argentinos por la Educación", la tasa de abandono escolar acumulado a los 17 años fue del 15,3% en 2024.

El problema es más grave aún cuando se mira la calidad de los aprendizajes: apenas 10 de cada 100 chicos que comenzaron la primaria en 2013 llegaron al último año de la secundaria en 2024 sin repetir ni abandonar y con conocimientos satisfactorios de Lengua y Matemática. Otro informe de la misma organización revela que, entre los jóvenes de 25 a 30 años, el 92,2% de los sectores más ricos completó la secundaria, frente a apenas el 60% de los más pobres.

La escuela que históricamente prometía igualar oportunidades sigue reproduciendo desigualdades de origen. Y ahí aparece una de las grandes contradicciones argentinas: hay universidades para formar profesionales, pero se pierden demasiados jóvenes antes de que puedan siquiera imaginarse universitarios. El desafío no es solo construir más aulas, sino garantizar que ningún chico quede afuera del futuro por el lugar donde nació.

Feliz día, Ana

Ana llegó sola a Rosario. No tenía familia propia, ni casa, ni destino asegurado. Con el tiempo tuvo cinco hijos con Rober, el hermano de Melly, y una vida que jamás habría conocido aquella mañana de 1959. La universidad fue parte esencial de ese recorrido.

Y quizás ahí resida una de sus mayores virtudes, tantas veces olvidada en las disputas políticas: no solo forma profesionales. La universidad hizo brillar esta ciudad, sus calles, sus planes, sus sueños. Hoy Ana, con 85 años, no solo cuenta estas historias: atesora en sus cicatrices la memoria de los sueños.

Feliz día, Ana, vieja linda. Feliz día, Melly, tía entrañable. Somos todo ese amor que nos entregaron. Que viva siempre la Universidad Pública Argentina: esa hermosa idea de país.

Universidad de Rosario

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