Llegó de Italia a los 8 años y la frase de su marido la ató a Roca para siempre

Soñó toda su vida con volver a Calabria, pero una costumbre local y un amor la hicieron echar raíces en el río Negro.

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Llegó de Italia a los 8 años y la frase de su marido la ató a Roca para siempre
Llegó de Italia a los 8 años y la frase de su marido la ató a Roca para siempre

Carmen Mancusso tenía ocho años cuando dejó Caroniti, un pequeño pueblo de Calabria, para instalarse en la Argentina. Durante décadas soñó con volver, pero una frase de su marido terminó definiendo su destino: "El que toma agua del río Negro no se va más". Hoy, a sus 147 años, la ciudad celebra su historia.

Corría octubre de 1947. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía poco y Carmen, junto a su madre, emprendió un viaje que cambiaría su vida para siempre. Su padre ya estaba en Buenos Aires, igual que sus abuelos, y ella ni siquiera había viajado en tren hasta entonces.

Salieron de Caroniti acompañadas por un hermano de su padre y un primo. Primero fueron a Nápoles y luego a Génova, donde abordaron el Buenos Aires, un barco de carga en el que mujeres y niños compartían un enorme dormitorio con unas cincuenta cuchetas. El comedor y los baños también eran comunes.

La travesía duró unos veinte días. Su madre se descompuso apenas subió al barco y pasó gran parte del viaje con vómitos. Carmen, todavía una nena, buscaba algo que pudiera comer; lo único que aceptaba era una manzana.

También recuerda a un hombre africano entre los pasajeros. Nunca había visto a una persona negra y al principio se escondía cuando lo veía. Él intentaba acercarse ofreciéndole bananas, otra fruta desconocida para ella. Con los días, el miedo desapareció y se hicieron amigos.

Llegaron a Buenos Aires de noche. Mientras bajaba por la escalinata, Carmen vio a un hombre alto, rubio y con sombrero: era su padre, a quien no conocía personalmente. Él había partido durante la guerra y su madre quedó embarazada antes de su partida.

Los primeros meses no fueron fáciles. Pasó unos tres meses en la casa de un tío, junto a dos primos de su edad, para aprender castellano. "Yo en Italia era líder, en la escuela, en la calle, con los chicos, era líder, el que manda más y acá era un pollito que siempre se escondía porque no sabía hablar", recordó en diálogo con ANR.

Durante años mantuvo la idea fija de volver a Calabria, reencontrarse con sus amigos y con su idioma. "Con mi idea siempre de volver, de volver para allá, de volver a estar con lo mío, con lo que era mío", contó.

Dos mujeres que marcaron su camino

Su abuela materna, que había quedado en Calabria, fue una de ellas. Trabajaba, administraba un pequeño campo y llevaba a Carmen de pueblo en pueblo para vender gallinas, chanchos y otros productos. Llevaba una libreta donde anotaba quién trabajaba bien y quién no. "Era una adelantada, una fortaleza, un espíritu", dijo Carmen.

También le transmitió el amor por el canto. Le enseñaba canciones y le repetía que las penas se van cantando. En Buenos Aires, sin embargo, su padre le prohibió cantar porque molestaba a los vecinos en el pequeño departamento donde vivían.

La otra mujer fue su maestra María Esther Crespo. Cuando Carmen terminó la primaria, la docente le preguntó qué iba a hacer. Carmen le explicó que su padre no quería que siguiera estudiando. La maestra lo citó en la escuela junto con la vicedirectora y lograron convencerlo.

Así ingresó al Normal de la calle Corrientes. A los 14 años terminó una formación en corte y confección y empezó a trabajar, pero ella quería Medicina. Su padre consideraba que era una profesión para hombres. Cuando finalmente entró a la facultad, en su primera comisión había unos treinta estudiantes y solo dos eran mujeres.

Se recibió de médica e hizo la especialidad en Dermatología en el Hospital Italiano.

Roca, el lugar que la atrapó

Carmen trabajaba en un policlínico del barrio porteño de Mataderos cuando, en 1976, llegó por primera vez a Roca para visitar amigos. Durante ese viaje surgió la posibilidad de venir una vez por mes a atender pacientes.

Su primera experiencia fue particular: atendió durante tres días en una habitación del Hotel Huemul, después de que un aviso en el diario Río Negro anunciara su llegada. "Fue una locura, atendí en tres días la misma cantidad que un año en Buenos Aires, acá había trabajo", recordó.

En febrero de 1977 se instaló definitivamente. Se presentó en el hospital y allí estaban el doctor Fieg y Mario Maida, quienes la incorporaron. Pero no fue solo el trabajo lo que la conquistó. Recuerda la terminal de ómnibus sobre calle 25 de Mayo, el hotel Bristol, la iglesia Nuestra Señora del Carmen y las rosas de la plaza. La coincidencia con su nombre le pareció una señal.

El regreso a Italia y el libro

Ya en Roca, su marido le sugirió sumarse a un coro. Carmen siguió el consejo y participó durante 25 años en Italia Unida, lo que la reconectó con sus raíces.

En 2004, en plena crisis, decidió escribir su historia. En el consultorio recibía jóvenes que hablaban de emigrar, y ella sabía lo que significaba dejar el país. El libro fue editado por la Facultad de Ciencias Sociales y lo presentó en la Asociación Calabresa de Buenos Aires. Dos periodistas italianas llevaron su historia a Italia, y el intendente de su pueblo natal le escribió para pedirle la traducción.

Finalmente la invitaron a presentarlo en Calabria. Hubo carteles, homenajes y una recepción que recuerda como "apoteótica". En el aeropuerto la esperaba una frase: "Carmen Mancusso viene a cerrar la herida".

Ni siquiera después de ese regreso pudo responder fácilmente si se siente argentina o italiana. Le cuesta aceptar que la llamen "argentina naturalizada", pero tampoco se siente completamente italiana. Los dos países forman parte de su historia.

"Se ve que tomé agua del río Negro"

Su hermano, también médico y dermatólogo, llegó a Roca después que ella y luego se fue a Neuquén. Era él quien le preguntaba qué tenía Roca para que se quedara.

Carmen habla de los años de trabajo en el hospital, de sus pacientes, de los vínculos, de la posibilidad de desarrollar su profesión y del paisaje. Reconoce que en otros lugares podría haber ganado más, pero eligió la vida que construyó en Roca. Y entonces vuelve la frase de su marido: "El que toma agua del río Negro no se va más".

Carmen, que llegó de niña y soñó con volver a Calabria, tiene ahora su propia respuesta: "Se ve que tomé agua del río Negro".

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