Llegó al Valle con 30 años y una valija: hoy es la voz que anticipa el futuro de la fruticultura

¿Qué pasó con la fruticultura del Alto Valle después de 40 años? Un ingeniero que vivió la transformación revela el futuro que nadie espera.

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Llegó al Valle con 30 años y una valija: hoy es la voz que anticipa el futuro de la fruticultura
Llegó al Valle con 30 años y una valija: hoy es la voz que anticipa el futuro de la fruticultura

Enrique Calzona desembarcó en el Alto Valle con poco más de 30 años, un título de Ingeniero Agrónomo de La Plata y la convicción de que el norte o Buenos Aires no eran su lugar. Hoy, tras más de cuatro décadas recorriendo chacras, asegura que la fruticultura no va a morir, pero advierte que se encamina hacia un nuevo equilibrio.

Su llegada fue casi por azar: una conocida de su entonces novia, oriunda de General Roca, le ofreció alojamiento mientras buscaba trabajo. Nueve meses después, el ingeniero Lisandro Costa lo vinculó con la Cooperativa Fruticultores Unidos Vista Alegre (FUVA). Allí empezó a entender la chacra desde adentro, entre San Patricio del Chañar y otras zonas productivas.

Luego pasó a la empresa McDonald, donde trabajó cinco años junto al ingeniero Isidro Burgard. “Me fui formando al lado de él”, recuerda. Aquella época, con fuerte presencia de productores independientes y un intercambio fluido entre técnicos y chacareros, fue su escuela práctica.

¿Qué cambió en el Valle en 40 años?

Calzona fue testigo de una transformación radical. “Cuando empecé, hace 40 años, era un 70% de la producción en manos de productores y un 30% de empresas. Hoy se invirtió el número”, explica. Muchas chacras dejaron de producir, otras fueron alquiladas o se convirtieron en barrios. “Muchos hijos no siguieron con la actividad del padre”, lamenta.

Además, la influencia de Vaca Muerta complicó la mano de obra. “Hay gente que pasa por la chacra a ver si consigue algo porque está cerca del petróleo, pero no quiere trabajar. El trabajo de chacra es duro: en invierno tenés temperaturas bajas y en cosecha podés estar con 45 grados”, describe.

Tecnología: ¿salvación o riesgo?

Para el ingeniero, la fruticultura que viene será más tecnificada. Él mismo usa drones para aplicaciones fitosanitarias. “Con un dron en una hora podés hacer cinco hectáreas. Con una pulverizadora tenés muchas más trabas”, compara. Pero advierte que la tecnología debe ir acompañada de un cambio cultural: “Muchas veces falta entender que hacer mejor las cosas permite mejorar el resultado”.

Sin embargo, el factor clave sigue siendo el control de gestión. “El éxito o el fracaso de una chacra va por el control de gestión”, sostiene. Y pone un ejemplo: “Lo que cortás hoy va a formar una brindilla, después una yema floral, después una fruta. Ese proceso dura cuatro años. Si hacés una mala poda, podés tener cuatro años para recuperarlo”.

La deuda de la reconversión

Calzona critica la lentitud en la reconversión del Valle. “Pasaron 20 años y muchas plantas no se tocaron”, dice. El nuevo modelo apunta a plantaciones más densas, con menor mano de obra y mayor productividad. Pero el costo es altísimo: “Para hacer una plantación moderna, con riego mecanizado y malla, podés estar arriba de 60 o 70 mil dólares por hectárea. Después tenés tres o cuatro años hasta empezar a recuperar”.

Por eso reclama financiamiento acorde: “Un año de gracia no alcanza para una plantación que tarda años en entrar en producción”.

Un futuro con menos pero mejores productores

A pesar del diagnóstico crítico, Calzona es optimista. “La fruticultura del Valle no va a morir. Se va a seguir achicando hasta encontrar un equilibrio”, afirma. En ese escenario convivirán grandes empresas con productores chicos eficientes. “El productor que se mantiene es el que pudo sumar hectáreas, mejorar tecnología y manejar mejor sus costos”, explica.

Después de más de 40 años, sigue recorriendo montes, conversando con productores y aprendiendo. “No me gusta estar detrás de los papeles. Me gusta ir al campo, ver cómo están haciendo las cosas, hablar con la gente. Ahí es donde realmente se aprende”, concluye.

Ingeniero agrónomo Enrique Calzona

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