Llegó al Pozo del Pescado y lo que vio la dejó sin aliento
En Trancas, Tucumán, el Pozo del Pescado es centro de fe. Fieles como Doña Irma y Carlos viajan para recoger agua bendita, en busca de milagros y esperanza.
En las afueras de Trancas, un periodista vivió una experiencia que trasciende lo racional. El mítico Pozo del Pescado, también conocido como Pozo de los Milagros, es el epicentro de una fe que mueve montañas y llena bidones de esperanza.
El lugar, de una sencillez desarmante, no tiene grandes monumentos. Hay árboles corpulentos, una pequeña ermita con la imagen de San Francisco Solano y, en el centro, el piletón de piedra de donde brota el agua bendita. Pero lo que realmente estremece es la atmósfera: un silencio espeso, un respeto casi sagrado que solo rompen los rezos y el sonido del agua al ser embotellada.
¿Quiénes llegan hasta aquí?
Doña Irma viajó desde San Miguel de Tucumán con tres bidones vacíos. “Es para mi nieto —dice—. Le diagnosticaron una enfermedad difícil en los pulmones. Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta“. Su voz no tiembla por debilidad, sino por una devoción ciega y pura.
Carlos, un hombre joven de jeans gastados, llora en silencio frente a la estatua del santo. Hace un año estuvo aquí de rodillas rogando por su esposa, que agonizaba tras un accidente de ruta. “Vine a agradecer —confiesa—. Ella hoy está en casa, caminando. Los doctores no le daban esperanzas, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar y a traerle flores“.
Según la tradición, San Francisco Solano hizo brotar agua aquí en 1590 durante una sequía feroz. Cada visitante tiene su ritual: rezar, tocar la piedra o llenar botellas para compartir el agua con sus seres queridos. Algunos tocan tres veces la campana de la ermita para llamar la atención del santo.

Como periodista, uno busca el dato frío, la verificación. Pero aquí la lógica se rinde ante la necesidad humana de creer. Las explicaciones científicas sobre napas subterráneas quedan obsoletas cuando ves a una madre desesperada besar el agua o a un hombre quebrado encontrar paz en una oración.
Al mojar las manos en el pozo, el agua está fresca, cristalina. El verdadero milagro de Trancas no es solo que el agua brote de la tierra seca. El milagro es este flujo incesante de amor, resiliencia y comunidad, esa cadena invisible de fe que une a perfectos desconocidos que comparten sus penas y sanan sus almas.