Le ofrecieron los grandes escenarios y una llamada desde San Juan lo cambió todo
Compartió escenario con una figura enorme del folclore y tenía todo para triunfar en Buenos Aires. Pero una llamada desde San Juan lo hizo comprar un pasaje de vuelta y cambiar el rumbo para siempre.
Hugo Báez, cantor y guitarrero de raíz cuyana, falleció y Jáchal lo despide con dolor. El folclore sanjuanero perdió a uno de esos artistas que nunca buscaron las luces de la fama, pero que dejaron una marca imborrable en su comunidad.
La noticia golpeó fuerte entre familiares, amigos y vecinos que compartieron con él su pasión por la música y las tradiciones de la provincia. Su guitarra, su atril y una carpeta repleta de canciones fueron compañeros inseparables de una vida dedicada al canto.
Báez se lució en las décadas del 70 y del 80 con una voz privilegiada y un conocimiento profundo del folclore. Tonadas, cuecas, zambas, valses, milongas, tangos y canciones románticas integraban un repertorio que elegía con dedicación y sensibilidad.
Su relación con la música excedía la interpretación: conocía las historias detrás de cada composición, sus autores y los sentimientos que las habían inspirado. Quienes lo recuerdan lo evocan con la guitarra siempre impecable y esa carpeta que lo acompañaba tanto en los escenarios como en las reuniones entre amigos.
El encuentro que pudo cambiar su carrera
Detrás del músico querido por su pueblo había una historia que pudo haber tenido otro final. Así lo recuperó Fabián Alberto Núñez, músico y amigo, que compartió una emotiva despedida y recordó una anécdota que el propio Báez le había contado años atrás.
En 1970, la falta de oportunidades laborales en Jáchal lo empujó a viajar a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. En medio de una peña, su forma de cantar captó la atención de uno de los presentes, que quedó sorprendido por sus condiciones artísticas y lo alentó a probar suerte en las principales radios y festivales porteños.
El hombre le entregó una tarjeta con una dirección y le prometió que anunciaría su visita. Dos días después, Báez llegó al domicilio sin saber que estaba a punto de cruzarse con una figura fundamental de la música popular argentina.
Quien lo recibió fue nada menos que Hernán Figueroa Reyes, conocido como El Cantor Enamorado. El reconocido artista lo invitó a cantar y quedó impresionado con su voz.
La propuesta no tardó en llegar: le ofreció estudiar canto junto a otros intérpretes que estaba preparando, entre ellos Adelina Villanueva y Los Comechingones. Hugo aceptó, comenzó su formación y llegó a acompañar a Figueroa Reyes en algunos festivales de Buenos Aires. El sueño de vivir de la música y alcanzar los grandes escenarios parecía cada vez más cerca.
Una llamada lo hizo volver a Jáchal
Cuando las oportunidades empezaban a multiplicarse, una noticia desde San Juan cambió sus planes. Su padre le comunicó que había conseguido un puesto de trabajo estable en Servicios Eléctricos Sanjuaninos (SES), una posibilidad importante en un momento en el que la seguridad laboral era difícil de conseguir.
Báez tomó entonces una decisión que marcaría su historia: compró un pasaje y regresó a Jáchal, sin siquiera despedirse de Figueroa Reyes.
Al año siguiente, en 1971, Adelina Villanueva y Los Comechingones obtuvieron reconocimiento en el Festival de Cosquín, donde fueron distinguidos como revelación, según recordó Núñez en su homenaje.
Con el paso del tiempo, Hugo solía volver sobre aquella oportunidad que había quedado atrás. Lo hacía con nostalgia y con una frase que resumía el camino que no llegó a recorrer: “El otro iba a ser yo”.
También repetía una reflexión que hoy adquiere un significado especial: “Dicen que Dios pasa una sola vez por la puerta de tu casa... por la mía pasó en los años 70, amigo”.
Un guitarrero que nunca dejó de cantar
De regreso en Jáchal, Báez construyó su vida entre el trabajo, la familia, las amistades y las canciones. Aunque su carrera nacional no continuó por el camino que alguna vez imaginó, nunca abandonó el folclore ni dejó de compartir su talento con la comunidad.
Participó en encuentros culturales, reuniones musicales y distintas ediciones de la Fiesta Nacional de la Tradición. Muchas veces lo hizo de manera desinteresada, sin esperar una recompensa económica, movido simplemente por el placer de cantar para su gente.
Quienes lo conocieron destacan su humildad, su generosidad y su disposición para transmitir lo que sabía. No guardaba sus conocimientos para sí mismo: disfrutaba enseñando canciones y ayudando a otros músicos a encontrar la interpretación adecuada.
Núñez recordó especialmente la ayuda que recibió de Báez para preparar el vals San Juan por mi sangre, de Ernesto Villavicencio, para una presentación en la Escuela Normal. En aquella oportunidad, también le compartió la tonada Sanjuanina de sol, de Jorge Viñas e Ismael Guerrero, una obra profundamente ligada a la identidad de Jáchal, Huaco y sus paisajes.
Con los años, el músico fue alejándose de los escenarios, pero su nombre siguió vivo en la memoria de quienes compartieron guitarreadas y celebraciones junto a él.
El legado que deja su música
La muerte de Hugo Báez enluta al folclore jachallero y deja el recuerdo de un artista que tuvo la posibilidad de proyectarse en el ámbito nacional, pero cuya historia terminó ligada para siempre a su pueblo.
Su trayectoria también habla de tantos músicos del interior que, por las circunstancias de la vida, transitaron caminos distintos a los que alguna vez soñaron, sin renunciar a su vocación ni al compromiso con sus raíces.
En Jáchal, su voz seguirá presente en las canciones cuyanas, en las reuniones donde alguna vez sonó su guitarra y en el recuerdo de quienes encontraron en su música una manera de celebrar la identidad sanjuanina.
Porque Hugo Báez no necesitó conquistar los escenarios más grandes del país para dejar una marca profunda. Su lugar quedó en la tierra a la que eligió volver y en la memoria de un pueblo que hoy lo despide con dolor.